Sánchez y Macron, en un encuentro en Barcelona.

Sánchez y Macron, en un encuentro en Barcelona. Efe

Opinión EL LIBRO DE LA SELVA

La gran cumbre de Macron con todos los partidos desnuda a un Sánchez encerrado que desprecia a la oposición

Macron acaba de convocar en el Elíseo a todos los líderes, desde la extrema izquierda a la extrema derecha, para analizar la crisis geopolítica mundial.

Pedro Sánchez no ha llamado a Feijóo ni se ha reunido formalmente con Vivas desde que se produjo la crisis de Ceuta.

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En el barrio de Chartrons, en Burdeos, hay una calle estrecha que conforma un viaje en el tiempo. Es la fortaleza de las antigüedades. De los cuadros, los libros viejos y las cartas sin remite.

Fundaron Chartrons los mercaderes del siglo XVII y todavía conserva ese aire de arrabal portuario, aunque con la antigüedad como pieza suprema. Entré en un almacén que tenía la forma de la serpiente de “El libro de la selva”. En ese camino sinuoso alumbrado por lámparas de luz amarilla, me di de bruces con un retrato del general De Gaulle.

Era una de esas fotografías oficiales que, siendo el general presidente de la República, se colocaba en las instituciones oficiales. Quise comprarlo y pregunté el precio. Me respondió el chamarilero: “No está a la venta”.

Pensé que era su manera de comenzar una negociación, así que, creyéndome uno de los personajes de “El club Dumas”, le dije: “Todo tiene un precio”. El chamarilero reaccionó con contundencia: “No lo vendo porque no es de mi propiedad. Aquí lo envió el Estado francés y aquí debe estar”.

Pensé en lo que pasaría en un anticuario español con un retrato de Aznar, Zapatero, Sánchez o Rajoy. Quizá pagarían a la gente para que se los llevase. ¿Dónde están los retratos de Juan Carlos I? Suárez se está revalorizando en ese mercado porque hace un par de años compré un póster suyo de la Transición que me costó una pasta.

“No se crea que De Gaulle goza hoy de una gran popularidad. Las cosas están cambiando. Son tiempos… convulsos. Pero no se trata de De Gaulle. Ese es el retrato oficial de un presidente de la República”, añadió.

Me sorprendió, por ser yo español, la firmeza con la que un anticuario del barrio de Chartrons encarnaba de pronto, un día cualquiera de agosto, ajeno a cualquier exhibición pública, el respeto a las instituciones por encima de cualquier cosa.

Lo más importante: por encima de su propio bolsillo. Pongamos que yo hubiera sido un rico obsesionado con De Gaulle. Podría haberse sacado una pasta.

He recordado el cuadro de De Gaulle que no tengo al hilo de dos escenas: la carcajada final de Sánchez cuando le recriminaron que se fuera de vacaciones tras ver con sus propios ojos lo que ocurría en Ceuta y su “eso, a Vivas, pregúntele” cuando se le pidió una opinión sobre los menores desperdigados por las calles.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que la presidencia se haya devaluado de esta forma? ¿Un hombre puede arruinar el prestigio de una institución de manera irreparable?

Y lo más importante, donde empieza todo: ¿somos conscientes de que Sánchez, antes que hundirse a sí mismo a través del ensimismamiento, antes que hundir a su partido a través de la verticalidad, está hundiendo la presidencia del Gobierno?

En Ceuta se produjo, ateniéndonos al Sánchez de hace unas semanas, “una agresión a la integridad territorial de España”. No había ocurrido algo así –una avalancha de 80.000 personas– en Democracia. De ahí que el presidente Vivas colocara el suceso a la altura del 23-F y del golpe de 2017 en Cataluña.

En ese contexto, con la ciudad autónoma sumida en una galopante crisis económica y de seguridad, el presidente del Gobierno no ha llamado al jefe de la oposición y no se ha reunido formalmente con Vivas para buscar soluciones conjuntas.

El Gobierno podrá decir que el PP sueña con que esta crisis tumbe a Sánchez. Y es cierto. Pero en este asunto no se puede caer en la equidistancia. Vivas llamó a Sánchez –lo reveló en este periódico y Moncloa lo ha reconocido– tres días antes de la avalancha y no se le puso al teléfono. Le devolvió la llamada Diego Rubio, el jefe de gabinete de la Presidencia, que le dijo que iba a hablar con los ministerios implicados.

