Foto: Nuria Prieto

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Un edificio brutalista en la calle Rubine de A Coruña

Proyectado por el arquitecto Andrés Fernández-Albala en 1976, el número 11 de la calle Rubine es una obra singular. Con lenguaje brutalista expresa un estilo arquitectónico de posguerra que se popularizó en la ciudad en la década de los 60 y 70

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El miedo forma parte de la vida. Es solo un sentimiento más, aunque siempre provoca una respuesta que no causa indiferencia. Frente al miedo, la arquitectura protege al ser humano creando un espacio acotado. La vida transcurre de forma segura dentro de algunas obras, porque en ellas se produce una identificación entre la vida y el lugar. Los recuerdos son emociones que habitan un lugar de la memoria, uno que tiene su referencia en la realidad, aunque esta haya desaparecido. Los lenguajes arquitectónicos responden a las inquietudes del ser humano en cada momento de la historia, y a través de ellas se puede leer un relato emocional de la historia.

“Y me he metido en la cama vestido. Fuera se estaba poniendo el sol. Yo me he quedado dormido. Y, tras años de ausencia, he tenido un sueño. Éste: Tengo diez años y mi madre me lleva de la mano. Dirijo la mirada a mi derecha y también mi padre me lleva de la mano. Caminamos a lo largo de via de Orazio un sábado por la mañana soleado e invernal que no volverá a repetirse. Llevo con un orgullo adulto un pequeño loden verde. Hace frío pero tengo las manos calientes. Y soy feliz. Porque me siento seguro. Como jamás he vuelto a sentirme. Ellos están alegres […] Luego yo, de repente, sin motivo, pregunto cuándo van a morirse ellos. Y ellos, sin alterarse, con gran seguridad, me dicen que nunca se morirán. Yo me lo creo. Y sonrío mientras miro, abajo, un mar todavía limpio. Y en cambio me estaban mintiendo. Y, a partir de ese instante, han empezado todos mis problemas. Y todas mis alegrías.” Paolo Sorrentino. Todos tienen razón

Puede que los problemas y los miedos comiencen el primer día que nos creemos una mentira. Esta se interna de manera sencilla en el pensamiento, creando un relato que encaja con la estructura social. El lenguaje arquitectónico sigue el relato, y responde a él, tanto si este trasmite miedo como si es alegría. Tras la Segunda Guerra Mundial, el contexto emocional de una Europa herida define una atmósfera compleja. Resultaba complicado establecer el camino que reconstruyese el espíritu europeo y, cada país desarrolla su propia interpretación: en algunos se produce una vuelta al clasicismo monumentalista, en otros, la reconstrucción ‘en estilo’ mantiene la continuidad como si la guerra nunca hubiese sucedido. Pero, las más interesantes, son aquellas que planteaban una continuidad adaptándola al trauma de la guerra con una respuesta contundente. A partir de este momento, aparece un nuevo lenguaje arquitectónico basado en la tecnología pero también en la capacidad de esta de proteger al ser humano física y emocionalmente.

Foto: Nuria Prieto

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El lenguaje que responde al miedo

El brutalismo es capaz de crear una atmósfera que provoca sensación de miedo a quien la observa y protección a quien la habita. Sus características fundamentales basadas en el material, la función, los volúmenes masivos o la honestidad estructural. Los materiales utilizados, especialmente el hormigón se muestra de manera cruda, apenas sin tratar ni colorear; las obras se vuelven más funcionalistas priorizando la utilidad frente a las circunstancias sociales y económicas; los volúmenes se vuelven monolíticos y monumentalistas; se trata de obras profundamente honestas en términos estructurales, es decir, la estructura suele ser vista y muestra claramente cómo está formada y por tanto su funcionamiento. El hormigón es el material más destacable, desarrollado a principios del siglo XX, este material se convirtió en génesis de las búsquedas racionalistas, pero también en la imagen de las construcciones bélicas. Poco a poco, este estilo se popularizó en la arquitectura de las ciudades europeas, y algunas, aquellas que no se reconstruyeron ‘en estilo’, utilizaron este lenguaje para rehacer su tejido.

Foto: Nuria Prieto

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En A Coruña, el brutalismo forma parte del desarrollo urbanos de la década de los sesenta y setenta. Domingo Tabuyo fue uno de sus máximos representantes, pero otros arquitectos modernos como Andrés Fernández-Albalat recurren a este lenguaje en sus obras. Fernández-Albalat (1924-2019) había comenzado su carrera a finales de los cincuenta con obras que tenían su referente directo en el movimiento moderno de Richard Neutra, pero poco a poco sus obras comienzan a evolucionar con el contexto social e influencias de otros profesionales. Las obras que desarrolla a finales de los sesenta y principios de los setenta, comienza a utilizar el hormigón como argumento compositivo en la fachada, Esta experimentación con el hormigón le lleva a crear una arquitectura de aspecto más pesado que en su etapa anterior. A dicha investigación se suma el uso del hormigón prefabricado, un material que se popularizó en la década de los sesenta con la reactivación del tejido industrial del país y un cierto aperturismo.

