Increíble, pero cierto. Al final de la entrevista del jueves, en su radio de siempre, Sánchez hizo suyo el argumento que me había dejado ojiplático dos semanas atrás en boca de María Jesús Montero: “El PSOE hace políticas que benefician al 95% de los ciudadanos y no a ese 5% de ciudadanos al que insistentemente, a través de las votaciones, representa el PP”.

Eneas Sánchez.

Eneas Sánchez. Javier Muñoz.

Yo me preguntaba entonces cómo era posible que el PP tuviera mayoría absoluta en Andalucía y me pregunto ahora cómo se explica que en la encuesta que publicamos hoy le saque ocho puntos al PSOE a nivel nacional. Sólo caben dos alternativas: o una mayoría creciente de ciudadanos actúa en contra de sus propios intereses cual “obreros de derechas” de la cuarta revolución industrial o el presidente está completamente confundido en cuanto a lo que beneficia a los españoles.

En realidad, hay una tercera opción: Sánchez no está confundido, pero se lo hace. Aparenta creer algo que sabe que no es verdad para dar coherencia al camino que se ha sentido obligado a emprender tras la debacle andaluza.

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Al final, esto es lo más plausible porque el presidente conoce mejor que nadie la evolución de las encuestas -CIS incluido- y sabe cómo interpretarlas. Lo más grave de todo lo que le pasa al PSOE es que, como indica nuestra encuesta, está a punto de dejar de ser “el partido que más se parece a los españoles”.

En la intención de voto siempre puede haber volatilidad; en el posicionamiento político, no. Esta escala refleja una sedimentación paulatina y constante de la percepción propia y ajena de los ciudadanos, entre el 0 (extrema izquierda) y el 10 (extrema derecha). 

Si las tendencias se mantienen de aquí a mayo, será el PP el que más cerca esté de la sensibilidad media de los españoles cuando se celebren las municipales

Es evidente que las malas compañías en la moción de censura, la investidura y las votaciones del Congreso han ido arrastrando al PSOE un peldaño abajo: del 4 en que lo tenían Zapatero y Rubalcaba al 3 actual. Y también lo es que la ofensiva de Sánchez contra los “intereses oscuros de los señores de los puros” -Groucho Marx no se lo perdonará nunca- ha consolidado esa imagen de radicalización izquierdista de la que ya será eterno rehén.

El problema es que al mismo tiempo se han producido otros dos fenómenos: la progresiva moderación del PP, con Feijóo percibido en el 6,8, y el desplazamiento del conjunto de los españoles desde el centro izquierda al centro casi matemático (4,8). 

Si esas tendencias se mantienen de aquí a mayo, será el PP el que más cerca esté de la sensibilidad media de los españoles cuando se celebren las municipales. Y si eso se plasma en nuevos retrocesos del PSOE, Sánchez tendrá muy pocas posibilidades de ganar las generales y, menos aún, de formar una mayoría de Gobierno.

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Tanto el 31 de agosto de 2020 como el 1 de septiembre de 2021 lo que era bueno para la General Motors era bueno para los Estados Unidos. Y a la recíproca. Por eso Sánchez convocó a Pallete, Ana Botín, Carlos Torres, Fainé, Galán, Bogas, Reynés, Brufau, Florentino Pérez, Entrecanales o Marta Álvarez, amén de a los líderes sindicales, a las dos primeras aperturas de curso de la legislatura.

Aquel encuentro de Casa de América con nuestras grandes multinacionales y los medios de comunicación representaba la continuidad de los intereses del Estado más allá del signo del gobierno y la prioridad de la recuperación económica a través de un crecimiento que sólo puede ser fruto de la colaboración público-privada.

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Ante el riesgo del boicot de los agredidos por su retórica y sus impuestos a la carta, Sánchez ha preferido este año renunciar a esas uvas alegando que son agraces. ¿Acaso las grandes empresas que tanto aportan a nuestro PIB y proyección mundial eran hace dos años de izquierdas?  ¿O el señor presidente ha descubierto que llevaba razón Pablo Iglesias y había que echar a latigazos a los mercaderes del “atrio del poder”? Ni lo uno, ni lo otro.

Tratando de hacer de la necesidad virtud, su equipo ha anunciado un nuevo formato para este lunes, con el presidente conversando “con la gente” en los jardines de la Moncloa. Algo demasiado parecido en su significado a la apertura del palacio de Marivent al público, con la particularidad de que, al necesitar interacción y contenido político, corre el riesgo de devenir en una escena pastoril de una aldea Potemkin. Sólo si los seis ciudadanos que hablarán con el presidente y el medio centenar que hará bulto alrededor hubieran sido elegidos por sorteo entre el censo electoral podría despejarse la suspicacia. Veremos lo que hay.

En todo caso, es lo que exigen las dos partes del guion: fomentar, por un lado, el resentimiento hacia las élites como amortiguador del empobrecimiento colectivo y distracción respecto a la responsabilidad del Gobierno; identificar, por el otro, a Feijóo como el paladín de esos happy few que no sufren ni la escasez de la energía ni el encarecimiento de los precios porque sus cuerpos gloriosos no sudan y el bolsillo no les tirita.

