Emily Blunt con el palito mágico de 'El día de la revelación'.
Por qué sólo los boomers entenderán la nueva película de Spielberg
El día de la revelación demuestra que Spielberg no ha comprendido que la televisión y los periodistas mienten, que la democracia es un trampantojo y que el ateísmo es sólo una religión más.
Hay una escena recurrente en las películas americanas de marcianos que siempre me hace pensar "veeenga, ahí vamos de nuevo".
Es esa escena en la que los alienígenas aterrizan en el planeta Tierra y los occidentales nos volvemos nazis.
Cuando los alienígenas aterrizan en la Tierra, alguna agencia de seguridad secreta, alguna facción del ejército americano o alguna secta de fundamentalistas cristianos conspira contra los marcianos, intenta sabotear los intentos de comunicación o se lanza al terrorismo, como en Contact o en La llegada, mientras musulmanes, hindúes y budistas ven las noticias con sobrenatural naturalidad y bovina calma, como si eso pasara cada día en Jalalabad, Kanggye o Nkurenkuru.
– Oh, mira, un alienígena.
– No seas grosera. Son seres como nosotros, sólo que de otro planeta. Pásame el chutney de mango, Khadija.
Esta es de hecho la esencia del pensamiento progresista: la idea de que el ser humano es intrínsecamente pacífico, bondadoso y tolerante, y la de que el único elemento capaz de destruir esa armonía natural, el único que rechaza al extraño, es Occidente. Con puntos negativos extra si es cristiano.
Sin Occidente y sin cristianismo, piensa el progresista, la Tierra sería el mejor planeta del universo.
Pero es el peor, por culpa nuestra.
El típico fundamentalista cristiano suicida con un cinturón bomba, en 'Contact'.
Y por eso descienden sobre nosotros los alienígenas. Para mostrarnos las virtudes del amor, la empatía y la cooperación entre culturas.
Se ve que en la galaxia Andrómeda han leído la Biblia, aunque hayan venido a librarnos de ella.
En esas películas americanas, los alienígenas siempre aterrizan en Estados Unidos. No en Afganistán, Corea del Norte o Venezuela. Porque ahí no hace falta. En esos países ya lo están haciendo todo bien, con empatía y tolerancia, como todos sabemos por las noticias.
A veces, el director de la película muestra a los alienígenas como seres desvalidos o siendo torturados como animalillos por alguna oscura empresa privada con un CEO con los rasgos de Satán y la mala leche de un cartel de la droga colombiano.
En muchas de esas películas el alienígena, que siempre tiene los ojos tristes, es una metáfora de Jesucristo. Y por eso el alienígena es recibido con hostilidad por el Occidente cristiano (lógico) y con mansa tolerancia por los fanáticos de las religiones más violentas del planeta (lógico también).
El día de la revelación, la película número 35 de Steven Spielberg, cumple con el canon a rajatabla.
Y por este y otros motivos la crítica americana ha dicho que esta es la película "más boomer" de los últimos veinte años.
Boomer ha acabado convertido en un término innecesariamente peyorativo y que está siendo utilizado como arma en la batalla generacional provocada por la oceánica incompetencia de nuestras actuales élites políticas socialdemócratas. Pero hay que reconocer que a veces describe con precisión una realidad insoslayable: la de que el mundo de ayer, el que nació tras el final de la II Guerra Mundial, ha muerto.
Spielberg es en efecto, un boomer (tiene 79 años). Pero su público soy básicamente yo. Es decir, la generación X, la nacida entre 1965 y 1980.
Mi generación era niña con Tiburón, En busca del arca perdida y E.T. el extraterrestre. Y se hizo adolescente con Jurassic Park, La lista de Schindler y Salvar al soldado Ryan. Después, vacunados por el suicidio de Kurt Cobain, American Psycho de Bret Easton Ellis y los jóvenes cuarentones de Friends, dejamos de creer en Spielberg y empezamos a caer en el cinismo.
El problema de Spielberg es que la mitología boomer, que todavía resultaba creíble a finales del siglo XX, es increíble vista con los ojos de hoy.
El problema de Spielberg es que su mundo murió con los atentados del 11 de septiembre de 2001. Y que el cadáver da mal en pantalla.
En El día de la revelación, la plataforma escogida para revelarle la verdad al mundo es la televisión. ¿Y hay algo más vetusto y que haya perdido más credibilidad que la televisión?
La encargada de revelar esa verdad al mundo es la chica del tiempo.
Y las imágenes de los alienígenas son emitidas por una pequeña emisora local mientras cadenas de todo el planeta (empezando por la CNN, la Fox y la CBS) interrumpen su programación, en plena III Guerra Mundial, para retransmitir vídeos que nadie en su sano juicio atribuiría hoy a otra cosa que a la IA.
Cartel de 'El día de la revelación'.
La escena es tan rocambolesca y sobre todo anacrónica que resulta casi más fácil acompañar a Spielberg en su inocente fe conspiranoica en la existencia de los marcianos que en la posibilidad de que algún ciudadano del siglo XXI se trague hoy, sin masticar, lo que dice la televisión.
Te pongo en contexto. Imagina a Sarah Santaolalla diciendo en La 1 "lo que vas a ver ahora cambiará tu visión del universo" y dando paso luego a imágenes de un marciano. En el caso de La 1 y de Santaolalla, el marciano llevaría sobre el pecho una rosa. Para que ates cabos.
