Santiago Segura caracterizado como Torrente.

Santiago Segura caracterizado como Torrente.

Columnas SIN SOLTAR AMARRAS

Torrente está arreglando el mundo

Torrente tiene algo de experiencia colectiva, de búsqueda del cachondeo en manada, juerga de grupo, carcajada unánime que estremece a la sala.

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Todavía no he visto Torrente presidente, pero lo haré este fin de semana, o el próximo, o tal vez el siguiente, porque no hay peligro alguno de que retiren la peli de las salas para instalarla en la amazonia de las plataformas de pago.

Como era de prever, Santiago Segura ha reventado la taquilla. Se vendieron en avance 150.000 entradas, como si fuese un concierto de Bad Bunny, y el primer fin de semana la recaudación rozó los 6,9 millones de euros.

Y, de la misma manera que un partido de fútbol que gana tu equipo nunca es un mal partido, una película que conquista al público como lo ha hecho Torrente presidente siempre es una buena película.

El éxito de Segura es bueno para él y para su equipo.

Pero, sobre todo, es bueno para el cine español y, en particular, para las salas, que viven momentos delicados ante la espesa jungla del streaming.

Torrente tiene algo de experiencia colectiva, de búsqueda del cachondeo en manada, juerga de grupo, carcajada unánime que estremece a la sala.

Santiago Segura durante su entrevista con El Cultural por 'Torrente presidente'. Foto: Cristina Villarino

Santiago Segura durante su entrevista con El Cultural por 'Torrente presidente'. Foto: Cristina Villarino

Casi nadie quiere ver al antihéroe que concibió Segura repantigado en el sofá de casa: allí no tiene gracia celebrar los cameos con un alarido, ni suena igual la risa cuando uno se ríe solo.

Así que la gente compra la entrada y se va al cine. Espero que los exhibidores den algún día a Santiago Segura los premios que le cicatea la Academia, porque nadie los merece más.

Poca gente sabe que hay muchas salas de cine en España que están abiertas gracias a Segura y a su productora y fiel escudera María Luisa Gutiérrez.

En verano de 2020, aquel verano apocalíptico en que fuimos a la playa con la mascarilla puesta, los cines estaban tiritando después de los meses de confinamiento y la posterior desescalada, con aforos limitados al 50% y otra serie de exigencias que convertían la asistencia a un espectáculo en una aventura digna de Indiana Jones.

Las productoras se iban directamente a las plataformas.

Un puñado de filmes que se adivinaban taquilleros retrasaron sus estrenos sine die.

Y las salas agonizaban, nadie sabe hasta qué punto.

¿Quién iba a ir a un cine a ver reposiciones? ¿Quién quería salir de casa para disfrutar de una peli ya estrenada?

Y mientras las majors renunciaban a asumir riesgos y se llevaban sus éxitos a Netflix o a Amazon o los metían en el congelador, Santiago Segura anunció que su entrega de Padre no hay más que uno 2: La llegada de la suegra se pondría de largo en los cines, con cola para ingresar, entradas compradas y caja de palomitas.

Fue como un balón de oxígeno. Como una especie de milagro veraniego entre las FFP2 y los test de antígenos y la cobardía de los grandes estudios.

Los cines volvieron a llenarse en aquel verano aciago, y las cuentas pírricas de negocios que se tambaleaban empezaron a cuadrar un poco.

Así que, cuando pases por delante de un cine abierto, piensa que quizá no es una tienda de bolsos o un supermercado gracias al padre de Torrente.

Conviene recordarlo ahora, cuando el personaje más desagradable e icónico del cine español vuelve a tomar la taquilla, y los odiadores profesionales se mueren de rabia ante un éxito que no entienden, quizá porque tampoco entienden otras cosas.

Como dice Torrente, el mundo entero se ha echado a perder. Pero ahí está él, para arreglarlo.