El torero Morante de la Puebla el pasado mes de septiembre en La Maestranza de Sevilla.
Morante de la Puebla, punto y seguido
¿No será que, en este rincón de Europa, muchos jóvenes han encontrado en Morante el aroma de esa España perdida, lo antiguo que no caduca, el recuerdo de la forma genuina de ser español?
Morante de la Puebla está de moda, y los del Club Platino no me dicen por qué. Las explicaciones del Nido de Termitas me dejan plantado: es ir a una cita a ciegas, y que la tal no aparezca.
Todas las explicaciones que se escuchan en el ruido ibérico se quedan en la superficie. Que su toreo es diferente, que tiene estilo, que genera fenómeno social, y ponen un punto y aparte cuando lo que toca es un punto y seguido.
¿Por qué Morante ejerce tan poderoso impacto social, y por qué estos jóvenes —los del escúter, piso compartido, porno en el móvil y promesas políticas rotas— sacan a Morante a hombros como si fuera una bandera antigua que vuelven a izar?
¿Por qué ellos, a quienes se suponía vacunados contra todo lo viejo, como espera Pedro el Pacífico?
¿Por qué ahora, en esta hora cansada del nuevo milenio? ¿Dónde reside su fuerza de arrastre, esa imantación que los junta en las plazas como si volvieran a creer en algo?
¿En qué consiste su novedad, su revolución (si lo prefieren), para que tan poderosamente impacte?
La filosofía de Morante, la perspectiva de la vida que late en su arte, esa es la cosa.
¡Punto y seguido!
Morante de la Puebla.
La clase premier ha legado a estos jóvenes ruido de telediarios y un futuro desahuciado. Sin acceso a la vivienda y condenados a compartir piso con extraños.
Un sistema educativo hundido por esa banda que entró en la universidad con el carné de partido en la boca. Sin posibilidad de formar familia porque no hay dónde meter la cama, ni la ilusión, ni el niño que vendría después;
Un planeta que se ahoga con plásticos en los mares y guerras de golfos. Unas políticas, y no sólo unos políticos, que resucitan el ancestral espíritu de guerra en nombre de la paz. Una España reducida a escaparate turístico.
Y cuando estos jóvenes osan quejarse, alzar la voz contra el tinglado de la casta, o bien se les ningunea, o bien las nenicas del telediario les llama fascistas.
¿No será que, en esta arquitectura de silencio programado y de desierto digital, en esta cultura zombi ideológicamente vestida de lustrosos ropajes tecnológicos, un granado grupo de jóvenes —en España y en otras regiones de Occidente— se está reencontrando con algo que tiene raíz limpia y profunda?
¿No será que, en este rincón de Europa, muchos jóvenes han encontrado en Morante el aroma de esa España perdida? Lo antiguo que no caduca, aquél tiempo sin edad. El recuerdo de la forma genuina de ser español, la perspectiva primigenia de nuestro ser y sentir la vida.
En fin: nuestra cosmovisión, nuestra cultura, nuestra filosofía viva que se expresa en cada pase, en cada cite, en cada estocada.
¿No será que Morante les entrega lo antiguo, lo auténtico, lo que viene de atrás y resiste, lo que es de ayer, de hoy, y de siempre? Eso es lo que hay que investigar, desentrañar y entender.
¡Punto y seguido!
"¿Será que esta generación, ahogada en consignas de minaretes mediáticos, tiene sed de autenticidad? ¿No buscarán en Morante un ejemplo insobornable de enfrentarse a la vida?
Morante siempre ha dicho que el toreo nace en soledad, al margen de escuelas. No repite recetas ni sigue escolasticismos de muleta.
Porque el toreo es relación pura, desnuda, sin intermediarios, con lo más hondo de la vida. Llámalo sagrado, si quieres.
El toreo es la manifestación primigenia de un modo radical de enfrentarse al mundo, a la vida, a la realidad en que estamos. Para Morante, la vida entera se concentra en el toro: esa fiera que nos obliga a enfrentarnos a la verdad sin máscaras, desnudos de ropajes.
