Representación artística de Antonio de Puga pintando su obra maestra.

Representación artística de Antonio de Puga pintando su obra maestra. Iván Fernández Amil

Historias de la Historia

El gallego que fue pintor de Felipe IV. Su obra maestra acabó expuesta en el palacio de los zares: Antonio de Puga

La historia de este casi olvidado pintor de Ourense cuya figura se ha ido conociendo en los últimos años, y que tiene cuadros en el mayor museo de Rusia

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En 1764, la emperatriz Catalina la Grande compró una colección de 225 cuadros que un comerciante berlinés había reunido para el rey de Prusia y que este, arruinado, no pudo pagar. Con aquella adquisición, hecha para humillar a su rival prusiano, la zarina puso la primera piedra de lo que hoy es una de las mayores pinacotecas del planeta: el Museo del Hermitage de San Petersburgo. Durante siglos, sus sucesores llenaron aquellos palacios con lo mejor del arte europeo: Rembrandt, Leonardo, Rafael, Tiziano, Velázquez, El Greco… Y entre tanto nombre colosal, colgado en una de sus salas, hay un lienzo, de casi metro y medio, que representa una escena de lo más humilde, un hombre pobre, inclinado sobre su rueda de piedra, afilando un cuchillo en plena calle. Lo pintó, en 1640, un gallego del que apenas se sabe nada, hijo de un sastre ourensano. Fue el mayor pintor del Siglo de Oro que dio Galicia, retrató a Felipe IV y al Conde-Duque de Olivares y hoy su obra maestra cuelga en el palacio de los zares. Se llama Antonio de Puga.

Museo del Hermitage de San Petersburgo.

Museo del Hermitage de San Petersburgo. https://es.wikipedia.org

Antonio de Puga fue bautizado el 13 de marzo de 1602 en la iglesia de Santa Eufemia de Ourense. Pertenecía a una familia de artesanos y su padre era sastre en la ciudad. Aquel lugar y aquel momento no eran los más propicios para llegar a ser pintor. A principios del siglo XVII, Galicia era una tierra pobre, rural y alejada de los grandes centros artísticos de España. Aquí no había corte, ni grandes talleres, ni mecenas que encargaran retratos. Un gallego que quisiera dedicarse a la pintura, y vivir de ella, tenía que hacer las maletas e irse.

Iglesia actual de Santa Eufemia de Ourense.

Iglesia actual de Santa Eufemia de Ourense. https://es.wikipedia.org

De su infancia y su juventud apenas sabemos nada. La documentación sobre Antonio es tan escasa que su figura estuvo durante siglos envuelta en las tinieblas, y buena parte de lo que hoy sabemos se lo debemos a la investigadora María Luisa Caturla, que en el siglo XX reconstruyó su biografía a partir de documentos de archivo y devolvió a este pintor el lugar que le correspondía.

Lo que esta investigadora descubrió es que, en algún momento de su vida, aquel hijo de sastre dio el salto que cambiaría su vida, al plantarse en Madrid, la capital del mayor imperio de su tiempo, consiguiendo introducirse en el corazón de la pintura española.

Alrededor de 1635, Antonio era ya un pintor formado que trabajaba en la ciudad. En un documento de esa fecha declaraba haber trabajado en casa de Eugenio Cajés, uno de los pintores del rey. Cajés, que fue probablemente su maestro, había recibido el encargo de participar en una de las grandes obras artísticas de la época, la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, el nuevo palacio de recreo de Felipe IV, para el que también trabajaron Velázquez y Zurbarán.

Detalle del Salón de Reinos.

Detalle del Salón de Reinos. https://es.wikipedia.org

Cuando Cajés murió, en 1634, dejó sin terminar dos grandes cuadros de batallas destinados a aquel salón, y hay consenso entre los historiadores en que fue Antonio quien ayudó a completarlos, atribuyéndosele en concreto los paisajes. Es decir, la obra del gallego acabó colgando, junto a la de Velázquez, en el salón más importante del palacio del rey.

Porque aquel Salón de Reinos era el corazón propagandístico de la monarquía. En sus paredes se exhibían las grandes victorias militares de España y una serie de retratos ecuestres de los reyes, además de los trabajos de Hércules pintados por Zurbarán. Que un pintor participara, aunque fuera como ayudante, en la decoración de aquella sala, significaba estar en el corazón mismo del arte español de su tiempo. Y allí estaba aquel hijo del sastre de Ourense.

Muerte de Hércules, por Francisco de Zurbarán.

Muerte de Hércules, por Francisco de Zurbarán. https://es.wikipedia.org

Con el tiempo Antonio comenzó a moverse entre lo más granado del arte madrileño. Trabajó con Juan Bautista Martínez del Mazo, yerno de Velázquez, y trató a pintores y escenógrafos de la corte. Se cree que llegó a pintar retratos de Felipe IV, de la reina y del todopoderoso Conde-Duque de Olivares, el hombre que gobernaba España en nombre del rey.

Pero, curiosamente, lo que ha hecho pasar a Antonio de Puga a la historia no son sus retratos de reyes ni sus grandes cuadros de batallas, sino su mirada a la gente más humilde.

Porque fue un maestro de la pintura de género, que estaba en boga en la Europa del XVII. Se trataba de escenas de la vida cotidiana protagonizadas por personajes normales. Aquel interés por los humildes no era una rareza de Antonio, sino una corriente que recorría la pintura en aquel momento. En Sevilla, un joven Velázquez había pintado aguadores y viejas friendo huevos antes de convertirse en pintor del rey, y en Italia, Caravaggio había metido a mendigos y jugadores en cuadros religiosos.

El aguador de Sevilla, por Diego Velázquez.

