Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

Opinión Vísperas del 36

Lhardy

(22 de noviembre de 1935, viernes)

22 noviembre, 2015 03:04

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Resumen de lo publicado. -Josep Pla sigue tratando de indagar en el escándalo del estraperlo. Para ello, vuelve a entrevistar al señor Cambó, con quien se reúne en un salón oriental.

- Estamos en el mejor restaurante de Madrid, pero ya sabe usted, señor Pla, que eso no quiere decir mucho. Alejandro Dumas, cuando visitó el país, observó que en Italia, donde se comía, según él, medianamente, los mejores cocineros eran franceses; y que en Madrid, donde no se sabe comer, los mejores cocineros son italianos. La cocina castellana tuvo siempre algo de rudimentario, de apresurado, de a medio hacer, que debió de tener su sentido durante la Reconquista, cuando las zonas repobladas eran como campamentos militares, pero que ha perdido su razón de ser desde entonces.

- ¿Dumas no sabía que Lhardy era francés? 

- ¿No le decían el negligé? Por algo sería.

Josep Pla volvió a asentir. Cambó había insistido en invitarle a comer y tenían mesa en un rincón del famoso salón Japonés. Allí solía venir, en su tiempo, Isabel II, y allí se habían fraguado muchas de las conspiraciones políticas capitalinas. A su alrededor, dos espejos con cañas de oro y el farolillo con borlas que iluminaba la pequeña sala daban la nota exótica que acentuaba el papel bordado de origen asiático de la pared. El prestigioso restaurante se había unido a la moda orientalizante que asuelaba España desde finales del siglo pasado. Hasta en palacio y en muchas casas de la aristocracia proliferaban, en los últimos treinta años, los saloncitos japoneses.

- Como sé que lo que tiene que ver con la gastronomía le interesa, le voy a contar una anécdota barcelonesa de don Emilio Lhardy, el fundador de esta casa. Resulta que, hallándose en Barcelona, quiso el Ayuntamiento agasajar con un banquete a los oficiales de los buques de guerra del puerto. El almuerzo debía celebrarse al día siguiente y, con tan poco tiempo, don Emilio se vio en la necesidad de adquirir urgentemente veinte pavos. Para ganar unas horas, exigió al vendedor que se los entregara pelados. Este cumplió el trato y se presentó con la mercancía. Los pavos estaban, pero si bien no tenían ni una sola pluma, seguían vivos, ¿se da cuenta? El bueno de don Emilio pagó el precio estipulado y celebró la treta del catalán, quien también sabía apreciar admirablemente el valor del tiempo y del trabajo…

 Pla celebró la anécdota con una amplia sonrisa y Francesc Cambó la coronó con un trago al Marqués de Murrieta que les habían traído, junto con unos canapés, mientras esperaban los entrantes. La mesa estaba por estrenar, inmaculadamente blanco el mantel, brillantes los platos de porcelana. Por una ventana próxima, con la cortina descorrida, se podía ver la callecita trasera donde estaba la conocida panadería La Fama. Cambó también la ojeó y mientras paladeaba su vino volvió sobre el tema que le interesaba. 

- ¿Qué me puede contar? –Se le escapó un tic en el cuello.

- Que sus sospechas estaban fundadas. Lo he confirmado con varias personas, entre ellos el conde de Romanones. Al parecer el señor Strauss tuvo tratos con cierto señor Guzmán, compatriota suyo, un literato y exiliado en Madrid al que llaman el Generalito, con quien Azaña mantiene una comunicación fluida. El treinta de junio de este pasado verano le escribió lo siguiente –leyó lo anotado en su libreta- “me permito escribir estas letras para conseguir su dirección en España (se refiere a Azaña), pues le interesará muchísimo. Se trata de las gestiones hechas por el actual Gobierno respecto a la concesión que me dieron para el juego en San Sebastián y Mallorca. El asunto es de suma importancia, sobre todo para Azaña, y por lo mismo quisiera ponerme de acuerdo con usted. Suplícole me mande su dirección y le comunicaré todo….”. Guzmán contestó, el quince de julio, desde San Sebastián, donde se hallaba comprobando la denuncia. Textualmente dice: “mucho interés político tiene, en verdad, el asunto que me propone y nosotros lo acogeremos desde luego a condición de cuidar a nuestro arbitrio la elección del momento en que sea oportuno hacer uso de la información. Si usted está de acuerdo con esto, fijaremos enseguida los detalles de la entrevista…”. Esta información agitó los medios republicanos durante el verano y Azaña, que ya tenía noticia de algún otro arreglo del señor Lerroux, al que trata ante sus íntimos de filibustero, no hizo nada por desmentirla. En definitiva, mientras estaba de viaje en Bruselas este verano, coincidió con Prieto y Strauss, y entre los tres urdieron el plan para sacar el escándalo en el momento más conveniente…

- Han medido bien los tiempos. ¿Sabemos, ahora, si habrá una segunda parte del asunto? 

- Se rumorea en los periódicos que puede haberla, pero no he podido saber nada a ciencia cierta.

- ¡Qué país! –Cambó suspiró-. La Tercera República francesa ha sufrido escándalos mayores, Stavinsky, Dreyfus, y ninguno dio al traste con las instituciones. Aquí un escándalo de pacotilla, como bien dice Romanones, poco menos que ha hundido definitivamente la República… No es que le tengamos demasiado aprecio, pero en fin. Mi idea, de todas maneras, y por eso quería verle, era que escribiera usted un libro.

 - ¿Un libro sobre el escándalo? 

- Algo que acabe definitivamente con el señor Lerroux.

- Lo siento, señor Cambó –dijo Pla, tras pensarlo. Sacó del bolsillo de su americana su bolsita de tabaco–. Yo he podido escribir sobre usted un libro pero porque era constructivo… La gente como usted y yo, y en general los catalanes, somos constructores, no destructores. No merece la pena hacer leña del árbol caído y yo, por lo menos, no voy a dedicar mi tiempo a ocuparme de un hombre que es ya lo más parecido a un cadáver político que conozco –dijo, liando un cigarrillo.

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