El toro, lo salvaje y noble del mundo de la vida, lo que te cornea, te tira, te lleva, y te junta.
El toreo, rito que te transporta al mundo de lo indomable, lo no contaminado, energía que resiste toda domesticación, fuerza que se yergue ante los señoritos del día, que resiste a los faraones de la tierra, esos caciques del reino.
Los místicos lo llaman arrobo: miedo abismal y sobrecogimiento donde se junta lo fiero y lo excelso, lo salvaje y lo puro. Llámalo espiritualidad, si quieres.
Su toreo aborrece el populismo, porque es potencia que mana desde la interioridad. Necesidad que empuja desde la misma tierra al hondón del alma, en cada verónica. Savia que mana de la raíz a la mata de la entraña, en cada farol. Manantial que no pide permiso para brotar, ya en pase de mano, de corneta, de flores o de firma.
Ese es su arte: de la raíz al pincel del capote. Llámalo radical, si quieres.
Morante de la Puebla sale por la Puerta Grande de las Ventas el día de su despedida.
Desde esa soledad —que no es aislamiento sino encuentro desnudo con el fondo insobornable de ti mismo— surge el rito del toreo. "Algo que viene de antiguo", dice Morante en su lenguaje terroso y gris de terruño,
Porque es, en verdad, algo que procede de un tiempo que no tiene edad.
Es arte que sabe a rancio noble, perfume de tiempo viejo, aroma de Antártida, España cien veces perdida y cien veces buscada. Recuerdo de un hogar que vence al ruido de los días, manantial de auténtica espiritualidad, la verdadera y real, la desnuda, la que te deja a solas con lo más hondo de tu vida, erguido ante los faraones, esa clase premier, y ante esos sus minaretes mediáticos.
Llámalo desinformación, si quieres.
En suma, fidelidad absoluta a ti mismo. Ante todo, no traicionarse a uno mismo. Ese es el arte de Morante, y el de su heredero, El Exquisito de la Puebla.
Llámalo renacimiento, si quieres.
¿Será esa renacida soledad la que atrae hoy a los jóvenes?
¿Será que esta generación —ahogada en consignas de minaretes mediáticos, de discursos oficiales que vocean las nenicas del telediario— tenga sed de autenticidad?
¿No buscarán en Morante—precisamente en su toreo solitario, insobornable, fiel a sí mismo—un ejemplo de dignidad humana, saber estar y enfrentarse a la vida desde ese fondo insobornable, sin pedir permiso al señorito de turno, sin repetir lo que la clase premier les dicta?
Eso es lo que hay que preguntar.
¡Punto y seguido!
"Morante trae ante esta juventud ese aroma antiguo: la mística de la tierra, la bravura y la elegancia de la dignidad del ser humano"
¡Suene el clarín!, que citamos de frente, en corto.
¿Por qué Morante, te pregunto a ti, tertuliano del Club Platino?
Pues, porque estamos ante una expresión radical de la dignidad humana. Esa es la clave, lo que atrae a esta juventud. En suma, dignidad.
El toro manifiesta el poderío de la vida—estado natural de tierra salvaje y noble—, esa fuerza que se arranca desde la misma tierra, energía que desborda las capacidades de la pura razón. La fiesta del toreo es la representación ritual de nuestra propia vida enfrentándose a ese poderío de energía.
El toro es la vida tal como nos sale al paso: fuerza que hay que respetar porque puede cornearte. Y ¿a quién no ha corneado la vida? Y si no te ha corneado todavía la clase premier, espérate un poco.
Si los miras de frente con esa mezcla de respeto y audacia, si te yergues ante estos faraones, puedes hacer arte con tu vida, como se hace arte en el toreo: con temple, con verdad, con una estocada limpia.
En fin, dignidad.
Morante durante los encierros de La Puebla del Río.
Una corriente granada de esta generación, en este rincón de Europa, parece escuchar ese espíritu, ese poderío de energía de la tierra. Les mueve lo genuino, el arte bravo y limpio, despojado de los vestidos artificiales que ofrecen los minaretes mediáticos.
