Un hombre pasa junto a una valla publicitaria sobre las conversaciones de paz entre EEUU e Irán en Islamabad, Pakistán, el 11 de abril de 2026.

Un hombre pasa junto a una valla publicitaria sobre las conversaciones de paz entre EEUU e Irán en Islamabad, Pakistán, el 11 de abril de 2026. Reuters.

Tribunas

Lo que ha ganado y perdido cada contendiente en la guerra de Irán

Sería injusto alegar que Israel no ha logrado nada en esta guerra y que Irán ha ganado. La mejor prueba es precisamente su aceptación de un alto el fuego y la apertura de Ormuz, en contra de su exigencia inicial de que EEUU se comprometiera al fin definitivo de la guerra.

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El régimen extremista de Irán no ha tardado en demostrar por qué hay que dudar de lo que piensa hacer en las dos semanas pactadas como alto el fuego temporal.

Poco después del cese de las hostilidades por parte del presidente de Donald Trump, sonaron las alarmas en Israel, indicando que se había registrado el lanzamiento de misiles desde Irán. Millones de ciudadanos tuvieron que correr en medio de la noche a los refugios.

Horas más tarde, Irán disparó numerosos misiles y drones hacia Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Baréin.

Contrariamente a lo pactado, hasta el momento de escribir estas líneas no se ha abierto el estrecho de Ormuz.

Tratando de imponer su línea, sin relación con lo acordado, Teherán afirma que Israel viola el alto el fuego al continuar atacando a Hezbolá en Líbano.

Además, aclara que, si eso no cesa, Irán volverá a atacar a los países vecinos y también a Israel. Todo ello aunque tanto Trump como Netanyahu recalcaron que la guerra contra Hezbolá en Líbano no forma parte del alto el fuego.

Donald Trump y Benjamin Netanyahu, el pasado septiembre.

Donald Trump y Benjamin Netanyahu, el pasado septiembre. Jonathan Ernst Reuters

Evidentemente, Irán trata de desviar las presiones hacia Israel para que Estados Unidos decida finalmente imponer a Netanyahu que también Hezbolá quede incluido en el alto el fuego.

En Israel, el alto el fuego —más allá de las dudas sobre si realmente será respetado— despierta sentimientos encontrados.

Por un lado, supone un alivio inmediato y durante dos semanas, y una oportunidad para intentar volver a la normalidad. Permite reanudar las clases, regresar al trabajo sin alteraciones y recuperar una dinámica diaria sin la preocupación constante de cuándo habrá que correr a los refugios, y comprobar que uno se encuentra siempre cerca de un espacio protegido.

Todo esto, claro está, siempre y cuando Irán no vuelva a lanzar misiles, algo que evidentemente no está garantizado.

Por otro lado, está claro que no se han alcanzado todos los objetivos planteados. Y que el alto el fuego, que puede dar un respiro a Irán, no supone el logro de los objetivos centrales de la ofensiva.

Aún no hay acuerdo alguno en materia nuclear, sobre los misiles balísticos ni sobre el apoyo iraní a grupos terroristas alrededor de Israel. La Fuerza Aérea necesitaría unas semanas más para profundizar los logros alcanzados y garantizar que el daño infligido al régimen iraní sea irreversible.

Acaban de empezar las negociaciones para lograr un acuerdo definitivo. La gran pregunta es si Irán ha comprendido —aunque no lo admita— el precio que ha pagado. Y, por ende, si en las conversaciones adoptará una actitud diferente y estará dispuesto a transigir, o si mantendrá sus posturas como si aquí no hubiera pasado nada.

Uno de los puntos más discutidos en Israel se refiere a la toma de decisiones por parte del primer ministro.

"Israel no quería este alto el fuego, considerado prematuro. Sobre todo si se tienen en cuenta las profundas dudas acerca de lo que se puede lograr en las negociaciones con Irán"

Netanyahu destaca sin cesar su extrema cercanía, amistad y absoluta cooperación con Trump, pero es bastante evidente que cede ante sus presiones y toma decisiones que no contribuyen a la seguridad nacional israelí.

Israel no quería este alto el fuego, considerado prematuro. Sobre todo si se tienen en cuenta las profundas dudas acerca de lo que se puede lograr en las negociaciones con Irán, que sigue planteando las mismas exigencias de siempre e incluso osa exigir compensaciones por la destrucción causada por la guerra.

Israel necesitaba más tiempo para golpear a Irán, y ni siquiera pudo responder al último lanzamiento de un misil en medio de la noche, aunque ya constituía una violación del alto el fuego.

A pesar de todo lo planteado, es imperioso poner la crítica en su justa medida.

Sería un craso error, y un reflejo distorsionado de la situación, alegar que Irán ganó y que Israel no logró nada en esta guerra.

En absoluto.

Irán se proclama victorioso, eso es seguro, pero difícilmente puede ignorar todo lo que ha perdido.

Quizá la mejor prueba sea precisamente el hecho de que aceptó un alto el fuego temporal y la apertura del Estrecho de Ormuz —aunque esto aún no se ha implementado—, en contra de su exigencia anterior de que Estados Unidos se comprometiera al fin definitivo de la guerra.

Israel y Estados Unidos han causado una gigantesca destrucción, a todos los niveles, de las estructuras y servicios del régimen de los ayatolás.

Irán conserva todavía no pocos misiles y lanzadores ocultos, y en Israel se ha sentido en carne propia la capacidad que aún tiene de disparar. Sin embargo, no sólo ha perdido buena parte de lo que tenía para lanzar, sino también diversos elementos que son claves para poder fabricar nuevos misiles.

Teherán ha perdido su Marina, su Fuerza Aérea, la mayor parte de su defensa antiaérea, el 85% de su industria siderúrgica —fundamental, por cierto, para lo militar—, gran parte de su industria petroquímica y mucho más.

"A Irán no se le debería haber dado ninguna tregua. Pero ese daño ya está hecho. Ahora, el desafío es no transigir en las negociaciones y no amedrentarse ante sus trucos"

También ha sufrido un duro golpe en sus aparatos de seguridad y de represión. Y es imposible olvidar la eliminación de la mayor parte de su liderazgo, incluido el líder supremo, Ali Jameneí, y de miles de miembros de distintos brazos del régimen.

Asimismo, se han destruido infraestructuras que servían a sus fines militares, como vías férreas y puentes, entre otras.

Es imposible minimizar todo esto.

Netanyahu tiene razón, en gran medida, cuando afirma que "Irán nunca estuvo tan débil e Israel nunca estuvo tan fuerte".

Pero, por otro lado, no se puede olvidar que aún hay 441 kilos de uranio enriquecido al 60% escondidos bajo tierra en Irán, que Teherán sigue hablando de apoyar a los grupos terroristas que operan contra Israel, y que no da su brazo a torcer.

Este es el enorme desafío de lidiar con un régimen al que lo único que le importa es sobrevivir. Considera que haber logrado durante casi 40 días no desmoronarse en una guerra contra Israel y Estados Unidos es ya una victoria, porque, pese a todo lo que perdió, resistió.

A Irán no se le debería haber dado ninguna tregua. Pero ese daño ya está hecho.

Ahora, el desafío es no transigir en las negociaciones, no amedrentarse ante sus trucos y maniobras, y actuar con la firmeza necesaria para que entienda que se llegará hasta las últimas consecuencias.

El problema es que eso depende, sobre todo, de Trump, que pasa con extrema facilidad de lanzar al mundo las peores amenazas a hablar de la paz mundial, como si estuviera a la vuelta de la esquina.

En este punto, Netanyahu no es prioritario.

*** Jana Beris es periodista.