Miembros de la Guardia Revolucionaria de Irán.

Miembros de la Guardia Revolucionaria de Irán. Efe

Tribunas

Yo también fui 'rojo', pero ahora veo que no todas las muertes indignan igual

El régimen iraní no sólo ha sobrevivido por su aparato represivo. También ha sabido tejer simpatías y comprensiones estratégicas fuera de sus fronteras.

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Hubo semanas en las que mi teléfono no descansaba. Amigos, conocidos, compañeros, todos alarmados ante la posibilidad de que Israel o Estados Unidos bombardearan a Irán.

La preocupación era intensa, casi angustiosa. Se hablaba de escalada, de irresponsabilidad occidental, de la amenaza de una guerra mayor.

Sin embargo, cuando en enero miles de civiles murieron en episodios de violencia vinculados al aparato del régimen iraní y su entorno regional, el silencio fue casi absoluto. Apenas unos pocos mensajes.

Ninguna avalancha moral.

Ninguna ansiedad comparable.

Esa diferencia no fue casual ni meramente informativa: fue ideológica.

Explosión en Teherán tras un ataque de Israel y Estados Unidos el lunes 2 de marzo.

Explosión en Teherán tras un ataque de Israel y Estados Unidos el lunes 2 de marzo. Reuters Reuters

Después de aquellas matanzas escribí un texto breve. Nada grandilocuente. Una condena clara de la barbarie, una defensa explícita de las víctimas civiles.

Lo envié a amigos y lo publiqué en redes. El resultado fue revelador. No hubo debate encendido ni posicionamientos urgentes. Apenas unas líneas sueltas.

Hubo incluso quien, sin rubor, sugirió que "no era para tanto".

Como si el horror necesitara permiso narrativo para ser reconocido.

No hablo sólo de cifras (aunque importan) sino de la velocidad de la indignación.

En el caso de Gaza, cada hora parecía exigir una respuesta moral inmediata.

En el caso iraní, el tiempo se dilató. Tres días concentraron una violencia brutal; la conversación pública apenas se alteró.

Tras cuarenta años viviendo aquí, nunca había observado una asimetría moral tan nítida. Y lo digo sin biografía sospechosa: yo también fui rojo. Precisamente por eso inquieta más.

Uno puede cambiar de opinión. Lo que no debería cambiar es el principio elemental de que la vida de un civil vale lo mismo, gobierne quien gobierne y dispare quien dispare.

Un ciclo histórico largo

Para entender lo que ocurre hoy conviene mirar atrás. En 1501, con Ismail I, la dinastía safávida convirtió el chiismo en religión oficial del Estado persa.

Desde entonces, el vínculo entre poder político y legitimidad religiosa ha sido estructural en la historia iraní.

La revolución de 1979 no restauró la experiencia constitucional previa. La sustituyó por una arquitectura teocrática inédita. Ruhollah Jomeini formuló la doctrina del velayat-e faqih: la tutela del jurista islámico como autoridad suprema del Estado.

Lo que para muchos fue una revolución antiimperialista terminó consolidando un sistema donde religión, aparato de seguridad y retórica revolucionaria se fusionaron.

El régimen rompió con Israel, convirtió la causa palestina en eje simbólico de legitimación internacional y se alineó estratégicamente con gobiernos enfrentados a Estados Unidos.

La ideología variaba. La lógica del poder no tanto.

La fractura interior

La épica exterior tiene un coste interior.

Irán arrastra años de inflación elevada, depreciación monetaria y deterioro del poder adquisitivo. Las sanciones influyen, sin duda. Pero también una estructura económica opaca y politizada. La inflación es el impuesto silencioso que pagan los ciudadanos corrientes.

Las protestas no nacen de conspiraciones abstractas, sino de un malestar acumulado: jóvenes sin expectativas, restricciones asfixiantes, economía exhausta.

Y lo verdaderamente inédito es que, por primera vez en la historia moderna iraní, amplios sectores no reclaman otra versión del islam político. Reclaman separación. Reclaman normalidad.

Reclaman libertad.

Libertad sin tutela clerical. Sin policía moral. Sin movilización permanente en nombre de una causa geopolítica.

Quizá sea el agotamiento de un ciclo de siglos.

La ceguera selectiva

Mientras tanto, parte de la izquierda radical española sigue interpretando el régimen iraní bajo el reflejo automático del antiimperialismo. Si el adversario es Occidente, la indulgencia aparece. Si el conflicto se formula como resistencia frente a Israel o Estados Unidos, la condena se ralentiza.

No se trata de defender a ningún gobierno concreto. Se trata de coherencia moral.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla durante su reunión con el canciller alemán, Friedrich Merz, en la Oficina Oval de la Casa Blanca en Washington.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla durante su reunión con el canciller alemán, Friedrich Merz, en la Oficina Oval de la Casa Blanca en Washington. Reuters.

Cuando los derechos humanos necesitan geolocalización ideológica, dejan de ser universales. Cuando clasificamos a las víctimas según su utilidad simbólica, ya no defendemos principios, administramos relatos.

El régimen iraní no sólo ha sobrevivido por su aparato represivo. También ha sabido tejer simpatías y comprensiones estratégicas fuera de sus fronteras.

No siempre hacen falta sobres. A veces basta con un marco mental compartido.

Durante años, su utilidad geopolítica pesó más que la libertad de sus ciudadanos. Lo que hoy parece distancia no nace necesariamente de una conversión ética, sino de un cambio de intereses.

Pero los iraníes llevan décadas pagando el precio de esas lecturas interesadas.

La universalidad no admite asteriscos.

Porque la diferencia entre civilización y barbarie no depende del bloque al que pertenezca el agresor. Depende de si somos capaces de reconocer el dolor ajeno sin pedir antes su pasaporte ideológico.

Y esa prueba (la más elemental de todas) hoy no todos la están superando.

*** Masud Razei es un músico iraní afincado en España.