Funcionarios en una oficina.

Funcionarios en una oficina. Europa Press

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Funcionarios y pensionistas son la nueva aristocracia

El funcionariado es cada vez más atractivo para aquellos en edad de definir su futuro laboral.

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Ni siquiera la factoría de banalidades con la que el Oficialismo distrae la conversación pública puede orillar el drama (sí) de la vivienda en España.

Como casi todo lo que pasa en este país, es difícil ponerse a sobreactuar preocupación después de ocho años habitando la Moncloa.

Según los últimos datos del índice que elabora el portal Fotocasa, el precio medio superó por primera vez en julio la barrera psicológica de los 250.000 euros. Un piso de ochenta metros cuadrados es hoy 35.000 euros más caro de lo que lo era hace 365 días.

En porcentaje, el incremento interanual es del 16%.

Los sueldos jamás van a subir en esa proporción. Quien intenta ahorrar para una entrada comprueba que cada año le ponen la meta un poco más lejos. Algún experto apunta a que sí ha pinchado la burbuja que engloba a las moradas de mayor lujo. Menos da una piedra.

En medio de este panorama, es normal poner en común las distintas vicisitudes por las que pasa un español normal si se ve en el trance de tener que buscar una casa. La angustia no distingue entre aquellos que quieren comprar y los que optan por el alquiler.

Un jubilado en Madrid.

Un jubilado en Madrid. Eduardo Parra Europa Press

Un caso particular nos sitúa en el norte de Sevilla. La familia, que necesita un piso en alquiler para uno de sus miembros, topa con caseros que no se andan con rodeos y aclaran que sólo arrendarán su propiedad a aquellos que acrediten ser funcionarios o pensionistas. Imaginen que los créditos hipotecarios (que ya valoran especialmente que tu nómina dependa del Estado o que un jubilado pueda avalarte) vayan adoptando también esa rigidez.

Los jóvenes de hoy saben que tendrán muy difícil ser un pensionista con las mismas condiciones que los beneficiarios actuales.

Pero sí pueden convertirse en funcionarios. La opción es cada vez más atractiva para aquellos en edad de definir su futuro laboral.

Ahora también seduce a esos otros que, cansados de inestabilidad y precariedad, han estado incluso décadas "trabajando de lo suyo" demostrando aptitud y resolución. En nuestro gremio abundan ejemplos.

Cada vez es más usual topar con la imagen en las redes sociales. Alguien celebra haber superado el proceso de oposición que le permitirá no volver a pensar en cambiar de trabajo hasta que alcance la condición pensionista. Ser elegible como inquilino de piso en todo lo que ya le quede de vida.

La función pública siempre tuvo unas ventajas determinadas que hacían inclinarse hacia ella a un número considerable de personas. La multiplicación de los puestos disponibles merced al desarrollo del estado autonómico coincide con la salida al mercado laboral de la "generación del baby boom".

El resto es Historia. Casi leyenda.

Pero, junto a esos atractivos, había otros condicionantes que no terminaban de convencer a otro tipo de perfiles. Suelo alto, pero techo bajo. Actividad monótona. Sensación de estancamiento. El desfase actual entre los sueldos y el precio de las cosas ha ido difuminando los alicientes que, en contraposición a esa seguridad, presentaba la empresa privada en los años de bonanza.

El funcionario actual vuelve al estatus social que podía desempeñar en una novela de Galdós de hace siglo y medio.

Habrá que seguir de cerca las cifras y los estudios que determinen cuántos de nuestros jóvenes más brillantes prefieren consagrar sus carreras a la Administración. Si terminara siendo un porcentaje abrumadoramente mayoritario, tendría un impacto en el dinamismo del país con consecuencias cuya magnitud real sólo terminaríamos de ver con el paso de varios años. Puede que décadas.

Pero cómo les vamos a culpar, si, a este paso, van a ser ellos los únicos de entre sus coetáneos que sí puedan alquilarse un piso.