De izquierda a derecha y arriba a abajo: una tienda de Ale-Hop; Pepa Monfort y Vicente Grimalt, los fundadores; Vicente, de joven; y Darío Grimalt, de la segunda generación.

De izquierda a derecha y arriba a abajo: una tienda de Ale-Hop; Pepa Monfort y Vicente Grimalt, los fundadores; Vicente, de joven; y Darío Grimalt, de la segunda generación.

Reportajes

El imperio de la familia Grimalt al frente de Ale-Hop, la cadena 'de la vaca' con 350 tiendas: tras 25 años "facturan 254 millones"

En el 25 aniversario de su fundación, la compañía ya cuenta con 350 tiendas. La historia de los Grimalt en el mundo del comercio se remonta hasta 1968.

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Hay empresas que nacen en un despacho. Otras, en una carretera. La de los Grimalt empezó con un joven de Gata de Gorgos vendiendo sombreros mexicanos por las fiestas de los pueblos de España y acabó convirtiéndose en Ale-Hop, una cadena de 350 tiendas, más de 2.300 empleados y 254 millones de euros de facturación en su último ejercicio.

Pero para entender el auge de este imperio de los regalos, habría que retrotraerse hasta la década de los 60. Concretamente, hasta 1968. Aquel año, Vicente Grimalt, aún menor de edad, se subió a una furgoneta con un amigo para vender sombreros mexicanos por toda España.

Gata de Gorgos, su localidad natal, ya vivía de los trabajos artesanales de mimbre, pero aquel verano los sombreros “estaban triunfando”, dice a EL ESPAÑOL, y la intuición comercial hizo el resto.

Vicente Grimalt, durante su aventura vendiendo sombreros por España con su furgoneta.

Vicente Grimalt, durante su aventura vendiendo sombreros por España con su furgoneta. Cedida

Aquella imagen primera —un muchacho, una furgoneta, la costa y los pueblos del interior— es el prólogo de una saga empresarial que ha sobrevivido a cambios de moda, crisis y expansiones, siempre con una idea en la cabeza: vender distinto, vender mejor y, sobre todo, vender “sin ahogarse en deuda”.

El aprendizaje de las deudas

De aquella aventura juvenil salió una lección que Vicente Grimalt convertiría en dogma: “la autofinanciación”. Tras el primer éxito, él y su socio pidieron un préstamo para comprar cuatro veces más mercancía, pero llegó la lluvia y el negocio se torció. La gente no compraba sombreros.

Tuvieron dificultades para devolver el dinero y Vicente tuvo que acudir a su padre, agricultor, para pagar. Aquel susto le enseñó que crecer a crédito podía ser una trampa, y desde entonces defendió una política de “cero deudas” que todavía define el ADN del grupo.

Ese aprendizaje explica buena parte de la historia posterior. Mientras muchas empresas familiares se han hecho grandes a base de apalancamiento, los Grimalt prefirieron avanzar con el pie pegado al suelo, reinvirtiendo, ajustando y cuidando el margen.

Una de las 350 tiendas que Ale-Hop tiene abiertas en el mundo.

Una de las 350 tiendas que Ale-Hop tiene abiertas en el mundo. Cedida

La prudencia, en su caso, no fue timidez: fue método. Y ese método permitió que el negocio pasara de la venta ambulante a una estructura que hoy combina retail, mayorista, logística propia y marca reconocible en varios países.

La familia dentro

La historia de Ale-Hop, en este sentido, no se entiende sin Pepa Monfort, esposa de Vicente, madre de cuatro hijos y pieza esencial en la consolidación del negocio. Su apoyo fue emocional y también práctico.

Vicente Grimalt y Pepa Monfort, en una imagen de archivo.

Vicente Grimalt y Pepa Monfort, en una imagen de archivo. Cedida

El propio Darío Grimalt, hijo de Vicente y actual consejero y director de Expansión Internacional de Ale-Hop, contó a este medio que su padre podía pasar hasta seis meses viajando al año, y que sin la ayuda de su madre “no hubiese podido construir todo lo que ha construido”. En este relato familiar hay una idea recurrente: nadie levantó esto solo. Cada avance llevó detrás horas de mostrador, almacén, carretera y casa.

Los hijos crecieron dentro de la empresa y no como herederos de salón, sino como aprendices de oficio. Darío cuenta a este medio que, de niño, ayudaba en la primera tienda recogiendo cartón, haciendo recados o empaquetando productos. Incluso vigilaba vitrinas cerradas con llave y corría a abrirlas cuando llegaban clientes.

