El delantero del Real Madrid Carlos Espí conversa con el entrenador Jose Mourinho tras marcar el 1-2 frente a El Espanyol..

El delantero del Real Madrid Carlos Espí conversa con el entrenador Jose Mourinho tras marcar el 1-2 frente a El Espanyol.. EFE

Tribunas

José Mourinho vuelve a Ítaca

Regresa un hombre al que el tiempo dio la razón. Bienvenido a tu casa, José. Tu Madrid sigue aquí.

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Esta semana, miércoles y domingo, tomaré mi asiento en el Bernabéu para ver al Real Madrid de José Mourinho. Han pasado ya tres lustros desde aquellos días de arcabuz y trinchera que cambiaron la historia.

"El señorío es ganar", dijo entonces el hombre que inventó el madridismo del siglo XXI, relegando a la irrelevancia las fórmulas buenistas y engoladas de Jorge Valdano.

Cuando Mourinho salte al banquillo del Bernabéu para enfrentarse a Real Sociedad y Málaga, muchos de los que vivimos aquellos años sentiremos cosas muy profundas; serán difíciles de explicar a quienes llegaron después, al calor de la Segunda Edad de Oro del Real Madrid.

No sentiremos, desde luego, nostalgia. Aquellos años fueron duros, salpicados de victorias épicas en medio del apogeo del negreirato, contra una narrativa oficial tan asfixiante como la posesión del Barça de Guardiola. Será la satisfacción de asistir al juicio que la historia reserva a quienes la escriben con sus obras.

Porque Mourinho siguió ganando batallas después de irse en 2013. No tanto en su odisea por Chelsea, Manchester, Tottenham, Roma, Fenerbahçe y Benfica, sino en la memoria colectiva que dejó en el madridismo.

En su documental reconoce que Florentino nunca dejó de llamarle tras cada título del Madrid, en esos trece años de travesía por banquillos cada vez menores.

Ancelotti y Mourinho.

Ancelotti y Mourinho. Europa Press

Cuando llegó a Madrid en 2010, Mourinho era el mejor entrenador del mundo. Venía de ganar la Champions con el Oporto y con el Inter. Pero en España, el Barcelona de Guardiola no sólo ganaba, sino que situaba al Madrid extramuros de la moralidad oficial.

Al fútbol se jugaba con posesión. Contraatacar era de atletas, no de artistas. Colectivismo frente a individualismo. Valors contra barbarie. Guardiola frente a Mourinho.

Se trataba de una extraordinaria operación de hegemonía cultural.

El periodismo deportivo español engulló goloso todas las premisas. El Barcelona tenía derecho no sólo a ganar, sino a dictar las reglas éticas y estéticas del juego.

El adversario podía intentar derrotarlo, pero no podía cuestionar el sistema. Las victorias del Barcelona eran consecuencia de la virtud, y sus derrotas, desagradables anomalías.

Pero Mourinho llegó y dijo que no. El mourinhismo recordó al alma dormida del madridismo qué significaba ser del Real Madrid: el orgullo de pertenecer a la institución deportiva más gloriosa de la historia.

Aquel Madrid de 2010 seguía siendo el Real Madrid, pero llevaba años perdiendo relevancia en Europa, donde forjó su leyenda. Había urgencia por ganar, pero Mourinho entendió que urgía aun más dejar de pedir perdón por querer hacerlo a nuestra manera, noble y bélica.

Dormitábamos en el consenso, las buenas palabras, el bienquedismo post-delbosquista. Pero José sabía que la excelencia también surge de la hostilidad.

Mourinho devolvió el espíritu de Juanito a un Madrid acogotado por el modelo de su rival. Abominó de la superioridad moral impuesta por un enemigo que jugaba además con red.

Retumban aún sus "por qué" tras el penúltimo atraco, y hoy suenan con eco de respuesta.

Mourinho se enfrentó, a pecho descubierto, a los guardianes del buen gusto. Nunca aceptó que otros le escribieran las reglas. Echó un pulso al poder que sólo pudo ganar después de irse.

Donde todos, también en el club, aceptaban el vasallaje impuesto por los tiempos, él se peleaba contra el mundo por nosotros, y muchas veces ganaba.

En nuestra España, Mourinho despertó el odio destilado que reservamos a quienes transitan por su propio camino en vez de fundirse en el rebaño. Lo recuerdo perfectamente: defender al Real Madrid exigía justificar incluso nuestros propios códigos éticos.

Qué difícil era entonces tener que explicar que queríamos que nuestro Madrid ganara como le diera la real gana. Pero llegó el hombre de Setúbal y nos dijo que no pensaba excusarse ante nadie por poner a Pepe de mediocentro.

Todo aquello fue una liberación. Mourinho no inventó la identidad del Real Madrid, pero nos recordó que no necesitábamos pedir permiso, ni tampoco pedir perdón. Lo pagó caro, con una brutal campaña de acoso y derribo que afectó a su familia y terminó haciendo de él un proscrito.

Durante años se dijo que Mourinho había tensionado el fútbol español, dividido al madridismo, incendiado la convivencia y fracasado en Europa. Pero la historia continuó, y el Real Madrid que dejó Mourinho había recuperado su ADN. Volvió a ganar y siguió ganando. La Décima. La Undécima. La Duodécima. La Decimotercera. La Decimocuarta. La Decimoquinta. Tras cada una de ellas, una llamada de Florentino: José, esta también es tuya.

El Madrid de las seis Champions era ferozmente competitivo. Disfrutaba en la adversidad. Se hacía fuerte aunque el rival tuviera toda la posesión. Sufría ochenta y ocho minutos y golpeaba en dos.

Lo hacía desde el convencimiento de que, cuando todo parece perdido, el escudo prevalece. Volvió a ser, radicalmente, el puñetero Real Madrid.

Mourinho hoy no vuelve como un salvador. Regresa a un Bernabéu distinto, a un club más poderoso, más seguro de sí mismo, más acostumbrado a ganar.

Vuelve a casa porque nunca se fue del todo. Aquí dejó su rebeldía contra la derrota, su heterodoxia ante el relato, su arrogancia ante el poderoso y, no lo olvidemos, también su humildad ante el débil.

Por eso algunos lo quisimos tanto y hoy nos emociona su regreso.

Nunca buscó el aplauso de quienes jamás se lo habrían concedido. Entendía que, si el enemigo dicta las reglas, la primera batalla consiste en romper el tablero. Han pasado quince años y todos hemos cambiado. La vida ha seguido. Nos hemos hecho mayores. José Mourinho luce hoy canoso, y yo completamente calvo.

Qué más da. El miércoles, cuando Mourinho vuelva a pisar el césped del Santiago Bernabéu, recordaré aquellos tiempos recios. El 5-0. Los Clásicos interminables. La Copa de Mestalla. El "¿por qué?". Los cien puntos. Los 121 goles. Las semifinales europeas.

Aquella sensación maravillosa de que nuestro entrenador estaba dispuesto a morir por nosotros.

Conmigo estarán mis amigos Germán y Juan Carlos, en el nuevo Bernabéu. En las vitrinas, seis Copas de Europa más. Sobre el césped, otra vez José Mourinho.

No sé qué pensará él cuando mire a las gradas. Pero algunos sabremos exactamente lo que estamos viendo.

Después de trece años de viaje, Mourinho habrá vuelto a Ítaca.

Regresa un hombre al que el tiempo dio la razón. Bienvenido a tu casa, José.

Tu Madrid sigue aquí.