Javier Bardem

Javier Bardem Reuters

Columnas LA CAMPANA

Bardem el oportunista dice que eres "un machista"

Si hay una lección que tendríamos que haber aprendido en esta etapa delirante es que los que se aúpan a los podios morales suelen ser los más chungos. De momento, ahí tenemos a Javier Bardem.

Publicada

"Vengo de un país muy machista que se llama España".

Así hablaba Javier Bardem al llegar a Cannes, como si fuera embajador de una tribu exótica del Amazonas.

A continuación, el actor dio una clase de geopolítica y explicó que los problemas actuales derivan de la "masculinidad tóxica", en concreto la de Trump y Netanyahu. "Masculinidad tóxica" no quiere decir mucho, pero "persona que habla de masculinidad tóxica en 2026" es un calificativo bastante revelador.

En los ratos libres que le deja su lucha contra el machismo, Bardem ha tomado partido por los gazatíes, y ahora se queja de que el mundo del cine no se implique más en el asunto.

Hay que arriesgarse, dice, mientras él toma partido por la causa gubernamental y por la corriente en la que nada tranquilamente.

Es imposible dejar de señalar una perplejidad. La supuesta preocupación por Gaza convive con una indiferencia absoluta ante el sufrimiento de los cristianos en Nigeria o el hambre en Sudán.

"Mirad el genocidio", dicen los que no alzaron una ceja ante las matanzas de Bucha o el propio 7-O. Los que permanecieron impasibles ante un genocidio real bastante reciente, el que el dictador sirio Bashar al-Ásad practicó sobre su propio pueblo.

Esta incoherencia permite eliminar la hipótesis de que los que manifiestan preocupación por los gazatíes sean más sensibles que el resto, excepto en lo que se refiere a las exigencias de la moda social. Bardem ya ha tenido ocasión de demostrar la volatilidad de sus preocupaciones: fue un incansable defensor de los saharauis hasta que el momento en que ya no había defender a los saharauis.

'Manía', de Lionel Shriver.

'Manía', de Lionel Shriver.

Lionel Shriver describe en su novela Manía una distopía. Una sociedad por la que se ha propagado una ideología igualitaria bastante chiflada, la "paridad mental", que prohíbe cualquier referencia a diferencias en capacidad intelectual. Los exámenes quedan proscritos, la meritocracia abolida, y la palabra "tonto" se convierte en tabú.

Transcurrido un tiempo suficiente, la calidad se resiente: los médicos que han avanzado en su carrera sin necesidad de estudiar son incapaces de curar a sus pacientes, y a los ingenieros se les caen los aviones.

Como es natural, la igualdad maniática sólo puede imponerse aboliendo la libertad, empezando por la de pensamiento y expresión. Y cuando los estúpidos, los holgazanes, y los indolentes acceden de repente a un poder que sus limitaciones les habían negado, pasan inmediatamente a abusar de él.

Es natural: cuando uno accede a un privilegio, lo convierte en un derecho natural. El dueño de una plantación en Georgia era también perfectamente capaz de racionalizar la esclavitud.

La concurrencia de estos dos factores hace que surja inmediatamente una Inquisición dedicada a vigilar los comportamientos que se desvían del dogma igualitario. Es una Inquisición quejumbrosa que discrimina en presente alegando discriminaciones pasadas debidas a la injusta meritocracia; transcurrido el tiempo, quienes las alegan jamás las sufrieron.

Esta distopía es perturbadora porque, como las de Black Mirror, está a la vuelta de la esquina. Las chaladuras de la "paridad mental" son inquietantemente parecidas a los planteamientos woke.

Por supuesto, la mayoría de la sociedad se pliega al dictamen de la mayoría (o de la aparente mayoría) por muy desquiciada que sea la ideología que ha contaminado la sociedad. Hay una minoría heroica que lucha contra el tsunami, y en la mayoría de los casos se ahogará en él.

Javier Bardem, en la gala de los Premios Emmy.

Javier Bardem, en la gala de los Premios Emmy. EFE

Al final, en la novela de Shriver, se produce un pendulazo, y el cociente intelectual acaba imponiéndose incluso para votar: sólo lo harán los que tengan 135 o superior, lo que acaba dejando fuera al 80% de la población. La amiga de la protagonista, una ardiente defensora de la paridad, pasa inmediatamente a defender, con el mismo fervor, el cociente intelectual. Es una triunfadora, como Bardem.

Porque adaptarse rápidamente a los movimientos de la masa proporciona una ventaja evolutiva, mientras que la honestidad es una pesada carga.

Bardem es un oportunista que viaja siempre provisto de un podio moral al que se sube y desde el que nos regaña. Esto, el exhibicionista de virtud, es un tipo universal: lean La regenta, o El crimen del padre Amaro, y verán que las beatas santurronas de Vetusta y Leiria están ahora en Cannes o en los Goya.

Lo único que ha cambiado es que ahora los dispensadores de certificados de bondad no están en la iglesia, sino en los partidos de izquierda.

No, España no es "un país muy machista", y resulta muy molesto para un español ser insultado a mayor gloria de un actor. Lo de la "masculinidad tóxica" es, con frecuencia, una vileza que sirve para revictimizar a los hombres que lo están pasando mal: ellos se suicidan más, pero es porque son imbéciles, como nos insinuaba el secretario de estado de Sanidad.

Si hay una lección que tendríamos que haber aprendido en esta etapa delirante es que los que se aúpan a los podios morales suelen ser los más chungos.

De momento, ahí tenemos a Bardem.