Tres generaciones de la familia García Figuero vinculadas a las bodegas.

Tres generaciones de la familia García Figuero vinculadas a las bodegas. Cedida

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El imperio de los García Figuero con sus bodegas: de vender uvas a Vega Sicilia o Protos a elaborar su vino y "facturar 5 millones"

Hace 25 años, José María García y su familia fundaron las Bodegas Figuero pasando a elaborar vino. Desde 1961, habían sido productores de vid.

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La Horra, en el corazón de la provincia de Burgos, no es otro punto en el mapa de la Ribera del Duero. Es un santuario de cepas viejas que hunden sus raíces en un suelo que sabe a historia y a esfuerzo.

Allí, bajo un sol que no perdona y entre vientos que curten el alma, se ha forjado el destino de una familia que, durante décadas, fue el secreto mejor guardado de las grandes etiquetas de España: los García Figuero.

Hoy, sentado con una copa de tinto en la mano, José María García, a sus 90 años, contempla el horizonte de las 189 hectáreas de viñedo que llevan su apellido.

El hombre que empezó con un par de manos y un sueño de labriego lidera, junto a su descendencia, un imperio que “factura 5 millones de euros” y que ha conquistado los paladares más exigentes del mundo.

Se trata de las Bodegas Figuero, una empresa vitivinícola que tiene detrás a una saga familiar que responde, en esencia, a una crónica de una evolución natural. Durante 40 años, los García Figuero fueron los proveedores de uva de confianza para “bodegas de mucho renombre”.

José María García y Milagros Figuero, la primera generación de las Bodegas Figuero.

José María García y Milagros Figuero, la primera generación de las Bodegas Figuero. Cedida

Sus uvas terminaban “en las botellas de Vega Sicilia, Protos o Pesquera”. Eran los artesanos del campo, los viticultores que cuidaban la materia prima que otros convertían en oro líquido.

En 2001, sin embargo, José María García (La Horra, Burgos, 1936) decidió que ya era hora de poner su propio nombre en la etiqueta. “Yo pensaba: 'Si todos hacen buen vino con mis uvas, yo también puedo hacerlo'”, ha confesado el patriarca con la sabiduría que dan las décadas frente al sarmiento.

Y de aquellos polvos estos lodos. José María García, en consecuencia, creó hace 25 años las Bodegas Figuero junto a sus hijos Carlos y Antonio. El nombre se lo puso en honor a Milagros Figuero (La Horra, Burgos, 1937), la matriarca de la familia y la eterna compañera de José María.

Así se lo ha narrado a EL ESPAÑOL Cristina Martín (Madrid, 1993), nieta de los fundadores y actual Directora de Comunicación de las bodegas. Ella representa la tercera generación, esa que ha mamado el vino “desde niños” y que hoy profesionaliza un legado que empezó con una dote de bodas y un puñado de cepas.

Los cimientos: una dote y el éxodo rural

La historia de amor y vino de los García Figuero, no obstante, comienza oficialmente en el año 1961. José María García y Milagros Figuero, ambos vecinos de La Horra desde que nacieron en los albores de la Guerra Civil, se casaron el 21 de septiembre de aquel año.

Como era costumbre en aquel pequeño pueblo vitivinícola de Burgos, las familias no regalaban dinero, sino futuro en forma de tierra. “Es costumbre que se den viñedos como dote, como regalo de bodas”, explica Cristina. Cada uno recibió 1.000 cepas, apenas media hectárea por cabeza.

Unos jóvenes José María García y Milagros Figuero.

Unos jóvenes José María García y Milagros Figuero. Cedida

Con esa hectárea inicial y una determinación inquebrantable, la pareja comenzó su vida bajo el techo de la familia de Milagros, que era hija única. Al año, consiguieron comprar su primera vivienda, pero el trato incluía una cláusula que marcaría su destino.

“La persona que se lo vendió les dijo que tenían que comprar, además de la casa, otras 4.000 cepas”, afirma su nieta. Así nació la primera hacienda de la familia, vendiendo inicialmente su producción a la cooperativa local, como habían hecho sus ancestros.

Aquellos años, sin embargo, eran los de la industrialización y el éxodo rural. Mientras muchos vecinos de La Horra malvendían sus tierras para buscar fortuna en las grandes ciudades, José María y Milagros hacían lo contrario: compraban.

“Toda esa gente que fue a trabajar a la ciudad vendió su casa, su viñedo... Gracias a ello, mis abuelos empezaron a comprar mucho viñedo”, relata Cristina.

Los viñedos de la familia García Figuero.

Los viñedos de la familia García Figuero. Cedida

José María compraba “a veces con la cabeza y otras con el corazón”, atraído irremediablemente por la viña vieja, esa que otros despreciaban por su baja productividad, pero que él intuía como la clave de la excelencia.

Proveedores del 'Olimpo'

Con la creación de la Denominación de Origen Ribera del Duero en 1982, el mercado cambió para siempre. Las bodegas que buscaban calidad suprema pusieron sus ojos en los viticultores que, como José María, habían preservado celosamente las cepas antiguas.

El gran hito llegó a principios de los años 80, cuando un intermediario de Vega Sicilia se fijó en sus viñas viejas. Para José María, aquello fue una revolución económica y moral.