¿Tú te la creerías?
Spielberg cree que sí. Spielberg sigue creyendo en las mismas cosas en las que creía en 1960. Si sale por la tele, es que es verdad. Si lo dice un periodista, aunque sea la chica del tiempo, es que es cierto.
La fe de Spielberg en las viejas instituciones (como la democracia, el periodismo, la televisión e incluso el ateísmo) es entrañable. Pero también cómica.
El día de la revelación no es mala sólo por ese motivo. Todo en ella es un cliché. Incluida la escena en la que el protagonista debe descargar un archivo informático antes de que los villanos irrumpan en la habitación y Spielberg muestra cómo la barra de carga avanza a paso de tortuga.
¡Qué emocionante! ¡Y, sobre todo, qué novedoso!
Pero hay más clichés.
1. Los protagonistas parecen durante toda la película muy preocupados por un objeto con forma de palitroque cuya función nunca se explica con claridad, pero que le sirve al director para hacer avanzar la trama. Allí donde Spielberg necesita que ocurra algo que rompe la lógica interna de la historia, un personaje coge el palito, y el palito brilla y lo resuelve todo.
Yo, en el cine, pasé un poco de vergüenza ajena con el palito de marras. "Mira, ahora el palito hace invisibles a los personajes; ahora les permite poseer a otras personas; ahora les teletransporta; ahora les permite revivir su pasado".
El palito es el deus ex machina de un director demasiado perezoso para trabajarse un poco más su guion.
2. La escena del tren es la misma que la de El diablo sobre ruedas. Dice Spielberg que es un homenaje (a sí mismo). Pero es sólo reciclaje de viejas ideas.
3. Del reparto racial de los papeles hablamos otro día, pero parece obvio que resulta ya imposible encontrar un solo personaje negro en una película americana que no sea un santo varón de rasgos mesiánicos.
Los orientales, en cambio, son moralmente ambivalentes. Pueden estar en el bando del villano o en el de los héroes. Lo que me hace pensar que, en el Hollywood de hoy, a los chinos, a diferencia de los negros, se les ha concedido el don del libre albedrío.
Los negros, en cambio, no tienen otra opción que hacer siempre el bien. Por lo visto, aún no han comido del fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, porque son seres infantilizados, sin voluntad propia y que son bondadosos porque no pueden ser otra cosa.
4. Luego aparecen Nixon y Walter Cronkite, a los que no identificará nadie que haya nacido después de 1980.
5. Aparece también la casita de Hansel y Gretel en una de las escenas más ridículamente melosas de la película (y eso que describe una abducción). Spielberg siempre ha sido un cursi relamido.
6. La escena del campo de maíz no tiene sentido, ni contexto, ni conexión con el resto de la película. Está ahí sólo por su gancho visual.
Una escena de 'El día de la revelación' sin relación alguna con la historia que cuenta 'El día de la revelación'.
7. Este detalle me hizo mucha gracia: a los protagonistas les basta con caminar agachados para pasar desapercibidos a los ojos de docenas de agentes de la empresa de seguridad más avanzada del planeta. Esto pasa dos veces en la película, supongo que con el objetivo de poner a prueba la capacidad del espectador para suspender su incredulidad y llegar macerado a la escena final.
8. Los animales CGI de la película han salido del más inquietante de los valles inquietantes. No entiendo por qué un director con los recursos de Spielberg recurre a la IA cuando podría haber utilizado animales reales en escenas en las que lo único que hacen ciervos, zorros y pájaros es… mirar al protagonista.
9. El cine de Spielberg nunca ha sido inteligente, pero las preguntas religiosas que le plantea Spielberg al espectador en El día de la revelación tienen la profundidad de un folio y se responden rápido: la existencia de alienígenas no pone en duda la existencia de Dios. ¿Por qué debería hacerlo? ¿Es que los alienígenas son autocreados? ¿Han creado ellos el universo?
10. El contexto de la historia (el inminente estallido de la III Guerra Mundial) es sólo ruido de fondo. Ni importa, ni tiene influencia alguna en la trama, ni el espectador lo siente nunca como una amenaza real.
Spielberg, en fin, ha olvidado que el escepticismo, que en los años sesenta del siglo pasado implicaba creer en la existencia de los marcianos y en la posibilidad de que el gobierno estuviera ocultando su existencia a los ciudadanos, consiste hoy en saber que el gobierno sería capaz de inventarse la existencia de los marcianos para poder seguir robando a manos llenas.
Dudo por ejemplo que Víctor Núñez y Ana Zarzalejos, que son generación Z, además de católicos, vean El día de la revelación con otra actitud que no sea la condescendencia. El mundo de Spielberg les debe de caer tan lejos como el imperio romano.
Y eso es, precisamente, lo que no ha entendido Spielberg.
Que las corporaciones siniestras contra las que se rebelaban los personajes de sus películas del siglo XX… son él.
Que la televisión y los periodistas mienten.
Que la democracia es un trampantojo.
Que el ateísmo es sólo una religión más.
Que la ciencia es homeopatía para materialistas.
Y que el único marciano que existe hoy en día es el que sigue votando al PSOE. Para ese crédulo conspiranoico sí que no pasan los años.