Keir Starmer en Downing Street este miércoles.

Keir Starmer en Downing Street este miércoles. Toby Melville Reuters

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Keir Starmer: un buen político en el siglo equivocado

Starmer es, sencillamente, un buen tipo que ha querido servir a su país. Un Mr Darcy que ha llegado 30 años tarde a unos tiempos canallas que se sienten más atraídos por los malotes.

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En El diario de Bridget Jones, el personaje que interpreta Colin Firth —un guiño de Helen Fielding al Mr Darcy de Jane Austen— representaba una masculinidad clásica y circunspecta: educado, contenido, sobrio, predecible, poco dado al vértigo y los excesos.

Las mujeres se sentían instintivamente más atraídas por tipos más malotes como el mujeriego Daniel Cleaver, encarnado por Hugh Grant.

Al primer ministro británico, Keir Starmer, siempre le ha acompañado el rumor, nunca del todo desmentido, de que Fielding se inspiró en él, entonces un joven y apuesto abogado londinense, para diseñar al sufrido novio de Bridget.

Starmer nunca ha dejado de ser un anacrónico Mr Darcy, un náufrago viajero del tiempo viviendo en el siglo equivocado.

En tiempos de política canallesca, algoritmos que premian la indignación constante y populismo de garrafón, el actual inquilino de Downing Street cotiza muy a la baja.

Ursula von der Leyen da la bienvenida a Keir Starmer en su visita a la sede de la Comisión Europea en Bruselas

Ursula von der Leyen da la bienvenida a Keir Starmer en su visita a la sede de la Comisión Europea en Bruselas Comisión Europea

Su principal virtud es la competencia técnica.

Su biografía es un raro ejemplo de meritocracia en el sistema de castas cerradas que es la política británica.

Su carácter es moderado, pragmático y profesional.

Y no se le adivina mayor ambición que su vocación de servicio público.

Starmer fue el primero de su familia en ir a la universidad —notable contraste con la cantera de Eton boys, desde David Cameron hasta Boris Johnson, que tradicionalmente desfila por los pasillos de Whitehall.

Desde la nada elitista Universidad de Leeds se fue ganando un prestigio hasta convertirse en uno de los abogados de derechos humanos más respetados del país. Su buen desempeño profesional le premió con la dirección de la Fiscalía británica, donde estuvo al frente del Crown Prosecution Service.

Sir Keir no es ni un líder carismático ni un brillante orador. Nunca supo hipnotizar a las masas, y en sus comparecencias televisivas se le notan en exceso los brillos en la frente que produce el sudor nervioso de un hombre responsable.

Es un político serio que cree que gobernar consiste en estudiar concienzudamente datos y expedientes, trabajar largas horas y tomar decisiones difíciles.

"Starmer es, ideológicamente, un estadista socialdemócrata sin aspavientos. Para su desgracia, gobierna en una época que castiga con dureza sus mejores virtudes"

En 2026, todo ello supone un gran problema para un político. Starmer es, ideológicamente, un estadista socialdemócrata sin aspavientos: partidario de un Estado fuerte, financieramente responsable, comprometido con la cohesión social y la estabilidad institucional.

Para su desgracia, gobierna en una época que castiga con dureza sus mejores virtudes.

El Partido Laborista que heredó estaba desgarrado por el trauma podemita del corbynismo y por la fractura del Brexit.

Ha tenido que reconstruir la hoy precaria, casi imposible, coalición electoral que en su día llevó al poder a Tony Blair.

Por un lado, el antiguo Red Wall postindustrial, cada vez más oxidado por la demagogia identitaria de Reform y su mercancía nativista.

Por otro, las clases medias urbanas de las grandes ciudades universitarias, culturalmente progresistas pero con una influencia decreciente en el mapa electoral y en las coordenadas ideológicas del país.

Su ejercicio constante de funambulismo entre ambas pulsiones le ha obligado a modular sus convicciones proeuropeas para no reabrir el socavón tectónico y generacional que dejó tras de sí el referéndum de hace ya diez años.

A pesar de tan cuidadoso y admirable equilibrismo, y de sus denodados esfuerzos por estabilizar un país que los últimos gobiernos conservadores dejaron hecho unos zorros, a Starmer no dejan de lloverle los mandobles.

Desde la revanchista ultraizquierda post-corbynista de su propio partido se le acusa, de manera predecible, de ser la reencarnación misma del demonio, que en su imaginario no es sino un criado de Tony Blair.

Desde la derecha etílica y trumpista de Reform se le presenta, al mismo tiempo, como un peligroso comunista.

Es el destino inevitable de un político racionalista en tiempos tan recios: convertirse en saco de boxeo de unos y otros, acusado de una cosa y de la contraria, denostado por todos, ahogadas sus razones en exabruptos.

"Es el destino inevitable de un político racionalista en tiempos tan recios: convertirse en saco de boxeo de unos y otros"

De poco le ha servido haber calmado a los mercados, que dejaron al país al borde de un catastrófico default soberano durante el tan breve como demencial liderazgo de Liz Truss.

En nada se valora que haya mejorado la gestión de un sistema sanitario totalmente colapsado, que arrastraba listas de espera interminables y datos de supervivencia impropios de un país desarrollado.

Las encuestas tampoco premian que haya adoptado medidas políticamente audaces, como la renacionalización progresiva de los muy maltrechos ferrocarriles, tras décadas en las que la liberalización degeneró en un cártel de precios prohibitivos, servicios fragmentados y prestaciones tercermundistas.

En política exterior ha demostrado su habilidad como susurrador de Trump, a la vez que ha alentado un acercamiento discreto pero sincero a la Unión Europea tras años de puentes rotos por la estridencia borisiana.

Nada de eso será suficiente. Starmer es, simplemente, un político competente: lo más bajo en la cadena trófica del ecosistema político actual.

No grita, no insulta, no teatraliza, no promete soluciones fáciles a problemas difíciles. Sus ruedas de prensa abundan en datos y en detalles técnicos, mientras desatiende los debates viscerales que dominan las redes.

En un contexto de ruido, sobreactuación y resentimiento, su sobriedad se funde en negro, tornándose patéticamente en debilidad.

Si no fuera por la certeza de que su propio partido va a descabalgarlo mucho antes de llegar al matadero de las próximas elecciones, sería la víctima propiciatoria ideal para ser triturada por el charlatán Nigel Farage.

Y es que Starmer tiene, además, la peor de las suertes. Abre un armario y se encuentra a Peter Mandelson enterrado en papeles de Epstein. Vive angustiado por fantasmas del pasado y por guerras culturales sobrevenidas.

Es muy probable que termine dimitiendo, tal vez a no mucho tardar, por algún asunto relativamente menor, de esos que a otros líderes les resbalan por el rostro pétreo. Porque Starmer no es un cínico, ni tampoco un sinvergüenza de esos que tapan sus escándalos con otros nuevos.

Starmer carece de Manual de resistencia. Es, sencillamente, un buen tipo que ha querido servir a su país. Un Mr Darcy que llegó treinta años tarde.

*** Carlos Conde Solares es profesor de Historia de España en la Universidad de Northumbria y miembro de la Ejecutiva Nacional de Izquierda Española.