El aguador de Sevilla, por Diego Velázquez. https://es.wikipedia.org

En ese terreno, el gallego pintó una galería de personajes que parecen sacados de las calles y las tabernas de su tiempo: un afilador, un ciego, un aceitero, un bebedor, una gitana vendiendo carbón, un sacamuelas…

Era una forma nueva de mirar, que sacaba el arte de los palacios y las iglesias y lo llevaba a la calle. Antonio la hizo suya y la llevó a un grado de intensidad que lo distingue de casi todos sus colegas, hasta tal punto que algunos de sus lienzos se confundieron durante siglos con obras de otros grandes maestros.

Anciano y niño, de Antonio de Puga.

Anciano y niño, de Antonio de Puga. https://es.wikipedia.org

Murió en Madrid el 10 de marzo de 1648, con apenas 46 años, en el momento de mayor madurez de su arte. Le faltó tiempo para llegar más lejos.

Tras su muerte, y como les ocurrió a tantos pintores de segunda y tercera fila a ojos de su época, su obra se dispersó y su nombre se fue borrando. Muchos de sus cuadros se perdieron, otros cambiaron de manos, cruzaron fronteras y acabaron atribuidos a pintores más famosos y, durante mucho tiempo, su obra maestra se colgó bajo el nombre de otros.

Como firmó muy pocas obras y la documentación sobre él es mínima, los expertos llevan un siglo discutiendo qué cuadros son suyos de verdad y cuáles no. Se ha llegado a hablar de un pseudo-Puga, un supuesto pintor anónimo a quien atribuir los lienzos de dudosa autoría, para complicar todavía más el rompecabezas.

El bebedor, de Antonio de Puga.

El bebedor, de Antonio de Puga. https://es.wikipedia.org

Pero en medio de ese debate, hay una obra sobre la que existe amplio acuerdo, y es precisamente la que se conserva lejos de España. Esa obra maestra es “El afilador”, un óleo sobre lienzo de considerable tamaño, 118 x 158 centímetros, pintado alrededor del año 1640. En él, un afilador se inclina sobre su rueda de piedra en plena faena.

El afilador, de Antonio de Puga.

El afilador, de Antonio de Puga. https://www.hermitagemuseum.org

El oficio de afilador estaba, y seguiría estando durante siglos, íntimamente ligado a Galicia, y muy en particular a la provincia de Ourense, la tierra natal de Antonio. Los afiladores gallegos, con su rueda y su sonido característico, recorrieron durante generaciones los caminos de España y de medio mundo. Por eso parece lógico que fuera precisamente un pintor de Ourense quien inmortalizara a un afilador en un gran lienzo del Siglo de Oro.

El cuadro llegó al Museo del Hermitage de San Petersburgo en torno al año 1816, ya con la atribución a Antonio de Puga. Cómo llegó exactamente hasta la corte de los zares es parte del misterio que rodea al pintor, pero aquella escena callejera pintada por un gallego terminó formando parte de una de las colecciones de arte más impresionantes jamás reunidas, la que habían empezado a amasar Catalina la Grande y sus sucesores en sus palacios a orillas del río Neva.

El afilador, expuesto en la sala 239 del Hermitage.

El afilador, expuesto en la sala 239 del Hermitage. https://www.hermitagemuseum.org

Y no está solo. El Hermitage conserva al menos otras dos obras atribuidas a Antonio, “Ciego” y “Anciano y niño”, otras de sus estampas de personajes humildes. Tres lienzos de un pintor de Ourense colgados en el mayor museo de Rusia, codeándose con Rembrandt y Tiziano.

Ciego, de Antonio de Puga.

Ciego, de Antonio de Puga. https://es.wikipedia.org

El reconocimiento a Antonio en su propia tierra tardó siglos en llegar, y aún hoy es escaso. La labor de María Luisa Caturla en el siglo XX rescató su nombre del olvido, y por afinidad con el afilador del Hermitage se le fue atribuyendo otra de sus grandes obras, “La taberna”, que hoy conserva el Museo de Pontevedra y que en 1926 se había comprado pensando que era un Murillo. Otras piezas suyas se reparten hoy entre museos de Ourense, Vigo, el Prado y colecciones de Europa y América.

La taberna, de Antonio Puga.

La taberna, de Antonio Puga. https://es.wikipedia.org

Curiosamente, el hombre que retrató como nadie a los pobres de su tiempo, a los afiladores, los ciegos y los mendigos, murió siendo un hombre acomodado. En su testamento se indica que Antonio no solo coleccionaba pinturas de otros artistas, sino también dibujos, libros y armas. Además, tenía en su casa una colección de objetos refinados, la biblioteca de un hombre culto y las paredes cubiertas de arte.

San Jerónimo penitente, de Antonio de Puga.

San Jerónimo penitente, de Antonio de Puga. https://es.wikipedia.org

Cuatro siglos después de que naciera en aquella casa de Ourense, la mayoría de los gallegos jamás ha oído su nombre. Al menos, a partir de hoy, si pasas por la sala 239 del palacio de invierno de los zares y ves la imagen de un pobre afilador inclinado sobre su piedra, sabrás que es la obra del mayor pintor del Siglo de Oro que dio Galicia: Antonio de Puga.

El afilador, expuesto en la sala 239 del Hermitage.

El afilador, expuesto en la sala 239 del Hermitage. https://www.hermitagemuseum.org

Iván Fernández Amil escribe cada semana Historias de la Historia en Quincemil. Consigue sus libros en https://www.ivanfernandezamil.com/libros

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Referencias:

es.wikipedia.org

elespanol.com/quincemil

dbe.rah.es

afundacion.org

hermitagemuseum.org

museodepontevedra.gal

museodelprado.es

galiciadigital.com

realacademiagalega.gal

galiciana.gal

lavozdegalicia.es

farodevigo.es

laopinioncoruna.es

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