Ebrahim Raisi y Nicolás Maduro en Caracas en junio de 2023.

Ebrahim Raisi y Nicolás Maduro en Caracas en junio de 2023. Reuters

Columnas

De Venezuela a Irán: anatomía comparada de dos dictaduras intervenidas

Entre Caracas y Teherán se formula la misma pregunta: cuánto puede sostenerse un régimen cuando la sociedad pierde el miedo, pero el aparato de poder no pierde la cohesión.

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Durante más de una década he denunciado la naturaleza y los mecanismos de dos regímenes que, aunque geográficamente distantes, comparten una misma arquitectura de poder: Venezuela e Irán.

Tras la muerte del líder supremo iraní Jamenei en una operación coordinada entre Estados Unidos e Israel, la comparación deja de ser teórica.

Las similitudes estructurales son evidentes. Tanto el chavismo como la República Islámica se construyeron alrededor de liderazgos personalistas de origen golpista que derivaron en sistemas cerrados.

En Venezuela, Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro después transformaron el Estado en un dispositivo corrupto de supervivencia política, sostenido por la captura institucional, la cooptación militar y la represión selectiva.

En Irán, la teocracia consolidó un modelo donde el poder religioso absoluto, la subyugación violenta de la población (sobre todo de las mujeres), el aparato de seguridad y la economía quedaron integrados bajo la tutela del líder supremo y la Guardia Revolucionaria.

¿Dictaduras improvisadas? En absoluto. Sistemas de ocupación del poder diseñados para resistir.

Sin embargo, la coyuntura actual introduce una diferencia decisiva.

Partidarios hutíes muestran sus armas y un retrato del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Khamenei, durante una protesta contra los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán.

Partidarios hutíes muestran sus armas y un retrato del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Khamenei, durante una protesta contra los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán. Efe

Irán enfrenta una presión militar externa directa y creíble que Venezuela nunca ha experimentado, ni siquiera en el episodio de la captura y extracción de Maduro el pasado 3 de enero.

Este colosal despliegue estadounidense en la región del Oriente Próximo, en coordinación con Israel y con el respaldo tácito de Arabia Saudí, responde al supuesto temor de que Teherán estuviera a semanas de consolidar capacidad nuclear operativa. La dimensión estratégica del programa atómico iraní convierte la crisis en un asunto de seguridad global.

Venezuela, pese a su deriva autoritaria y su colapso humanitario, nunca cruzó esa línea roja geopolítica.

Este contexto explica también el comportamiento de las grandes potencias. Rusia y China han optado por un silencio calculado respecto a Irán, evitando una implicación frontal que comprometa sus intereses a largo plazo.

En el caso venezolano, en cambio, apostaron desde el inicio por la estabilidad del régimen como inversión estratégica sostenida en el tiempo. Allí no hubo intervención militar externa, sino una prolongación del statu quo autoritario bajo cobertura diplomática y financiera.

Existe además un nexo operativo que conecta ambos escenarios: la convergencia de alianzas autoritarias transnacionales.

El régimen de Cuba ha desempeñado un papel esencial en el sostenimiento del chavismo, aportando asesoramiento en inteligencia, control social y estructuración de los servicios de seguridad. Ese entramado facilitó, durante años, la cooperación con Irán y la penetración de redes vinculadas a Hezbolá en América Latina.

Teherán utilizó esa plataforma para ampliar su influencia hemisférica; Caracas obtuvo respaldo estratégico y tecnológico.

El petróleo venezolano y la logística iraní consolidaron un eje cuya dimensión excede lo bilateral y revela una comunidad de intereses basada en la resistencia al orden liberal internacional.

Tanto en Venezuela como en Irán, la renta petrolera ha sido convertida en instrumento de dominación política, que no financia desarrollo sostenido, sino lealtades: élites militares enriquecidas, redes clientelares y corrupción estructural.

Durante décadas, sectores de la izquierda radical internacional han justificado y se han beneficiado de ambos modelos en nombre del antiimperialismo. El resultado es idéntico: sociedades empobrecidas y concentraciones obscenas de riqueza en manos de quienes capturaron el Estado.

Donde la comparación se vuelve más incómoda es en la intensidad del terror.

Venezuela mantiene presos políticos, prácticas documentadas de tortura y un sistema judicial instrumentalizado. Irán añade la dimensión ejemplarizante de la violencia pública: ejecuciones, castigos exhibidos, represión moral institucionalizada.

El mensaje no es únicamente castigar al disidente, sino disciplinar a la sociedad entera.

No es de extrañar que en ambos países se observe el mismo fenómeno humano cuando el poder se tambalea. El júbilo cauteloso de quienes perciben una grieta. Los pueblos rara vez se equivocan al identificar el desgaste del miedo, lo que suele fallar es la comunidad internacional a la hora de acompañar esa fractura.

La Unión Europea ha oscilado entre la sanción simbólica y el diálogo prudente, sin articular una estrategia unívoca de apoyo a la transición democrática en ninguno de los dos casos.

En Irán, el énfasis en la desescalada y el respeto al derecho internacional, evitando alineamientos automáticos con Washington.

En Venezuela, tras años de presión diplomática, la flexibilización gradual con la esperanza de incentivar aperturas políticas que aún no se han materializado plenamente.

El Gobierno de España es el epítome de la equidistancia. A la vez que condenaba tibiamente la represión en ambos países, nuestro presidente defendía la (probadamente estéril) vía diplomática y condenaba la intervención de EEUU, reivindicando el derecho internacional cuyo cumplimiento nunca antes reivindicó para los venezolanos y los iraníes empobrecidos, perseguidos, encarcelados, torturados o directamente ejecutados.

La opositora iraní Maryam Rajavi.

La opositora iraní Maryam Rajavi.

Hay quien lo llama prudencia o estar "en el lado correcto de la Historia". También puede interpretarse como insuficiencia estratégica o principio de flotación de los intereses propios respecto a regímenes cuya naturaleza no admite ambigüedades prolongadas.

La oposición en el exilio encarna, en ambos casos, la alternativa democrática.

En Venezuela, María Corina Machado ha anunciado que regresará en las próximas semanas para impulsar una transición que institucionalice el cambio y devuelva la soberanía efectiva a los ciudadanos.

En el caso iraní, Maryam Rajavi ha reclamado la formación de un gobierno provisional destinado a "transferir la soberanía al pueblo de Irán" y establecer una república democrática comprometida con un país no nuclear y libre de armas de destrucción masiva, en paz y cooperación con la región.

Dos liderazgos femeninos, dos contextos distintos, pero la misma aspiración de convertir la fractura de un régimen criminal en construcción democrática.

Entre Caracas y Teherán se formula, en última instancia, la misma pregunta: cuánto puede sostenerse un régimen cuando la sociedad pierde el miedo, pero el aparato de poder no pierde la cohesión.

La respuesta no depende sólo de los pueblos o de sus oposiciones. Depende también de la claridad estratégica de quienes, desde fuera, decimos defender la libertad y la democracia.