El Museo Hermitage de San Petersburgo.

El Museo Hermitage de San Petersburgo.

LA TRIBUNA

¿Debe Málaga aceptar a ciegas el ‘regalo’ del Museo Hermitage?

El Museo Hermitage podría convertir Málaga en un foco europeo de colaboración cultural con el gigante ruso… o convertirse en un proyecto fallido que deba ser rescatado por el Ayuntamiento cuando se constate su escasa viabilidad.

26 octubre, 2021 06:05

Ante la velocidad de crucero que está tomando el asunto del Museo Hermitage (de explorar posibilidades se ha pasado en un par de días a ofrecer un suelo concreto en Málaga: al parecer estamos ya en guerra con Sevilla por el botín), escribo desde la inusual experiencia de haber trabajado tanto en la gestión de un museo ruso como en la elaboración del Plan Especial del Puerto de Málaga.

Imaginemos que un desconocido toca a la puerta de nuestra casa trayendo un piano de cola en un remolque. “Buenas, venía a regalarle este piano. Se lo iba a dar a mi primo, pero no lo ha querido. Es un piano buenísimo, fíjese, y se lo dejo gratis total, ni un duro le cuesta”.

¿Y a quién no le va a gustar un piano regalado?

Pero quizá no nos cabe en casa. O tenemos ya otro; no igual, pero parecido. O no nos gusta la música. O nos preguntamos por el mantenimiento, las clases y el gasto que trae consigo un piano. O, simplemente, un piano de cola no entra en nuestros planes.

Planes, ahí está la clave. Una ciudad bien administrada debe tener una idea de adónde va, por dónde quiere crecer, qué objetivos pretende conseguir y cómo. Las oportunidades surgen, y no hay que dejarlas pasar sin más, pero es importante que encajen en un diseño previo.

La estrategia cultural que arranca con el II Plan Estratégico se alimenta de la candidatura a Capital Cultural Europea y cristaliza en la exitosa ciudad de museos que es hoy Málaga.

Y si aparecen nuevas oportunidades, lo que procede es evaluarlas conforme a esa estrategia. ¿Estaba Málaga buscando algún museo más, había voluntad de reforzar la oferta? Incluso los más partidarios del todo suma convendrán en que hay un límite para cualquier cosa. Si es bueno para la ciudad otro museo, ¿también lo serían tres más? ¿15? ¿250?

"Un buen proyecto cultural se concibe en función de la población a la que se dirige, con sus fortalezas y sus carencias, su masa crítica y sus redes culturales"

Lo que sabemos por ahora deja algunas dudas. El modelo, para empezar, es muy diferente al que se ha probado ya con éxito. Málaga tiene acuerdos firmados con Centre Pompidou y Museo Ruso. El trato es directo entre ambas partes a la hora de acordar la programación, las actividades y las colaboraciones con terceros.

Pero el que ha firmado con el Hermitage es un intermediario privado y por él pasarían todas las decisiones. De la colección se nos dice que viene de un acuerdo ya sellado.

Sería, parece ser, un préstamo de larga duración frente al modelo de rotaciones anuales ensayado en el resto de centros malagueños. Un modelo que favorece la repetición de visitas, que fideliza al público local y que ha traído a Málaga obras como El paseo de Marc Chagall o Las odaliscas de Henri Matisse.

Resulta difícil imaginar que el Hermitage vaya a prescindir por 50 años de piezas de ese calibre. Mucho más interesante resultaría una programación basada en exposiciones breves y muy potentes.

Del proyecto cultural apenas se conocen las ideas, muy atractivas, que avanzó el finado Jorge Wagensberg cuando se le encomendó su dirección. Un centro activo en torno a una gran colección de arte, con énfasis en los temas contemporáneos y el diálogo entre ciencia y humanidades. Sería interesante saber qué conservan de aquellas intenciones los inversores.

Por otro lado, llama la atención que se pretenda trasladar sin más la propuesta de una ciudad (Barcelona) a otra, como un jarrón que se cambia de estantería. Un buen proyecto cultural se concibe en función de la población a la que se dirige, con sus fortalezas y sus carencias, su masa crítica y sus redes culturales. Sólo así puede crecer poco a poco y arraigar en la ciudad. Como, pese a algunas críticas poco informadas desde la capital, han hecho y siguen haciendo tanto el Centre Pompidou Málaga como la Colección del Museo Ruso.

Y si cuesta creer que una propuesta cultural concebida para los públicos y las circunstancias de Barcelona pueda encajarse tal cual en Málaga, mucho más llamativa es la convicción de que se podría aprovechar el proyecto de Toyoo Itō.