Esa fue la previa de la invasión.

Después, Sánchez se fue a La Mareta y Diego Rubio a Japón. Durante una “agresión a la integridad territorial de España”, la institución de la Presidencia estuvo representada en Canarias y en Japón.

Vuelvo a mirar a Francia porque este viernes se produjo en París un encuentro que, como el anticuario del barrio de Chartrons, ha desnudado a Pedro Sánchez como para hacer de él una portada de la vieja Interviú.

Es un poco paleto creer que en Francia las cosas van siempre mejor. No es cierto y, además, esa es una de las razones que hacen que algunos franceses nos miren por encima del hombro. Pero es que, cuando se trata de la República, allí no hay miramientos.

Como decía, este viernes a eso de las 10:30 de la mañana, el presidente Macron recibió en el Elíseo a los líderes de todos los partidos políticos. Desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha pasando por el Partido Socialista y los Republicanos.

Para garantizar la representación, Macron tuvo la deferencia de dejar en manos de cada partido la representación: podían concurrir el candidato a las presidenciales o el jefe orgánico del partido.

El objetivo del cónclave: dialogar acerca de las consecuencias económicas y de seguridad que tienen para Francia los grandes acontecimientos geopolíticos. Algunos representantes más: altos cargos militares y de Inteligencia.

Ni uno solo de los partidos se planteó decir “no” a la reunión. No pretendo convertir el cónclave en una especie de Transición española. De hecho, los rivales más extremistas de Macron aprovecharon para cargar contra él con durísimas palabras tanto antes como después.

Pero fueron a esa reunión no porque se lo pidiera Macron, sino porque se lo pedía la República.

Macron, como Sánchez, también se ha amarrado al cargo pese a tener bloqueado el país. Es cierto que, al contrario que Sánchez, lo ha hecho para blindar a Francia de los extremos.

Sin embargo, hay formas y formas de morir políticamente. Macron no va a poder presentarse a las elecciones presidenciales del año que viene por agotamiento de mandatos.

Y encuentro en una crónica de Le Monde este párrafo con el que un miembro del equipo de Macron explica el motivo de la reunión: “El presidente de la República ha tomado esta decisión porque, al no poder presentarse a las próximas elecciones, considera lógico que todos los partidos dispongan de la misma información que él sobre los temas sustanciales”.

Es también importante el escenario. El "formato Saint Denis". La rimbombancia, el protocolo. Es una manera de decir a los franceses y al mundo: "Las cosas no van bien. Vivimos tiempos recios. Pero la República está aquí".

Macron viene a España en visita oficial el 29 de septiembre. Sería un buen tema de conversación entre los dos: la manera de comprender las instituciones.

La manida colonización de lo público tiene una consecuencia directa, además del llamado “capitalismo de amiguetes”: el Estado se enroca sobre sí mismo, es tomado por unos pocos y su funcionamiento deja de ser el de algo que se deja en herencia para convertirse en algo que se posee.

La guerra de Ucrania, los distintos desafíos soberanistas, la relación con China, la posición en Israel, la diplomacia con Marruecos… de todos esos asuntos sólo sabe Sánchez. Los capea al mismo tiempo que trata de sobrevivir al galope de la corrupción.

El pasado mes de junio, se estrenó en Francia una súper producción sobre De Gaulle, dividida en dos películas. Paralelamente, en España, en Radio Nacional, acaba de emitirse un “Documentos” centrado en la figura del general.

Y en el barrio de Chartrons, continuará, quién sabe, colgado por los siglos de los siglos, aquel retrato. Sánchez no es el jefe del Estado, sino el primer ministro. Pero, ¿qué haría un español que se topara con un retrato suyo dentro de veinte o treinta años?

Cuando supimos por su entonces ministro Máximo Huerta que Sánchez se preguntaba a sí mismo cómo pasaría a la Historia, nos pareció una broma. Hoy, la respuesta a esa pregunta es pertinente y nace del polvorín de Ceuta.