Cámara de los lores.

Cámara de los lores. Reuters

Tribunas

Para qué sirve una Cámara de aristócratas

La presencia de un Grey, de un Norfolk o de un Wellington en el Parlamento les dice a los ingleses que no nacieron en las elecciones pasadas, sino que llevan siglos viviendo juntos y haciendo cosas juntos.

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"No siente en su corazón ningún principio ennoblecedor el que desea nivelar todas las instituciones humanas […] No me gusta ver destruir nada, ni observar que se produzca ningún vacío en la sociedad" (Edmund Burke).

"Aquí estamos, al final de más de siete siglos de servicio de los pares hereditarios en este Parlamento".

Con esta frase veraz, el líder de los lores conservadores, Nicholas True, apellido apropiado para el caso, se dirigía a la Cámara Alta el pasado 10 de marzo, después de que el Parlamento votara eliminar los cargos hereditarios.

La cámara de los lores actúa como el Senado de otras democracias, pero con la particularidad de que los cargos son vitalicios, están adornados con el título de "barón", incluye obispos de la iglesia anglicana y miembros de la aristocracia que heredaban el cargo.

A continuación, True listaba algunos pedazos de la historia inglesa que hicieron estos miembros hereditarios:

"Ayudaron a crear nuestro Parlamento y lo devolvieron a la vida en 1660. En esta Cámara, hace 250 años, Pitt el viejo pidió un 'acuerdo justo' para las colonias americanas. Bueno, eso no salió muy bien, ¿verdad?

Aquí, en 1807, Grenville consiguió la aprobación de la Ley de Abolición del Comercio de Esclavos.

En 1832, Grey presentó la primera Ley de Reforma.

Aquí también el ilustre antepasado del noble duque, el duque de Wellington, aprobó la emancipación católica".

El rey Carlos III lee el discurso de apertura del Parlamento británico en la Cámara de los Lores.

El rey Carlos III lee el discurso de apertura del Parlamento británico en la Cámara de los Lores. Imagen de archivo. Reuters.

Ante el agotamiento de nuestras democracias, son muchas las plumas que llaman a una renovación de las élites. A un redescubrimiento del principio aristocrático.

Parece que han desaparecido las figuras de referencia, los pilares de la comunidad, los venerables intelectuales, los definidores de una época, los próceres, los estadistas.

Entre la gente "titulada", los hay muy conscientes del legado que cae sobre sus hombros y del afán caballeresco con el que deben conducirse. Como los hay entregados a una altiva vulgaridad, inficionados de gustos y aspiraciones plebeyas.

Es cierto que su papel en la vida pública se ha reducido con el paso de las décadas.

Leyendo sobre la II República, quedé asombrado por el nivel de participación de la nobleza en distintas causas políticas, ya fuera rascándose el bolsillo y reuniendo fondos para financiar partidos y revistas, conspirando, recabando apoyos internacionales, auspiciando círculos culturales, o directamente despeñando cargos de gobierno.

Podríamos citar a muchos alfonsinos conservadores como el duque de Alba o el marqués de Quintanar, al liberal conde de Romanones, al derechista conde de Vallellano, al carlista conde de Rodezno, etcétera.

Hoy en día, no es común encontrar a muchos aristócratas dedicados al otium cum dignitate ciceroniano, ya sea en su vertiente contemplativa o activa (cultura o política) sino en carreras muy poco apropiadas a su condición, como la banca de inversión o el marketing.

Seguramente tengan poca culpa. El afán igualitario de nuestros sistemas políticos, la lógica productiva de nuestra economía, el ideal emancipador de nuestra moral, el desprecio a la forma de nuestra cultura, rechazan la nobleza como valor social y la recluyen tras la vitrina de un museo.

"El afán igualitario de nuestras democracias, la lógica productiva de nuestra economía, el desprecio a nuestra cultura, rechazan la nobleza como valor social y la recluyen tras la vitrina de un museo"

El diputado Nick Thomas-Symonds afirmó en el Parlamento británico que la expulsión de los lores hereditarios ponía fin a "un principio arcaico y antidemocrático":

"Nuestro parlamento siempre debe ser un lugar donde se reconozcan los talentos y el mérito cuente. Nunca debería ser una galería de redes de viejos conocidos, ni un lugar donde los títulos, muchos de los cuales se concedieron hace siglos, tengan poder sobre la voluntad del pueblo".