“Para él fue un cambio espectacular pasar de vender las uvas a la cooperativa, que pagaban igual la viña vieja que la joven, a empezar a trabajar con Vega Sicilia”, explica Cristina.

José María García, que sigue paseando por los viñedos a sus 90 años.

José María García, que sigue paseando por los viñedos a sus 90 años. Cedida

Trabajó con ellos durante cinco años, hasta que la muerte repentina de su intermediario rompió el vínculo directo. Lejos de amilanarse, José María pasó a ser proveedor de Alejandro Fernández, en Pesquera, hasta mediados de los 90, y más tarde de Protos.

Durante 40 años, los García Figuero fueron los pilares invisibles sobre los que se construyeron algunas de las etiquetas más famosas del país.

2001: el salto al vacío

A punto de cumplir los 65 años, cuando muchos piensan en la jubilación, José María reunió a su familia. Tenía el conocimiento, tenía las tierras y tenía a sus hijos formados. Había llegado el momento de dejar de ser el proveedor para ser el protagonista.

En 2001 nacen oficialmente las Bodegas Figuero. La apuesta fue total y arriesgada. “Hipotecamos tanto las viñas como la casa”, confiesa el fundador en el dossier de la bodega, añadiendo con sorna: “Si debes dinero al banco no te puedes morir”.

Sus hijos, Carlos y Antonio, ambos ingenieros, y su hija Henar, profesora de profesión, fueron piezas clave. Aunque inicialmente compaginaron sus empleos en Madrid o en la fábrica de Michelin en Aranda con el proyecto familiar, para 2005 los dos varones ya estaban integrados al 100% en la bodega.

“Él supo entender que para dar ese paso necesitaba la involucración y la experiencia de sus hijos”, señalan desde la empresa. Hoy, la estructura familiar es un engranaje perfecto: Antonio está en el día a día, Felipe (marido de Henar) se incorporó en 2009, y Pilar (mujer de Antonio) gestiona la parte administrativa.

El secreto está en La Horra

Lo que diferencia a Bodegas Figuero es su obsesión por el origen. Sólo elaboran vino tinto fino y sólo con uva propia de La Horra.

“Lo que hemos ido construyendo con los años es una selección de parcelas para cada uno de los vinos”, explica Cristina.

Su catálogo es un viaje por el paisaje burgalés: desde el vino joven Asomo, pasando por el emblemático Figuero, hasta llegar a sus joyas de viñedo singular como Tinus o Pago de Torrosillo.

Uno de los vinos producidos en las Bodegas Figuero.

Uno de los vinos producidos en las Bodegas Figuero. Cedida

Incluso en la vendimia, la familia mantiene una tradición que habla de su lealtad y carácter humano. No contratan empresas de servicios impersonales: desde hace 40 años, cuentan con la misma familia de Palenciapara recoger la uva a mano.

“Sin ellos sería muy complicado”, admite la nieta. En plena campaña, el campo se convierte en un hervidero de 60 personas trabajando codo con codo. Este cuidado extremo se traduce en números.

En 2025, la bodega cerró con una facturación de 5 millones de euros, y el objetivo para 2030 es alcanzar los 7 millones. Con un ratio de exportación del 25 %, el apellido Figuero ya viaja por todo el mundo, llevando consigo el nombre de La Horra.

Los recuerdos del tractor

Hoy, Cristina y su primo Juan lideran la incorporación de la tercera generación. Para ellos, la bodega no es una oficina, es el escenario de su infancia.

Cristina recuerda con ternura cómo acompañaba a su abuelo al campo: “Cuando era pequeña, iba con el abuelo el fin de semana al campo y él iba quitando hojas... yo le decía: 'Pero abuelo, ¿por qué quitas esa hoja?'... Me decía: 'Es que mira si el sol viene de tal manera para que tenga su nutrición'".

Eran días de “filete empanado con pimientos” y mesas plegables en mitad de la viña, donde los nietos se peleaban por ver quién se subía un ratito al tractor. “Esos son recuerdos muy bonitos de infancia... todos comiendo juntos”, dice Cristina con nostalgia.

Aunque ahora la envergadura de la vendimia dificulta esas comidas multitudinarias, la esencia sigue intacta. “Me encantaría que esto continuara”, afirma pensando en una futura cuarta generación.

Una imagen de los viñedos de la familia.

Una imagen de los viñedos de la familia. Cedida

Bodegas Figuero es el ejemplo perfecto de que, en el mundo del vino, la prisa es mala consejera. José María García esperó décadas para ver su nombre en una botella, pero lo hizo sabiendo que cada gota de ese líquido contenía el esfuerzo de toda una vida.

De ser el viticultor que esperaba a las mujeres a la salida de misa para tomar el vermú, a liderar un imperio internacional, su camino ha sido el de la excelencia, el respeto al paisaje y, sobre todo, la unión familiar.

En cada copa de Figuero no sólo hay uva fermentada; hay una dote de bodas de 1961, el sudor de un hombre que hipotecó su casa a los 65 años y la mirada limpia de una tercera generación que sabe que, en La Horra, el tiempo se mide en añadas y el éxito en la persistencia del legado.