Bruce y Schrell Hopkins

Bruce y Schrell Hopkins

Reportajes Sucesos

Los Hopkins, la familia de Girona que vivió un mes con el cadáver de su hijo de 7 años

La escena se descubrió el 5 de enero de hace dos años: hacían vida normal junto al cuerpo del pequeño Caleb. Han sido condenados a una multa de 990 euros.

Mañana se cumplen dos años de la entrada de los Mossos d'Esquadra en el hogar de los Hopkins, una familia de Detroit pero afincada en Girona. Allí habían alquilado un piso en el que hacían vida normal. Los cuatro miembros comían, dormían y trabajaban en el inmueble. El detalle escabroso era que, durante un mes, lo hicieron con el cadáver de un niño allí. Era Caleb, de 7 años, el quinto miembro de la familia y cuya muerte por ataque de asma quisieron ocultar.

Ahora, coincidiendo con el segundo aniversario del suceso, el Juzgado Penal Número 1 de Girona ha condenado a Bruce y Schrell Darlene Hopkins, los padres del fallecido, a pagar 990 euros de multa por un delito de “homicidio por imprudencia menos grave con agravante de parentesco”.

Un hedor nauseabundo

“Un hedor nauseabundo”. Fue lo que percibieron los Mossos d'Esquadra aquel 5 de enero, vispera de Reyes, cuando entraron en casa de los Hopkins. Los agentes pensaban que no había nadie dentro del inmueble. Por eso se sorprendieron cuando entraron y vieron a los cuatro miembros de la familia Hopkins mirándolos atentamente desde el piso de arriba. De allí procedía el mal olor.

Los Mossos subieron al primer piso, sorteando el tremendo desorden de la planta baja y el montón de moscas que había ya por toda la vivienda. Al llegar arriba se dieron cuenta de que en la estancia principal había un bulto envuelto en una sábana. Era el cadáver en estado de descomposición de un niño de 7 años. Había fallecido hacía un mes a causa de un ataque de asma. La familia, en lugar de dar el aviso, convivió con el fallecido durante esos 30 días. Comían al lado del cadáver e incluso dormían con él, a juzgar por las marcas que había al lado de la sábana.

"No está muerto, está dormido"

“No está muerto, está dormido”, intentaba convencer Bruce Hopkins a los Mossos d'Esquadra en un escorzo surrealista. Este ingeniero norteamericano y escritor incluso se tomó a mal que los agentes le llevasen la contraria, aunque el cadáver ya estaba en avanzado estado de descomposición y el olor hacía casi imposible habitar en aquel hogar. Reflejo, según cuentan, de su fuerte carácter. Bruce era el que tomaba todas las decisiones en casa. Incluso cuando los Mossos d'Esquadra ofrecieron, en plena intervención, algo de cenar a sus otros hijos, ellos primero pidieron permiso al padre para saber si él estaba de acuerdo.

Bruce Hopkins declaró que el niño había tenido un ataque de asma unos días antes y que le habían tratado con medicina tradicional y homeopática. Que se había recuperado… y hasta ahí. No dieron más detalles del fallecimiento. Lo único claro era que, tras la muerte del pequeño Caleb, la familia había decidido, por un lado, ocultar el deceso. Por el otro, mudarse al piso superior con el cadáver. Habían dejado de habitar la planta baja del dúplex y hacían vida arriba, entre moscas.

Querían curarlo con homeopatía y rezos

La policía autonómica detectó en el piso inferior una gran cantidad de medicamentos alternativos, principalmente homeopáticos, así como grandes cantidades de fruta. Sospecharon entonces que la muerte del hijo pequeño se debió a que, ante un ataque de asma, los padres no le proporcionaron la ayuda médica necesaria y optaron por intentar curarlo en casa. Con medicina alternativa y con rezos.

Los Hopkins son una familia tremendamente religiosa. Son cristianos de la rama pentecostal. Bruce, de 39 años y su mujer Schrell, de 38, se conocieron en una iglesia de Detroit. Se casaron y tuvieron tres hijos. El fallecido, Caleb, era el menor. Ahora tendría 9 años. La hermana mayor tiene 15 y el otro varón tiene 13. Según El Periódico, vivieron en Misouri y en California, antes de distanciarse definitivamente de sus familias en Estados Unidos y mudarse a España. Bruce es ingeniero de profesión y ha escrito un libro sobre la tecnología Bluetooth.

La policía científica en el domicilio de los Hopkins

La policía científica en el domicilio de los Hopkins EFE

En Girona no se relacionaban con nadie, por lo que nadie los echó de menos. Tampoco con su casera, porque al parecer habían dejado incuso de pagar el alquiler. Fue ella, la propietaria de la casa, la que proporcionó a los Mossos d'Esquadra las llaves del inmueble para que entrasen. Por ese motivo no se sabe cuál fue el día exacto en el que murió el pequeño Caleb.

Pérdida de custodia y fuga a de España

Después del fallecimiento de su hijo y la posterior detención, los Hopkins perdieron la custodia de sus otros dos hijos, que recayó en la Direcció General d’Atenció a la Infància i l’Adolescència (DGAIA). No pareció importarles. Bruce y Schrell, en libertad con cargos, se marcharon de Cataluña. Se instalaron en un pueblo de Valencia y no fueron a visitar a sus hijos en ningún momento. Después desaparecieron del país: se volvieron a Estados Unidos.

Volvieron a España hace un par de meses, para asistir a la celebración del juicio que empezó en noviembre. Bruce y Schrell se defendieron declarando que no sólo proporcionaban homeopatía a los niños, sino que también compraban medicamentos en la farmacia. Pero que también actuaban movidos por los consejos de médicos norteamericanos, que les dijeron que la medicina es para los adultos. Por eso trataban, dicen, de darle el menor número posible de fármacos a sus hijos. Que lo hacían por su bien. Y que el shock tan grande que les supuso la muerte del pequeño Caleb fue lo que les hizo no dar parte a las autoridades ni enterrarlo.

Les pedían tres años y tres meses de cárcel. El fiscal, Enrique Barata, consideraba que los padres "antepusieron sus planteamientos religiosos a la vida del menos, y no llamaron a emergencias cuando el estado del niño empeoró". Ahora, sin embargo, un juez de Girona ha decidido que dejar morir a un hijo de 7 años, encerrar a toda la familia con el cadáver y obligar a dos adolescentes a convivir en esas condiciones por espacio de un mes, entre moscas y con un cuerpo en descomposición, cuesta menos de mil euros.