Adolfo Suárez, ya como diputado, en el Congreso de los Diputados. Efe
En busca de los papeles perdidos de Suárez para entender el lado oscuro de Sánchez
Por un momento pensé que era posible encontrar aquellos papeles de los que muchos hablaban con aliento legendario, como si la verdadera Historia estuviera escrita en alguna parte preparada para asomar la cabeza medio siglo después.
Esos papeles que ahora creo que no existen eran los papeles de Adolfo Suárez.
Me puse en el camino porque era divertido. Endemoniadamente divertido. Nada más. Lo de encontrar algo que pueda alterar el curso de la pequeña Historia casi nunca sucede. Y las veces que sucede ocurre de manera fortuita, cuando no se está buscando verdaderamente nada.
Perseguí los papeles de Suárez porque quería perseguir a Suárez, nuestro político más fascinante, y porque, de manera cada vez más nítida, veía en él el reverso de Pedro Sánchez. Dos personajes enormemente parecidos que, en un momento de su vida, tomaron senderos radicalmente contrarios… con enorme influencia en el devenir del país.
Empiezo a creer que Suárez y Sánchez, tan parecidos al principio y tan distintos en el ejercicio del poder, son los dos presidentes que más han marcado a España.
La misión comenzó porque muchos de los colaboradores de Suárez me decían que, siendo un presidente ágrafo, no se podía descartar que hubiera unos papeles. Algunas notas, puede que confesiones. Era como el periodismo de hoy: la presunción de culpabilidad en lugar de la presunción de inocencia.
Como nadie me decía que no existían, podía seguir jugando a los detectives. Me agarré a eso para pasarlo bien y porque, contractualmente, estaba obligado a escribir un reportaje por los cincuenta años del nombramiento de Suárez como presidente del Gobierno.
Alberto Aza, jefe de su gabinete, me habló de un proyecto curioso y frustrado que puso el epitafio también a mis anhelos de Simenon: junto a José Enrique Serrano –su homólogo con Felipe González–, quiso crear un centro documental con los papeles de todos los presidentes.
El proyecto no fue posible, supongo que porque ya se habían ido resquebrajando los consensos y porque no había papeles de Suárez. Lo sustancial de Calvo-Sotelo está publicado porque era un escritor formidable. Lo de Felipe está en la fundación que lleva su nombre. Lo de Aznar, en Faes. Lo de Zapatero, que pregunten a la UCO. Y Rajoy es un caso aparte.
Los pocos papeles de Suárez se los quedó Eduardo Navarro, uno de sus escritores de discursos, que se los dio a Jorge Trías antes de morir. Navarro hizo con sus papeles y con los de Suárez –que son muy pocos– un libro de recuerdos que publicó Aguilar.
Y ahora, décadas después, Juan Francisco Fuentes, el biógrafo más ecuánime de Suárez, ha publicado una biografía tras consultar esos escasos papeles que, me da la sensación, poco le han aportado. De hecho, cita mucho más los de Eduardo Navarro.
El testimonio más revelador lo escribió J.J Armas Marcelo en este periódico, en la revista El Cultural. Contó que Suárez lo eligió para ser su biógrafo. Se reunían y se reunían, pero cada vez que se arrimaban al 23-F y a su relación con el Rey… Suárez se bloqueaba.
El proyecto naufragó.
Antes o después –resulta difícil cifrarlo–, Suárez intentó otras memorias de la mano de su hija Mariam y de Eduardo Navarro. Hubo incluso un índice y unos materiales recopilados; faltaron las conversaciones con el propio Suárez.
Mariam enfermó y murió. Igual que Amparo. La muerte de su hija y de su esposa le asestaron dos puñaladas en el corazón en los últimos años lúcidos que le quedaron para pensar su legado.
Viendo ese índice, viendo lo que contó Armas Marcelo, se puede alcanzar una conclusión: las memorias de Suárez no habrían sido demasiado interesantes porque no habría pasado siquiera de puntillas por el único misterio de su biografía: la dimisión. Jamás habría dicho una mala palabra del Rey. Sabiendo lo que sabía. Porque el Rey era el sistema. El menos malo de los conocidos.
Este es el misterio dicho de otra manera: su relación con Juan Carlos I en los alrededores del 23 de febrero de 1981. “Suárez sintió que había perdido la confianza del Rey”, es la frase que me repetían sus colaboradores.
