El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
Hay escritores que es mejor no perseguir. Forman parte de nuestra vida desde muy pronto, estarán hasta el final y son tan prolíficos que no conviene obsesionarse con ellos. Nada de ir a por su obra completa. Es mejor dejarse sorprender. Que de pronto te asalte uno de sus libros tirado en una papelera, en la Cuesta de Moyano o en un mercadillo benéfico.
Me pasó el otro día con Umbral. Adquirí con él un compromiso parecido al que firmé con Camba, Ruano y un puñado de poetas. Si sobresale su nombre y no lo tengo, lo compro… aunque quizá nunca vaya a leerlo.
Con Umbral y su soniquete barroco, además, debe tenerse mucho cuidado. Es como la heroína. Escribió Antonio Lucas en feliz frase que Umbral es una piscina en la que hay que bañarse, pero sobre todo de la que hay que saber secarse.
Hacía muchísimo que no lo veía, a Umbral, y de pronto, allí estaba, con un libro que no había visto jamás. Un libro muy nuevo, de estética moderna, que pasaría por publicado hace un par de años. ¡Y con la cubierta roja! Embestí.
“El socialista sentimental” estaba ahí esperando a que alguien se lo colgase a Sánchez de esa percha tan buena que tiene.
Nunca he entendido bien a quienes dicen que Sánchez es un presidente frío, un témpano de hielo, el Björn Borg de la política. De entre todos sus predecesores, ni siquiera Zapatero lo embadurnó tanto todo con sentimientos.
Recordemos que uno de los hitos del sanchismo es un presidente retirado a meditar cinco días tras publicar una carta de amor a su mujer. Mientras tanto, nacían unas cloacas que escribían una carta de cianuro a los jueces. Firmado, Leire.
Quien suceda a Sánchez, si es que alguien lo consigue esta vez, tendrá como misión principal devolver la política al aburrimiento, a la gestión de los recursos públicos. No hace falta que sean del Opus, pero sí un poco tecnócratas.
Sánchez, definido por sus enemigos como insensible, es lo más bizcochable de nuestro tiempo. Su muro está construido con miel, canela y algodón de azúcar. Con toda la maquinaria del Estado –con nuestro dinero, por decirlo sin eufemismos– va afrontando los problemas con el cuchillo de Salomón.
Siempre dos categorías, siempre dos tipos de españoles. Y ahí emerge el socialista sentimental. Porque la división que hace entre unos y otros nace de la supuesta bondad, y no del análisis de las propuestas públicas.
El último caso paradigmático: España es una guerra entre inquilinos y propietarios. O votas a favor del Gobierno y, por tanto, eres bondadoso… o eres un buitre que quiere desahuciar a los vulnerables.
No cabe posibilidad alguna de que, afectado en carne propia por la crisis de la vivienda, concibas, por ejemplo, que la medida más urgente pase por liberar suelo para ampliar la oferta, ir acercándola poco a poco a la demanda y, finalmente, reducir los precios de la venta y del alquiler.
El déficit de vivienda en España es de 750.000 pisos –datos del Banco de España– y el año que viene será de un millón. Independientemente del contenido de los decretos, si no se construye con urgencia, nos iremos por el sumidero.
Aquí, antes de seguir con Sánchez, conviene añadir un matiz mirando a la derecha. Si creemos en la separación de poderes en la que no cree Sánchez, el poder legislativo ostenta, vaya sorpresa, la posibilidad de legislar.
Es decir: si PP, Vox y Junts, aparentemente coincidentes en la política de vivienda, tuvieran la verdadera voluntad de paliar la crisis, habrían podido aprobar una ley para hacerlo. Pero su prioridad no es esa, sino que caiga Sánchez. Y eso debe pesar en su currículum.
Fascistas o demócratas, reaccionarios o progresistas, feministas o machistas, ecologistas o negacionistas, taurinos o antitaurinos… y ahora propietarios o inquilinos. Todo explicado sin cifras, sin leyes. Todo explicado desde el peor camino de la política: el que conecta el corazón con el estómago... y el recto.
En todas estas disyuntivas, pese a la ayuda inestimable de Vox y de Ayuso, Sánchez ha ido fracasando a golpe de escándalo. El sanchismo es la combinación de la ausencia de gestión con la ciénaga de la corrupción. No es capaz de presentar Presupuestos mientras Koldo, Ábalos, Leire, Zapatero, Begoña, el hermanísimo…
La mayoría progresista jamás existió. Era una mayoría de izquierdas en extraña alianza con los carlismos independentistas que sobrevivía con una concepción de la política en negativo: nos acostamos con tal de que no gobierne Vox.
Así es imposible gobernar un país –lo escribo en sentido estrictamente aritmético–. Y así es imposible ilusionar a un país.
Sánchez lidera ese emotivismo tan pernicioso que se ha ido adhiriendo a todos los partidos, incluso a un padre Feijóo que venía concibiendo la política como unas oposiciones a notario.
Para escenificar su último chantaje al Parlamento –voten ustedes en tres días lo que yo no he hecho en ocho años–, eligió la palabra “humanidad”. El último estadio del socialista sentimental: ya ni siquiera es fascismo o democracia, sino seres humanos frente a bestias.
Ahora, por primera vez, tiene sobre la mesa motivos para convocar elecciones. Es más: por primera vez coinciden los motivos racionales para convocarlas y los motivos de supervivencia para convocarlas. Se han fundido el deseo de Sánchez y la necesidad de Feijóo.
Los motivos racionales son los deslizados hasta ahora: no tenemos Presupuestos y el Parlamento está en vía muerta. Los motivos de supervivencia tienen que ver con la crisis de la vivienda. Nunca antes Sánchez había dispuesto de una ventana de oportunidad en la que el debate público girara en torno a algo que no fuera su agenda judicial o el abandono de Ceuta.
Las movilizaciones sociales –la izquierda estaba derrotada en ese sentido– tienen fecha de caducidad porque la gente no puede estar sacrificando a su familia, su trabajo y sus amigos todo el tiempo. Hacer política desde la calle es dejar de ingresar dinero.
Si Sánchez no convoca ahora –para el 29 de noviembre o similar–, será por algún factor que desconocemos. Otro escándalo pendiente de salir, novedades en el caso Zapatero, la financiación del PSOE…
Pero ya estamos aquí, ya hemos llegado. Lo hemos hecho como el que se topa con un libro que le apetece, en una mesa de segunda mano, un domingo por la mañana: sin darnos cuenta.
Esta es la última función del socialista sentimental. Y aquí no hay quien viva.