Xavi Hernández vs Dani Olmo.

Xavi Hernández vs Dani Olmo. EE

Columnas LA GALERNA

Un reflejo de la España de 2010 vuelve a conquistar el planeta

España ha usado la posesión no ya como mecanismo para mandar en el partido, sino como método infalible para jibarizar al adversario táctica y anímicamente.

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Una de las formas más directas de ponderar la excelencia de la selección que acaba de alcanzar la gloria de la segunda estrella es mirar a su portero. Unai Simón sólo ha encajado un gol en todo el torneo, un registro sin precedentes en una escuadra campeona.

Leo que solo le han tirado doce veces a puerta en el transcurso del Mundial. Muchas me parecen. La sensación que queda en el aficionado es que, de haber tenido que estirar el brazo en algún momento, habrá sido para parar un taxi en Chattanooga.

España ha convertido en el mejor guardameta de la competición a un tipo que apenas ha tenido que intervenir. No sólo eso: ha puesto en su mano la posibilidad de alcanzar unas estadísticas individuales históricas sin hacer mucho más que comparecer.

Imaginemos que no conociéramos a Unai Simón. De acuerdo a lo atestiguado en esta Copa del Mundo, es imposible dictaminar si se trata de un buen o un mal portero. Ha levantado el trofeo después de emular partido tras partido a Mr. Cellophane, el personaje del musical Chicago en cuya presencia nadie repara nunca.

Estoy convencido de que, de haberle necesitado su equipo, habría brillado, pero no se ha dado la ocasión.

Unai Simón y el Rey

Unai Simón y el Rey Reuters

El hecho es que la selección retorna a España con el cetro del fútbol planetario y un cancerbero que ha jugado la totalidad de los minutos sin que apenas le hayan inquietado maestros del suspense como Cristiano, Mbappé o, ayer mismo, Messi.

La explicación, por supuesto, tiene que ver con una zaga superlativa. La línea Porro-Cubarsí-Laporte-Cucurella ha rozado la perfección.

Aún por encima de ello, está la expropiación de la pelota como máximo mecanismo defensivo. A veces toca reeditar las enseñanzas de Perogrullo para interiorizar su peso granítico: quien no huele el balón difícilmente va a poner a prueba a tu portero.

España ha usado la posesión no ya como mecanismo para mandar en el partido, en la propia final sin ir más lejos, sino como método infalible para jibarizar al adversario táctica y anímicamente.

No esperábamos esta obsesión por la tenencia. Los que otorgábamos pocas posibilidades a esta escuadra cometimos el error de recordar su versión Eurocopa 24.

Aquel descomunal equipo concentraba su juego ofensivo en la brillantez de dos extremos: Lamine Yamal y Nico Williams. Al no llegar en buen momento ninguno de los dos, el favoritismo se diluía.

Resultó que no los necesitaba en plenitud. Salvo por su interesante contribución en la prórroga contra Argentina, Williams se retira casi inédito. Casi lo mismo puede decirse de Lamine, futbolista a quien el marketing ha elevado a altares que, por lo visto en el torneo, le quedan grandes.

Da igual. Ninguno de los dos hacía falta de verdad, y este era el secreto mejor guardado por De La Fuente, sabio que se aprestaba a darnos en las narices con una convincente reedición de la España de Sudáfrica cuando esperábamos la de la Eurocopa.

Teníamos presente la selección de 2024, pero la gran mente pensante llevaba bajo la manga la España de 2010.

Rodri, Olmo y Fabián se transfiguraron en una versión ligeramente más vertical de aquellos Busquets, Iniesta y Xavi. Tal fenómeno de ultratumba tuvo lugar por sorpresa, que es como hacen las cosas un técnico astuto y un médium competente.

Si las dos estrellas que ya están fruncidas en la camiseta han de ser idénticas, procedía que la gloria de ahora, además de su valor intrínseco, sirviera también de homenaje a aquella.

No lo vimos venir. Es posible que De La Fuente sea un genio.

Por lo demás, la que ha sido de larguísimo la mejor selección del Mundial ha logrado evitar un latrocinio sin precedentes.

Además de la escandalosa permisividad con la violencia de los de Scaloni, estuvo el gol oprobiosamente anulado a Nico Williams. La desfachatez de Infantino ha alcanzado cotas de descaro nunca vistas en este deporte, pero ni siquiera eso ha amilanado al combinado nacional, como lo llamaban los clásicos.

Rodri Hernández peleando la posesión con Messi.

Rodri Hernández peleando la posesión con Messi. Reuters

El arbitraje tuvo tintes negreirescos. No sucedió nada que no veamos domingo tras domingo en la nefanda liga española, en un Madrid-Osasuna sin ir más lejos: dureza sin tiento e impunidad de la misma.

Puede que sólo haya habido un representante del Real en la lista de De La Fuente, pero a su rival en la final lo han aupado, artificialmente, usando el mismo patrón que en España beneficia al Barcelona desde 1990.

Messi es el elemento común. El rosarino se queda sin su segundo Mundial pero con un gran reconocimiento del deporte que ha engrandecido. Si no fuera por la contumacia con que el sistema le ha ayudado de manera proverbial, y con ambas camisetas, habría que coronarlo sin dudar como el mejor futbolista de la historia.

En definitiva, un reflejo de la España de 2010 vuelve a conquistar el planeta. Así, España no es sólo bicampeona, sino que logra la proeza a lomos de un estilo muy distinguible, como sucede con los grandes equipos mundialistas de la historia.

La grandeza lo es sobre todo cuando remite a la grandeza de entonces, sea cual sea. La grandeza es más grandeza cuando es la grandeza de siempre.

Enhorabuena a todos.