El discurso leído por el Papa este lunes en el Congreso de los Diputados ha sido, como es natural, el de mayor contenido político de cuantos ha pronunciado desde que inició su viaje apostólico por España.
Pero la temática de su alocución ante la sesión conjunta de las Cortes Generales no ha versado sobre política en el sentido ideológico y partidista del término, sino sólo como objeto de consideraciones generales en un plano más teórico.
León XIV ha subrayado las raíces cristianas de la libertad moderna, recordando las contribuciones de la Iglesia al patrimonio institucional europeo: la limitación legal del poder; la interrogación sobre la legitimidad moral de la fuerza; el bien común como medida de las relaciones sociales; la dignidad humana como criterio de organización de la sociedad justa; el mandato de evitar la exclusión de los desfavorecidos; o la protección de la dignidad humana a través de los derechos fundamentales.
El magisterio del Papa se resiste a toda cooptación partidista. Y prueba de ello es que León XIV se ha referido sin solución de continuidad a diversos aspectos de la cuestión social en unos términos que ninguna de las parciales facciones ideológicas está en condiciones de suscribir en su totalidad.
Lo mismo que el Papa ha dedicado unas palabras "al trágico drama migratorio", susceptibles de agradar a los grupos de izquierda, también ha pronunciado una defensa de la familia y la libertad educativa y religiosa que encuentra un mejor acomodo en las simpatías de la derecha.
Y ello no se debe a que León XIV sea un pontífice especialmente diplomático o complaciente que haya querido dirigirse a todas las sensibilidades, sino, más bien al contrario, a que no se ha dirigido a ninguna sensibilidad en particular.
No es que el Papa quiera contentar a todos, sino que se ha ceñido a dar orientaciones conforme al magisterio de la Iglesia sin buscar contentar a nadie. El propio León XIV ha aclarado en el prólogo de su discurso que no venía al Parlamento español en calidad de jefe de Estado del Vaticano, sino "como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica".
Y eso implica que la doctrina que ha expuesto no está inspirada por categorías políticas, sino que dimana de una fundamentación evangélica. Esa "luz que viene de lo alto" y que recuerda que "la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera".
Sorprende por ello que todos los representantes de los distintos partidos hayan aplaudido sin excepción al Papa, tributándole una larga ovación al término de su mensaje.
Porque los mismos diputados que le han vitoreado son los que, en lo que a la izquierda se refiere, han respaldado la legalización (y hasta la constitucionalización) del aborto, y se disponen legislar en breve para facilitar aún más la eutanasia. Una postura en abierta contradicción con la exhortación de León XIV en la Cámara a custodiar "toda vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural".
Pero también han jaleado sus palabras quienes, desde el flanco opuesto, pretenden consagrar normativamente el principio de la "prioridad nacional", sin reparar su incompatibilidad con la sección del discurso en la que el Papa ha condenado la discriminación de cualquier persona "por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico".
Aunque la lógica binaria de los paquetes ideológicos no esté facultada para adherirse a ellos simultáneamente, ambos preceptos están en realidad armonizados por la lógica interna del mensaje cristiano. Que es la de el cuidado por los más vulnerables de la sociedad, según el "principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos".
El oportunismo de los partidos políticos, tratando indistintamente de apropiarse del mensaje de León XIV, está viciado por un problema de base: que la doctrina católica no es un argumentario de libre disposición que pueda parcelarse a conveniencia.