Mis hermanos y yo empezamos desde abajo y desde dentro hemos ido escalando”, resume. La frase sirve para entender una cultura interna donde el apellido abre la puerta, pero no perdona el esfuerzo.

El nacimiento de Ale-Hop

Antes de la vaca hubo Clave, la primera tienda de menaje, decoración y regalos. Abrió en los años 90 y tuvo una gran acogida, pero Vicente pronto entendió que aquel formato de gran superficie no era escalable como cadena. Hacía falta algo más flexible, más ligero y más fácil de replicar.

El cambio llegó en 2001, cuando decidió, junto a Pepa Monfort, apostar por productos más pequeños, más diversos y más orientados al regalo, con una experiencia de compra distinta. La primera tienda abrió en la calle La Paz de Valencia como un laboratorio de marca.

Clave, la primera tienda abierta por la familia Grimalt y precursora de la cadena Ale-Hop.

Clave, la primera tienda abierta por la familia Grimalt y precursora de la cadena Ale-Hop. Cedida

Durante un tiempo, Valencia fue una prueba, no un destino. El verdadero despegue llegó con la quinta apertura, en Benidorm, cuando el turismo, la ubicación y el surtido original demostraron que el concepto funcionaba. A partir de ahí, Ale-Hop dejó de ser una idea para convertirse en una red.

Hoy la empresa supera las 350 tiendas y está presente en España, Portugal, Italia y Croacia, con más de 2.300 empleados y vocación internacional.

La vaca y el método

Si Ale-Hop es reconocible en cualquier ciudad es por una vaca. No un logo discreto, sino una figura de tamaño real que preside las entradas y ha terminado por bautizar a la cadena en el imaginario popular.

Vicente explicó que la encontró en un viaje, en un stand donde vendían animales a tamaño real, y que eligió la vaca porque compartía colores con la marca y transmitía valores positivos. La prueba funcionó tanto que el público empezó a identificar los locales como “la tienda de la vaca”.

Ese símbolo resume bien el carácter del negocio: visual, amable, accesible y fácil de recordar. Pero detrás del icono hay una estrategia muy concreta. La compañía se ha apoyado en el diseño propio, en una oferta amplia y en una cultura de innovación constante.

Darío Grimalt.

Darío Grimalt. Cedida

Con motivo del 25 aniversario, la empresa subraya que su misión es “aportar ilusión, alegría y experiencia de marca a través de productos originales y exclusivos”. En un sector donde el precio compite con la rotación, Ale-Hop ha preferido competir también con la sorpresa.

25 años y cuentas récord

En 2026, Ale-Hop celebra 25 años como marca y lo hace con músculo financiero. Las cuentas consolidadas de 2024 sitúan su cifra de negocio en 254 millones de euros, con un beneficio neto de 51 millones, una contribución tributaria de 67,5 millones y una inversión de 18 millones.

El grupo se define además como “empresa familiar autofinanciada”, un detalle que, más que una etiqueta, sigue siendo una declaración de principios.

La trayectoria reciente confirma que la compañía no se ha limitado a resistir: ha seguido creciendo. La empresa habla “de expansión sostenida, profesionalización de procesos y adaptación a distintos mercados, sin perder una identidad cercana y creativa”.

Una nave de Ale-Hop.

Una nave de Ale-Hop. Cedida

En términos empresariales, la familia Grimalt ha conseguido algo poco frecuente: hacer de una marca de consumo una empresa de volumen sin diluir la personalidad que la hizo famosa.

El relevo posible

La pregunta del futuro siempre aparece en las sagas familiares. Vicente no oculta que le haría ilusión que sus nietos tomaran el relevo, aunque lo más importante para él sería que fueran “felices haciendo lo que quisieran”.

Mientras tanto, el presente sigue en manos de una familia que ha convertido el trabajo en herencia y la prudencia en crecimiento.

La historia de los Grimalt no es la de un golpe de suerte, sino la de varias generaciones empujando en la misma dirección: primero con sombreros, después con menaje y regalos, más tarde con una cadena que hizo de una vaca su bandera.

Y ahora, con 25 años de Ale-Hop y 254 millones de facturación, la familia sigue diciendo lo mismo que parece haber dicho siempre: crecer sí, pero sin perder el control.