El poderío auténtico de la vida resuena, reverbera, retumba en el corazón de estos jóvenes. Morante vibra en la misma frecuencia de onda que ellos. Por eso se juntan.
No es Morante, ni son los jóvenes: es el poderío de la tierra, que nos junta. En síntesis, dignidad.
En ese poderío de la tierra que envuelve el alma y entusiasma —en ese sentir profundo, ese espíritu de libertad auténtica— parece residir la razón del impacto social de Morante.
Morante trae ante esta juventud ese aroma antiguo (de ayer, de hoy, y de siempre): la mística de la tierra, la bravura y la elegancia de la dignidad del ser humano.
Con la liturgia de su toreo recupera la tradición —que viene de tradere: entregar a la generación siguiente—, hace renacer esa España perdida que fue una civilización fundada en la dignidad del ser humano.
Recupera y entrega a esta gente de hoy ese espíritu que es de ayer, de hoy, y de siempre. Yo lo llamo renacimiento. ¿Se entiende ahora ese aroma de antigüedad de Morante?
¡Punto y seguido!
"En Morante late toda una filosofía: la interpretación española de Europa y de Occidente"
El toreo de Morante encarna una forma de entender el mundo, una nueva Europa: la perspectiva española de la vida.
La cosmovisión que domina en Europa desde hace tres siglos es francesa, alemana y, sobre todo, inglesa, que ha llevado a la reducción del mundo a tres pilares.
En política, el ejercicio unipolar del poder.
En ciencia, la sumisión del conocimiento a la técnica.
Y en la técnica, su servidumbre a la maquinaria de la guerra y la conquista.
Esa es la versión de Occidente que la élite británica impuso, y que ha heredado la élite norteamericana. Esa versión canalla de Europa, que ha creado una versión canalla de Occidente, ha llevado al continente a guerras continuas durante siglos y ha usado la ciencia para colonizar y explotar los pueblos.
Pero… esa no es la Europa de los españoles.
La perspectiva española de Europa fue aplastada y machacada por la élite británica hace dos siglos, desde la invasión napoleónica —y ¡ay! si me dejaras hablar de los Bombones franceses, Felipe—.
Desde 1800, la España genuina fue enterrada en cal viva de Leyenda Negra, propaganda política que difunde Oxford y la BBC, libro sobre libro, mentira sobre mentira, cual nenica de telediario. España que se hundió, Antártida perdida.
Pero... esa España perdida es justamente la que grita en el arte antiguo de Morante. Aroma a tierra perdida, recuerdo de la forma genuina del ser español, la forma primigenia de ese nuestro ser y sentir la vida. Pasión que nace del fondo de la tierra, que empuja desde el fondo de la tierra, que mana de la raíz a la mata, manantial insobornable que no pide permiso para brotar.
¿Se entiende ahora por qué los artistas españoles han estado, hasta ayer mismo, ligados al mundo del toro? ¡Punto y seguido!
En este rincón de Europa, hoy, con Morante, reverbera el grito de la fiera insobornable del ser auténtico español.
Recordamos que los descubridores, los constructores de civilización, reformadores, y pensadores de esta tierra han sido espíritus indomables, fieles a su dignidad y defensores de la ajena: hidalgos sencillos, que no poderosos, que durante siete siglos no olvidaron la pérdida de España y la reconquistaron. Que construyeron la Hispanidad, la mayor civilización de la Edad Moderna, hasta que la élite británica la destruyó.
¿Se entiende ahora por qué todos los grupos antitaurinos han estado financiados por grupos políticos, culturales y económicos de Europa y de USA, es decir, por anglo-occidentales?
¡Punto y seguido!
En Morante, en suma, late toda una filosofía: la interpretación española de Europa y de Occidente. Eso es precisamente lo que hay que investigar, entender, y articular.
¡Punto y seguido!
*** José P. 'Cerín' es catedrático de Ciencias Sociales y Humanidades.
(Dedicado a Rocío de la Puebla, tierra indomable y noble).