Paloma Anca

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Opinión

Las uñas no mienten

Un texto de Paloma Anca sobre el fenómeno ‘uñas perfectas’

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¿En qué momento las uñas han dejado de ser una parte del cuerpo para convertirse en un accesorio más?

Confieso que pierdo minutos horas en Instagram mirando a gente guapa. Gente muy guapa. Gente tan guapa que a veces me pregunto si esas piernas kilométricas les sirven para caminar o directamente para flotar. Si desde esos ojos transparentes ven el mundo igual que yo o llevan incorporados los rayos X de Superman. Si siguen una rutina imposible o si nacieron así.

Pero por encima de todo, me alucinan esas uñas siempre perfectas.

Hay algo fascinante en las uñas de Instagram. Siempre impecables. Relucientes. Da igual que la propietaria esté desayunando un té matcha en Japón, haciendo pilates en la playa o sujetando un perro salchicha. Las uñas siempre aparecen impolutas, como si nunca hubieran fregado una sartén.

Mis uñas llevan una vida bastante más humilde. Abren latas de mejillones, intentan despegar pegatinas de una caja de Amazon y sobreviven gracias a una lima roja de cartón que robé me facilitaron en algún hotel.

De hecho, acabo de llegar después de una semana en la playa y mis uñas vuelven con un aspecto que no sé si llamar a la manicurista o a un restaurador. Estoy convencida de que si las subo a Instagram, en vez de publicidad de esmaltes, me aparecerá un anuncio de Bricomanía.

Pero algo está pasando con el fenómeno ‘uñas perfectas’. Ya hay más salones de uñas que ferreterías y, muy a mi pesar, que mercerías. Sospecho que dentro de unos años habrá más salones de uñas que bares (muy a mi pesar, también). Y he leído que ya hay más salones de uñas que uñas.

Confieso que este fenómeno uñil ha intentado absorberme a mí también. Y lo ha conseguido un poco. La prueba llegó hace unas semanas. Entré en uno de esos locales para hacerme la manicura y me preguntaron si la quería “con spa”. ¿Cómo rechazar semejante plan? Imaginé música zen y un señor acariciándome las cutículas con una ramita de lavanda. Deduje que mis manos saldrían de allí con la paz interior de un monje tibetano.

Salí exactamente igual que había entrado, pero 29,90 euros más ligera.

Además, las que seguimos fieles al esmalte tradicional tenemos un problema: el esmalte tarda en secarse lo mismo que se tarda en hacer croquetas. Nunca he hecho croquetas, pero estoy convencida de que ambas actividades exigen una paciencia similar. Y después siempre pasa lo mismo. Sales del salón creyendo que ya están secas. Contestas un mensaje. Buscas las llaves en el bolso. Abres un paquete de patatas fritas. Y de repente, las uñas de los dedos índice y anular tienen un relieve abstracto que podría exponerse en un museo de arte contemporáneo.

Nunca me hago la manicura semipermanente porque mis uñas se rompen conozco el truco. Primero te ponen el esmalte. Al cabo de un par de semanas vuelves para retirarlo y ya que estás allí, pues vuelves a hacerte la manicura. Y cuando te quieres dar cuenta, tienes una relación más estable con tu manicurista que con tu marido muchos familiares.

Así que creo que la pregunta del principio está mal formulada. Las uñas no son un accesorio. Son otra tarea pendiente. Como las mechas, las revisiones ginecológicas o organizar el campamento de verano de los niños pedir cita para la ITV del coche.