Pero todo lo que cabe en esa frase es el enigma que no acabamos de conocer. Javier Cercas llamó “placenta del golpe” a las conspiraciones de aquellos que, sin ir de la mano de Tejero, coquetearon con el general Armada y dieron gasolina a aquellos que consideraban a Suárez en esos momentos el principal enemigo de la democracia.
Luis María Anson, muchos años después, reconoció sin ambages esa conspiración civil en una entrevista con este periódico.
Viendo que el tiempo se me echaba encima, habiendo tachado todas las posibilidades de mi organigrama, llamé a alguien que trabajó mucho con Suárez y me dijo: “¿No te das cuenta? Lo más importante es lo que os pasa a todos; que no encontráis nada sobre él. Suárez fue una estrella fugaz. Levantó su obra sin dejar rastro. Eso es lo que mejor lo define”.
Suárez es algo así como Maradona, Messi y los grandes jugadores de fútbol. Una vez cuelgan las botas, sólo nos queda ver sus vídeos, deleitarnos con lo que hicieron sin saber muy bien cómo lo hicieron.
La historia de Suárez es la más increíble de nuestra Democracia porque un chaval de Cebreros sin cultura y sin padrinos logró cumplir su sueño de ser presidente del Gobierno en una España donde hasta los directores generales tenían padrinos.
Su ascenso en el escalafón estuvo trufado de maniobras geniales, de conspiraciones surrealistas, de un olfato inquebrantable, de una voluntad demoledora.
Sus papeles eran árboles de conceptos, anotaciones sobre textos de los demás. Suárez ha sido, seguro, el presidente más humilde a la hora de reconocer su falta de algunos talentos y de rodearse de gente mucho más brillante que él.
Esa virtud fue al mismo tiempo un complejo del que nunca se libró.
La vida del primer Suárez –el chaval que se hace del Opus, la Falange o lo que sea con tal de ascender– es la vida del primer Sánchez.
Esto me dijo antes de la última campaña electoral un íntimo de Sánchez que ahora aparece en los papeles de la UCO: “Nos hicimos amigos cuando teníamos treinta años. No le conocí otra afición que la política. Todos sus planes estaban encaminados a crecer en la política”.
Y Carlos Westendorp, amigo de los padres de Sánchez que lo acogió cuando fue a trabajar a Nueva York, tampoco supo contarme nada de las ideas del hoy presidente. Me contó que le hacía preguntas sobre las interioridades del poder.
Estos dos testimonios son muy parecidos a los que recoge Carlos Abella en su biografía de Suárez. Son prácticamente intercambiables.
La grandeza de Suárez llegó con su conversión. Progresivamente, en sus frecuentes ensimismamientos dentro de La Moncloa, comprendió que la libertad colectiva era un bien supremo y que su figura era una nota al pie de ella.
Nada había más importante que la libertad colectiva consagrada en una Constitución. De ahí nació esa obsesión casi orgásmica de hacer cosas imposibles junto a los distintos. El Suárez más brillante era el jugador de casino que disfrutó una barbaridad conspirando con los comunistas y los socialistas para firmar primero los Pactos de la Moncloa y la Constitución después.
Por eso, cuando percibió que su presidencia ponía en riesgo la convivencia, ¡siendo los factores más importantes de esa inestabilidad ajenos a su obra política!, decidió dimitir. No hubo manera de convencerlo.
El hombre que había dado todo para llegar hasta allí sin importarle demasiado lo que tuviera que hacer entregaba lo más preciado para proteger algo que ni siquiera existía cuando él alumbraba sus sueños de poder: la libertad.
Sabiendo que no era presidente, que era un dimitido, se puso en pie para enfrentarse a los militares el 23 de febrero. Y, como me contó Miguel Doménech, el cuñado de Calvo-Sotelo, Suárez rechazó muy enfadado años después la propuesta de unos estrategas extranjeros: utilizar esas imágenes como lanzamiento de campaña del CDS.
Los ratos de ensimismamiento de Sánchez en Moncloa han dado paso a un personaje infinitamente peor que el de joven escalador. A Máximo Huerta le preguntó retóricamente en su despacho: “¿Cómo pasaré a la Historia?”. Como si la Historia estuviese subordinada a él.
Sánchez y Suárez levantaron en sus presidencias dos montañas de enorme proporción, pero de colores, olores y paisajes muy diferentes. Dos montañas entre las que media un abismo.
Arrancaron el coche en dirección al casino de la fortuna buscando el mismo lugar, pero acabaron conduciendo en dirección contraria.