Los yakuza muestran sus tatuajes durante el festival de Sanja Matsuri

Los yakuza muestran sus tatuajes durante el festival de Sanja Matsuri elmimmo/Flickr

Asia

El ocaso de los yakuza: la mafia japonesa ha perdido el 75% de sus miembros en 25 años y abandona su cultura tradicional

Las autoridades alertan del auge de nuevas redes criminales anónimas que están transformando el mapa del crimen organizado japonés

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Tokio
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Las claves

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La yakuza japonesa ha perdido el 75% de sus miembros en 25 años, pasando de más de 80.000 integrantes a apenas 17.600.

Factores como el endurecimiento legal, el envejecimiento de sus miembros y la exclusión social han debilitado a la organización y dificultado su reclutamiento.

La desaparición de la yakuza ha dejado vacíos en ciertos entornos donde ejercía influencia informal y mediación social.

Nuevas redes criminales, conocidas como tokuryu, han surgido con estructuras flexibles y operaciones anónimas, desplazando al modelo tradicional de la yakuza.

La yakuza japonesa atraviesa su momento más débil desde que existen registros modernos. Según los últimos datos de la Agencia Nacional de Policía, las organizaciones criminales del país contaban en 2025 con apenas 17.600 integrantes, menos de una cuarta parte de los más de 80.000 miembros que llegaron a sumar a finales de la década de 2000.

En apenas dos décadas, el descenso ha sido constante y sostenido, hasta situar a la histórica mafia japonesa en un punto de mínima influencia que amenaza su propia supervivencia como actor central del crimen organizado en el país.

El declive responde a una combinación de factores que ha terminado por erosionar los pilares tradicionales de estas organizaciones. El envejecimiento de sus integrantes, la expansión de las ordenanzas que penalizan cualquier relación comercial con grupos criminales y el endurecimiento de la legislación contra el crimen organizado han reducido drásticamente su capacidad de reclutamiento, financiación e influencia social.

Lo que durante décadas fue una presencia visible y tolerada en determinados sectores de la sociedad japonesa se ha convertido progresivamente en una estructura cada vez más aislada y envejecida.

El descenso no responde a un único factor, sino a la acumulación de cambios estructurales que han alterado el ecosistema en el que operaban estas organizaciones. Durante décadas, la yakuza funcionó en Japón como una forma de criminalidad parcialmente integrada en ciertos márgenes de tolerancia social y económica.

Sin embargo, la expansión progresiva de las denominadas ordenanzas de exclusión ha reducido de forma significativa su capacidad de operar en el ámbito legal, limitando su acceso a cuentas bancarias, contratos, viviendas o relaciones comerciales básicas.

A este endurecimiento normativo se suma un elemento demográfico que resulta determinante. El envejecimiento de sus integrantes y la dificultad creciente para incorporar nuevas generaciones han erosionado la base organizativa de los clanes tradicionales.

La combinación de presión policial sostenida, restricciones administrativas y pérdida de atractivo social ha provocado que la pertenencia a estos grupos deje de ser una vía de integración para sectores marginales, acelerando un declive que ya no es coyuntural, sino estructural.

Los yakuza muestran sus tatuajes durante el festival de Sanja Matsuri

Los yakuza muestran sus tatuajes durante el festival de Sanja Matsuri nihonkara.fr/Flickr

El retroceso de la yakuza no solo ha alterado el equilibrio del crimen organizado en Japón, sino que también ha dejado vacíos en determinados espacios sociales donde estas organizaciones ejercían una influencia informal.

En algunas zonas, especialmente en contextos urbanos vulnerables, la presencia de estos grupos funcionaba como una forma de orden paralelo, con códigos propios que regulaban conflictos menores, mediaban en disputas o incluso estructuraban ciertas actividades económicas informales.

