El presidente del PNV, Aitor Esteban, y el lehendakari, Imanol Pradales, saludan en un mitin del PNV en Durango. EFE
Qué triste es ser tan triste como el PNV y ERC
Los nacionalistas nunca construirán nada ilusionante. Sólo rencores ficticios.
Alguien me ha recomendado escribir sobre la falta de buen gusto en las celebraciones por la victoria de la Selección Española en el Mundial. Me animó a hacerlo una de esas personas que sólo se pone pantalón corto en la piscina, que considera que la ropa de verano es la muerte del alma, y que se tapa los ojos escandalizado ante una chancla como un niño ante una película de terror.
A sus ojos, el alcohol, los futbolistas sin camiseta y los gritos exaltados por la rúa son el summum del mal gusto, la viva imagen del primitivismo que anida en cada ser humano.
Me reí (con cariño) de la sugerencia. Qué bajón salir a reconvenir a la gente cuando está en plena euforia: "Celebráis mal".
Ni de broma. Ante todo, no hay que ser un coñazo. "Embrutece al pueblo, pero no lo aburras", escribió Petronio al emperador Nerón en su carta de suicidio.
Y mientras yo velaba por mantener mi pequeña reputación de columnista lejos de la categoría de "regañona", los nacionalistas de este país no se andaban con tantos remilgos y se lanzaron sin miedo a su labor continua de dar vergüenza ajena.
ERC y PNV han aprovechado la coyuntura del Mundial para reclamar el reconocimiento de sus selecciones propias. Un equipo nacional vasco, una selección catalana. Podrían jugar un amistoso entre ellos, me imagino. En una competición de esas en las que se dan premios por participar.
El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, en el Congreso de los Diputados. EFE
Ah, y para que jueguen también en su propia liga, como los ingleses, escoceses, irlandeses y galeses. Si quieres selección propia, toma liga propia. ¿Se imaginan la ruina de San Mamés y del Camp Nou sin competir con el Real Madrid?
La reivindicación del PNV es especialmente hiriente, porque lo ha hecho en el marco de los episodios de violencia abertzale que se han producido en País Vasco y Navarra contra los aficionados de la Roja. El PNV ha dicho que los condena, pero que su selección es la vasca. Como si una cosa tuviera que ver con la otra.
Se retratan solos.
Este es uno de los grandes problemas del nacionalismo en España. Que no sólo genera violencia. Que no sólo es mentira. Que no sólo es una falsedad construida con el único objetivo de alimentar bocas gracias a las subvenciones que genera el negocio del independentismo.
Es que es triste, gris y aburrido. Muy viejuno.
Y, aun así, te mira con superioridad moral. Un poco como quien viste sólo de colores pastel y cree que el minimalismo es una forma de vida. No sabe de alegrías y no entiende de festejos. Es de esa gente a la que llevas un pack de cervezas cuando te invita a cenar y te mira a los ojos muy serio y te dice "no es necesario".
Lo cual tiene sentido, porque sobre las bases de un permanente (y ficticio) sentimiento de agravio no se puede construir nada ilusionante.
No se pueden esperar altas aspiraciones de quienes han convertido en ídolos a aquellos que justificaban la violencia y a quienes huyen en maleteros.
De aquellos que se conceden a sí mismos la condición de víctimas mientras gozan de cada vez mayores privilegios.
Eso sí que es mal gusto.
ERC y PNV piden cutreces, mientras España celebra que ha ganado. Y no sólo marcando un gol en la prórroga.
Aitor Esteban, del PNV.
Ha ganado en vencer con elegancia, en mantener un comportamiento superior frente a la suciedad de algunos jugadores argentinos, en no responder a la provocación, en no saltarse las reglas del juego para ganar.
Y puede ser que sí merezca la pena poner en peligro la propia integridad física, como ha hecho Esther Martínez, concejal del PP en Bilbao, para defender la libertad tan gozosa de poder ver el fútbol en una pantalla grande, con una cerveza en la mano y con una camiseta roja (a la que ahora habrá que bordarle otra estrella).
Entretanto, los nacionalistas no tienen nada real por lo que entregar la vida. Sólo un espejismo por el que han quitado la vida a otros. Quieren un equipo de fútbol que no existe para jugar en competiciones que tampoco existen. Ni siquiera pueden soñar con que su triste cosmovisión pueda algún día generar un mínimo porcentaje de lo que ha logrado la sociedad española con la victoria en el Mundial. Pero es imposible que unan lo que nace fracturado.
La tristeza que vive el nacionalismo estos días, mientras el resto de España disfruta, es todo lo que debes saber sobre su proyecto político.
Qué triste es ser tan triste. Qué lástima hablar tanto y aburrir todavía más.