Estas palabras condensan la filosofía del siglo. El símbolo es desechado como privilegio. El principio democrático se propaga a todas las esferas de lo humano.

La diferencia cualitativa, fruto de la historia y del ideal, es sustituida por una diferencia cuantitativa, fruto del esfuerzo y el éxito que sirve de puente para la única diferencia tolerada, la del número.

Desconozco la calidad moral de los lores hereditarios que pierden su escaño. Seguramente muchos participaran en su forma de vida de las ideas que han llevado a su destitución. Pero lo importante de la nobleza es que el signo está por encima de la persona.

Si una institución precisa de atención en nuestro tiempo es esta. Aquella que no ha perdido la comunión con los muertos. Aquella que recuerda las grandes acciones de los hombres, acciones que funden una historia familiar con la historia de un pueblo, como recordaba el barón True.

Dice Hannah Arendt que la polis es memoria institucionalizada. Es lo que permite que las acciones esforzadas de muchos ciudadanos sean recordadas sin el talento extraordinario de un Homero.

Como recuerda Ortega y Gasset, el noble es el notable, el conocido por sus obras. Nobleza es sinónimo de exigencia, no es derecho pasivo sino conquista activa y constante. Quien hereda un título debe de estar a la altura de él, debe de ser capaz de reconquistar el privilegio si fuera necesario.

En vez de procurar que todos nos hundamos en la charca de la roñosería, hemos de encaminarnos a vencer todos sublimes montañas. No se ha de aspirar a que el duque de Norfolk sea como todo el mundo, sino a que todo el mundo sea como el duque de Norfolk.

"Si las monarquías europeas no se preocupan por defender las instituciones con las que comparten abuelos, se quedarán solas y desnaturalizadas"

Enrique García-Máiquez llama en Ejecutoria a una igualación por arriba. Que el legado caiga sobre nosotros como agradecimiento y tarea. En máxima de Goethe: "Lo que heredaste de tus padres, conquístalo para poseerlo".

La grandeza de Feria de Ana Iris Simón está en consituir un canto orgulloso de una estirpe humilde: "Tendré que recordarte que eres nieto de familia postal, bisnieto de campesinos y feriantes, tataranieto de carabinero exiliado de quincallera, y que sientas entonces que eres heredero de una raza mítica".

Memoria y responsabilidad constituyen las lecciones perennes de la institución aristocrática. Es también una institución en la que el honor de una familia desborda la consanguinidad para venir a colmar la identidad colectiva.

La presencia de un Grey, de un Norfolk o de un Wellington en el Parlamento les dice a los ingleses que no nacieron en las elecciones pasadas sino que llevan siglos viviendo juntos y haciendo cosas juntos. En palabras de Burke, que participan en una comunidad "de los que viven, de los que murieron y de los que han de nacer".

Además, las ceremonias, las leyendas y los modales hacen la vida habitable.

Decía Samuel Johnson que la vida ya era suficientemente pobre a pesar de sus adornos, y que por eso había que tener cuidado de no despojarla de ellos. Y apunta Walter Bagehot sobre la monarquía en su obra The English Constitution: "Su vida es su misterio. No debemos dejar que la luz del día disipe la magia".

La nobleza tiene aún la facultad de "encantar" al mundo si se la deja profesar el mito.

Por último, y como recordaba el conde de Devon en la sesión del pasado martes, el principio hereditario es también sobre el que se sustenta la monarquía inglesa.

Si las monarquías europeas no se preocupan por defender las instituciones con las que comparten abuelos, se quedarán solas y desnaturalizadas, hasta que otro innovador se pregunte qué hace ese trasto viejo en el desván de la Jefatura del Estado, y decida malvenderlo en un mercadillo de garaje.

*** Javier Crevillén es profesor de Filosofía del Derecho y Humanidades.