Una perrita con su cría calcinada huye del fuego en Chandebrito.

Una perrita con su cría calcinada huye del fuego en Chandebrito. EFE / Salvador Sas

Columnas La imagen de la semana

Un perrillo hecho sarmiento

Mariano Gasparet

Entre las miles de fotos tomadas en los incendios forestales en Galicia, Asturias y Castilla-León, la de esta perrita huyendo con su cría carbonizada en las fauces es la que más emociones ha suscitado: los sentimientos son un hecho contable desde que cotizan en las redes por acumulación de corazoncitos y emotis llorones.

¿Pero por qué esta imagen, si hemos visto bosques vueltos del revés, personas llorando sobre haciendas arrasadas, vehículos varados en superficies lunares y caballos indolentes en medio del humo y la ceniza? ¿Por qué este chucho de mil razas huyendo a ninguna parte con un sarmiento cuando hemos conocido que cuatro personas murieron y que agentes cercados por las llamas se despidieron de sus familias y esgrimieron sus armas dispuestos a descerrajarse?

Esta fotografía fue tomada en Chandebrito de Nigrán, Pontevedra. Vemos un camino asfaltado con cemento y grava gruesa, flanqueado por muros de piedra tocados de verdín. Un paisaje anodino surcado por una perra escuchimizada y vieja. Por el autor de la fotografía, Salvador Sas sabemos que regresa del monte quemado y que el tizón que lleva en la boca es el cadáver de su cachorro. Entonces reparamos en los detalles: la cabecita puntiaguda y tostada del perrillo, los cuartos traseros desaparecidos, las fauces apretadas de la madre, sus ojillos fijos, las orejas en punta, el costillar, las caderas esqueléticas, el trote automatizado... “No lo soltaba ni loca”.

¿Cómo es posible que esta fotografía acumule toda la devastación abarcable en 35.000 hectáreas calcinadas cuando el único rastro del fuego son los restos de un perro chamuscado?

La imagen es aterradora y sume en una pena insondable porque retrata el miedo atávico del hombre a perder a su prole y porque ese temor biológico nos hermana con el resto de mamíferos sobre la tierra. También porque estamos ante una tragedia provocada y, por tanto, ante la naturaleza cainita y despiadada del ser humano, culpable por los siglos de suicidarse con ahínco cada vez que alza una quijada o alienta el sufrimiento de un animal sin que medie el hambre.

La fotografía de esa perra que sufre sin saber qué hacer desconsuela sin remedio porque es la de toda la humanidad huyendo de sí misma y de saberse un ser para la muerte.