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Llegados a este punto, es hora de desvelar que el principal propósito de esta Carta es dejar constancia de mi admiración por la tenacidad y autodisciplina con que Pedro Sánchez está construyendo este relato pernicioso. Asumiendo incluso, sin mover un músculo, contradicciones tan flagrantes como acceder a un debate con Feijóo sobre política energética y aceptar en el ínterin una de sus principales propuestas -la bajada del IVA del gas-, descartada por imposible sólo veinticuatro horas antes. 

Ha sido la traducción inglesa del último libro del gran divulgador de los clásicos Andrea Marcolongo -desgraciadamente me cuesta mucho leer en italiano- la que me ha abierto los ojos. Se titula, he aquí ya el primer reclamo, The Art of Resilience. The lessons of Aeneas. Y ha sido al tratar de averiguar por qué el héroe de la Eneida le parece a este autor un caso aleccionador en una materia tan sanchista como el arte de la resiliencia, cuando he ido encontrando certeras descripciones de la conducta de nuestro presidente.

“La Eneida -escribe Marcolongo- trata de un ser humano, con todo el duro trabajo que implica serlo; de un ser humano que, a pesar de todas las dificultades, se empeña en una lucha, persevera y se niega a rendirse, corriendo siempre el riesgo de llegar a desparecer, con tal de seguir siendo él”.

En una crisis debemos disimular nuestra angustia. Hay que seguir adelante no porque lo queramos, sino porque no podemos no hacerlo

Y más adelante añade: “El diccionario del Latín proporciona una clara definición de la pietas como ‘sentido del deber’… Para Eneas esto significa tener un propósito. Simplemente obliga al héroe a esforzarse en lo que debe. Eneas hace lo que tiene que hacer como si fuera lo que él quisiera hacer. Erecto, con su cabeza alta y su espalda recta. Esto no significa nada en sí mismo, pero lo es todo cuando se encara una catástrofe”. Así vi yo a Sánchez en el debate del Estado de la Nación.

“Eneas transforma su miedo en valentía calculada, al evitar el mayor riesgo de quien está siendo atacado, que es volverse irracional”, prosigue Marcolongo. “En el campo de batalla -sea real o metafórico- la prioridad es sobrevivir, limitar los daños”.

Todo esto me recuerda, efectivamente, a Sánchez. Pero la analogía es aun mayor  cuando alude a la máscara de quien ejerce el mando, citando el verso 209 del primer libro de La Eneida: “Muestra un rostro de optimismo y suprime su angustia profunda”.

Y añade de su propia cosecha: “Aunque Eneas sufre más intensamente, tiene prohibido que se le note… Es lo propio. En una crisis debemos disimular nuestra angustia. Porque Eneas no está solo… Esa es su lección: hay que seguir adelante no porque lo queramos, sino porque no podemos no hacerlo. Porque debemos asumir la responsabilidad moral sobre la gente que nos rodea… En medio de las ruinas, no debemos ni lloriquear en casa, ni festejarlo fuera… Si Eneas no puede verter el mismo rio de lágrimas que los héroes de Homero, no es porque sufra menos. Es porque sufre más. Pero no puede contarlo”.

¿Acaso no merece comprensión alguien a quien le está pasando eso?

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Lo escribo sin ironía alguna. De todos los presidentes de la democracia Sánchez es con diferencia el que con mayor constancia, tenacidad y habilidad -o sea, con mayor resiliencia- está siendo capaz de poner al mal tiempo buena cara. Y esto es una gran virtud siempre que se ejerza al servicio de un plan adecuado para protegerse de las condiciones atmosféricas. 

Lo malo de esa resiliencia es cuando sirve de cobertura a un proyecto inoperante o dañino. Entonces produce un efecto bumerán, pues la ataraxia del jefe genera en su entorno una falsa confianza de la que luego resulta muy amargo despertar. Algo doblemente grave, cuando el jefe entiende lo suficiente de economía como para saber que el rumbo al que le obliga la aritmética parlamentaria es un inexorable camino de perdición, en el que lo único gestionable son los plazos.

Por eso me fascina y me parece que viene tan a cuento, ese episodio de las aventuras de Eneas en el que Vulcano fabrica para él un escudo en el que queda reflejado el porvenir. En su caso, es la historia de Roma, desde su fundación por Rómulo y Remo hasta la victoria naval de Augusto sobre Antonio y Cleopatra en Actium, la que queda proféticamente grabada.

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El mensaje es que el destino depende de nuestro empuje. Pero como está ocurriendo con la ya estomagante carga gubernamental contra Feijóo, que transfigura a cordiales ministros en voraces caníbales desprovistos de leptina, el escudo puede convertirse también en espejo de la desmesura.

La consecuencia es que el guerrero exagerado termina ensalzando por contraste a quien pretende arrollar: oiga, no nos había dicho usted, que este señor “negacionista”, “trumpista” y “peor que Casado” sólo quiere favorecer al 5% de la gente y resulta que ya van cuatro veces en las que usted, arrastrando los pies, acaba haciendo lo que él proponía… Aquí hay algo que no cuadra.

Ese es -valga la broma- el talón de Aquiles de Eneas. La resiliencia de Sánchez necesita demonizar a Feijóo un día sí y otro también para mantener unida a la tropa y se nota demasiado que los cuernos, el rabo y el tridente que le pone son de atrezzo. Tal vez eso explique que lo que el 51,2% de los españoles crea ver ya reflejado en el escudo de Sánchez sea el nuevo balcón de Génova.