Un edificio se proyecta para un lugar concreto, con unas referencias urbanas y de paisaje, una luz, un clima, una orientación, unos flujos ciudadanos determinados. Por no hablar de las ordenanzas o del tipo de subsuelo. Un proyecto arquitectónico es una solución única a un problema único. Estoy seguro de que el propio Itō, refinadísimo arquitecto, sería el primero en negarse a semejante chapuza.

"No hay coste cero si la ciudad se ve obligada a un rescate económico cuando, pasados un par de años, las cuentas no salgan"

La insistencia en que el proyecto no nos va a costar nada levanta también alguna suspicacia. La parcela que se ha ofrecido tiene asignado un uso cultural y 8.000 m2 de techo edificable. Parece más que suficiente para un centro museístico ambicioso. La amplísima sede de la Colección del Museo Ruso tiene 7.000 m2 y la del Pompidou Málaga no llega a los 3.000.

Y, sin embargo, se nos dice que el proyecto no cabe. Que hacen falta 14.000 m2. No se ven claras las razones por las que habrían de embarcarse la ciudad y los promotores en una nueva modificación del Plan Especial del Puerto (ese documento que parece no servir para nada y que se reformula cada vez que aparece un inversor) si tenemos sobre la mesa una idea que es perfectamente materializable en una parcela disponible hoy mismo, sin necesidad de cambio legal, con sólo adaptar un proyecto que, de todas maneras, habrá que reformular en todos los sentidos a la escala de Málaga.

Si se insiste en ello, si el aumento de volumen se considera irrenunciable, tendremos que preguntar qué otros usos y en qué proporción se plantean, además del cultural. Porque tal vez esté ahí la clave de una viabilidad económica que se presenta, más que dudosa, directamente imposible a poco que se meta el lápiz.

Para empezar, y sin entrar en que un museo autosuficiente es una quimera, la cifra de 850.000 visitas que se baraja resulta disparatada para Málaga, donde centros similares rondan las 100.000. No hay coste cero si la ciudad se ve obligada a un rescate económico cuando, pasados un par de años, las cuentas no salgan y haya que evitar un cierre traumático.

Tampoco sería a coste cero una modificación del planeamiento, como no lo sería tener que sacrificar en parte la parcela contigua del auditorio, un proyecto estratégico de ciudad madurado y gestionado ejemplarmente, con su tramitación terminada en espera sólo de financiación, para hacer sitio a otro no tan estratégico y con tantas incógnitas por despejar.

Si alguien debiera estar ilusionado con la idea es el autor de estas líneas. No creo que haya nadie en esta ciudad que me supere en pasión por la cultura rusa. Una sede del Hermitage podría reforzar la especial conexión que se ha creado en Málaga desde la apertura de la Colección del Museo Ruso.

"Algunos sectores de la ciudad, que lo mismo jalean a un jeque futbolero que una torre catarí, recuerdan demasiado a los aldeanos de Bienvenido Mr. Marshall"

Si el Hermitage se involucra realmente en la iniciativa, si se mantiene el planteamiento cultural de Wagensberg, si se aprovecha el trabajo ya realizado con la comunidad rusa y con los rusófilos de toda España, si se crean discursos expositivos que aprovechen los fondos extraordinarios del museo para acercar nuestras culturas, si las dos instituciones petersburguesas colaboran en una programación con puntos en común y complicidades (desde lo universal uno y desde lo nacional el otro), si se articulan mecanismos de visita combinada y actividades compartidas… las posibilidades son enormes y Málaga podría consolidarse como un foco europeo de colaboración cultural con el gigante ruso.

Y, sin embargo, no puedo evitar temer a los dánaos incluso cuando vienen con regalos.

Porque hay malas experiencias con iniciativas privadas (¿hemos olvidado el Museo de las Gemas?).

Porque tanto énfasis en el coste cero parece enmascarar otras carencias (si es un proyecto tan potente como se dice, no pasaría nada porque la ciudad contribuyese de algún modo).

Y porque surgen muchas dudas. Dudas fundadas que sólo se podrán disipar con información.

El Ayuntamiento de Barcelona ha barajado informes sobre solvencia cultural y económica antes de rechazar el proyecto. Sería interesante conocer el contenido de esos informes, no vaya a ser que la frecuentemente disparatada alcaldesa de la ciudad haya acertado en esta ocasión.

Mientras tanto, conviene cierta reticencia. Algunos sectores de la ciudad, que lo mismo jalean a un jeque futbolero que una torre catarí, recuerdan demasiado a los aldeanos de Bienvenido Mr. Marshall.

*** Ignacio Jáuregui es arquitecto, escritor y gestor cultural. Ha formado parte del equipo del Centre Pompidou Málaga y la Colección del Museo Ruso, y actualmente desempeña labores de arquitecto municipal.

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