Rubine, 11

En la calle Rubine número 11 se encuentra un edificio brutalista proyectado por Andrés Fernández-Albalat en 1976. Esta obra, junto con algunas coetáneas a ella, muestra el hormigón armado en fachada recortando los huecos de tal manera que el material, en crudo, describe el comportamiento de su estructura. El volumen del edificio, además, es compacto y se eleva mediante apoyos puntuales reforzando su imagen sólida y monolítica. La función del edificio se prioriza frente a la estética por lo que la morfología se ve afectada y la planta baja adquiere más altura para introducir la rampa de garaje e incluir un bajo comercial, esta restricción provoca que el portal de acceso se disponga en un segundo plano.

Foto: Nuria Prieto

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El edificio está formado por seis plantas, bajocubierta y un bajo que se constituye como un vacío. Bajo rasante se sitúa el aparcamiento del edificio. La planta baja, así como la primera buscan diferenciarse del resto del edificio para dotar de más compacidad al bloque de cinco plantas situado sobre esta. La diferenciación nace no sólo de un diferente tratamiento estructura que permite comprender la disposición de vigas y pilares en el edificio, sino que además estos carecen de volumen sobresaliente. Además, los pilares en planta baja son circularos, algo habitual en zonas de paso, especialmente cerca de los vehículos. El color negro (aunque en algún momento los pilares fueron naranjas haciéndolos resaltar sobre el fondo negro) acentúa el vacío del hueco creado en la planta baja. Hacia un lado de la planta baja se sitúa el acceso al sótano y al portal inferior que, al contar con una fachada acristalada, se beneficia de la luz natural y es visible desde la calle provocando una dualidad entre lo público y privado muy interesante. Este espacio de acceso está muy trabajado incluyendo una barandilla con prefabricados de hormigón armado y falsos techos colgados de la estructura de hormigón para generar un espacio más acogedor. También merece especial atención la señalética, que se sitúa sobre uno de los pilares en metal, así como las protecciones de acero pintadas en tono naranja. En estos elementos aparecen geometrías curvas, lo que contrasta con la rigidez lineal y quebrada de la fachada superior.

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Las cinco plantas superiores muestran una fachada de hormigón armado al exterior, en la que el encofrado se trabaja creando una geometría que permite eliminar el agua del plano de fachada al tiempo que la dota de plasticidad. La fachada muestra la estructura del edificio, ya que los machones verticales continúan los apoyos inferiores y los antepechos se comportan como grandes vigas que rigidizan la construcción. El espacio que la estructura libera se utiliza para la apertura de huecos, y en ellos se coloca una carpintería de aluminio que, al utilizar un tono oscuro se mimetiza buscando que tan solo se perciba un vacío. Los grupos de seis ventanas permiten una gran entrada de luz natural en el interior. La planta primera se vacía hasta el punto de dejar únicamente la estructura, y el resto se acristala. La estética brutalista se manifiesta son sólo en la presencia del hormigón visto, sino por la textura que le proporciona el encofrado de tabla que hace su materialidad más presente. El paralelismo con otras obras del propio Fernández-Albalat y autores brutalistas se pone de manifiesto en aquellas obras que comparten los mismos conceptos morfológicos y una materialidad similar como el edificio de la Cámara de Comercio donde la dualidad del lleno y el vacío es más notable y los apoyos verticales se llevan al interior del plano de fachada.

Foto: Nuria Prieto

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Zoé

La arquitectura nace como disciplina buscando ser protección y refugio del ser humano, pero también su hábitat, es decir aquel espacio en el que puede desarrollar su cultura. El miedo es aquello que se quedará fuera, limitando mediante una envolvente definida por la arquitectura. Las emociones no son constantes, aunque en ocasiones pueda describirse un sentimiento colectivo. Como decía Tony Soprano “Cada día es un regalo, solo que, ¿tiene que ser un par de calcetines?” Por ello, frente al caos, la arquitectura contribuye a un cierto orden, no sólo en términos físicos, sino porque en ella es posible conservar la cultura y la vida.

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“Los griegos no disponían de un término único para expresar lo que nosotros entendemos con la palabra vida. Se servían de dos términos, semántica y morfológicamente distintos, aunque reconducibles a un étimo común: zoé, que expresaba el simple hecho de vivir, común a todos los seres vivos y tíos, que indicaba la forma o manera de vivir propia de un individuo o un grupo. Cuando Platón, en el Filebo, menciona tres géneros de vida y Aristóteles, en la Etica Nicomáquea, distingue la vida contemplativa del filósofo (bíos theoretikós) de la vida de placer (bíos apolaustikós') y de la vida política (bíos politikós), ninguno de los dos habría podido utilizar nunca el término zoé (que significativamente carece de plural en griego) por el simple hecho de que para ellos no se trataba en modo alguno de la simple vida natural, sino de una vida cualificada, un modo de vida particular.” Giorgio Agamben

La vida, tal y como se comprende desde una mirada europea, es vida en cuanto se la dota de filosofía, placer y política, es decir, de la cultura necesaria para articular un espacio social colectivo. Por ello la arquitectura envuelve a la vida, y la hace posible. El brutalismo solo expresa una forma de enfocar esta mirada al igual que otros estilos lo harían antes y después. Quizás con su lenguaje crudo y honestamente sólido, este solo responde a una sociedad cargada de miedo que buscaba comenzar de nuevo.