Esa ambivalencia histórica explica que la desaparición progresiva de la yakuza no haya sido percibida de forma unívoca dentro de la sociedad japonesa. Junto a su dimensión criminal, algunos episodios han consolidado una imagen más compleja, en la que estos grupos llegaron a desempeñar un papel puntual en situaciones de crisis.

Su capacidad de movilización rápida y su estructura jerárquica permitieron, en determinados momentos, respuestas inmediatas ante emergencias en las que la maquinaria institucional todavía no había llegado a desplegarse.

Uno de los ejemplos más citados se remonta a grandes catástrofes naturales, como terremotos o tifones, en los que miembros de la yakuza participaron en tareas de distribución de suministros básicos, retirada de escombros o apoyo logístico en fases iniciales de la emergencia.

Aunque estas actuaciones no pueden interpretarse como una función humanitaria en sentido estricto, sí reflejan el grado de inserción territorial que llegaron a tener en ciertos contextos, antes de que el endurecimiento legal y la transformación social redujeran de forma drástica su margen de actuación.

Sin embargo, ese espacio que deja la yakuza no ha desaparecido, sino que se ha reconfigurado bajo formas mucho menos visibles y más difíciles de rastrear. Las autoridades japonesas alertan de la expansión de los denominados tokuryu, redes criminales fluidas, sin jerarquías claras ni estructuras estables, que operan de forma fragmentada y en muchos casos coordinada únicamente a través de canales digitales.

A diferencia de la yakuza tradicional, estos grupos no buscan control territorial ni reconocimiento social, sino eficacia operativa y anonimato.

Este cambio supone una transformación profunda del propio modelo de criminalidad en Japón. Si la yakuza representaba una forma de crimen organizado con códigos internos, estructuras jerárquicas y cierto grado de visibilidad social, los tokuryu encarnan lo contrario: organizaciones efímeras, deslocalizadas y adaptativas, capaces de reconfigurarse rápidamente en función de las oportunidades delictivas.

Su crecimiento se ha vinculado especialmente a delitos como el fraude, el tráfico de estupefacientes o las estafas digitales, ámbitos en los que la estructura clásica de la yakuza resulta menos eficiente.

El yakuza Shigeharu Shirai, de 72 años, fue identificado por sus tatuajes en Tailandia.

El yakuza Shigeharu Shirai, de 72 años, fue identificado por sus tatuajes en Tailandia. Reuters

Las cifras más recientes apuntan a esta mutación con claridad. Mientras los grupos tradicionales continúan perdiendo miembros y capacidad de influencia, las detenciones vinculadas a redes tokuryu han aumentado de forma significativa en el último año.

Para las fuerzas de seguridad japonesas, el desafío ya no es únicamente el declive de la mafia histórica, sino la dificultad creciente para identificar y desarticular un ecosistema criminal que ya no depende de organizaciones fijas, sino de conexiones temporales y altamente variables.

En ese sentido, más que una desaparición abrupta, lo que se observa es una transformación del propio ecosistema criminal japonés. La yakuza no desaparece de un día para otro, sino que pierde centralidad, se relega y, en cierto modo, "se jubila" como forma dominante de crimen organizado.

El resultado es la consolidación de una criminalidad del siglo XXI que responde a lógicas muy diferentes. Esta nueva generación de redes criminales opera sin la necesidad de estructuras estables ni de arraigo territorial. La visibilidad que durante décadas caracterizó a la yakuza se diluye ahora en un entramado de relaciones efímeras y difícilmente trazables.

Lo que se viene perfilando, en última instancia, no es una ruptura súbita del orden criminal, sino su reconfiguración progresiva bajo parámetros menos visibles y más pragmáticos. Inmortalizada por el cine de Takeshi Kitano, la yakuza de las lealtades feudales y la violencia ritual pertenece ya a la historia.

El verdadero desafío para el Japón del siglo XXI no es el final de sus viejos padrinos, sino la aparición de una criminalidad sin jerarquías, sin rostro y sin centro de gravedad, mucho más difícil de identificar que la que la precedió.