George Conway.

George Conway. Universidad de Princeton

EEUU

Conway, el republicano que dijo 'basta' a Trump y perdió su partido, su fortuna y a su mujer por oponerse a él

En la primera administración Trump, el abogado George Conway siempre se mantuvo tras su esposa Kellyanne, arquitecta del 'trumpismo'. Ahora, desde el bando demócrata, se enfrenta a ambos.

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Las claves

Las claves

George Conway, abogado conservador, se volvió uno de los críticos más visibles de Donald Trump tras años de pertenecer al núcleo legal republicano.

Su oposición pública a Trump le costó su partido, parte de su entorno profesional y su matrimonio con Kellyanne Conway, exasesora clave de Trump.

Conway se unió al movimiento 'Never Trump', ayudó a fundar el Lincoln Project y ahora se presenta como candidato demócrata en Manhattan.

Aunque intenta abordar otros temas, su figura sigue marcada por su enfrentamiento con Trump, lo que condiciona su campaña y proyección política.

Durante años, George Conway no copó titulares. Abogado de élite, conservador clásico y discreto, había ayudado a llevar a los tribunales a un presidente —Bill Clinton y construido una carrera en el corazón del poder legal republicano.

En 2016, mientras su mujer Kellyanne Conway se convertía en una de las arquitectas del triunfo de Donald Trump, él ocupaba el lugar opuesto: unos pasos por detrás, apartándose cuando aparecían las cámaras.

Ese mismo hombre estuvo a punto de convertirse en uno de los abogados clave de la Administración Trump en el Departamento de Justicia, con un papel central en la defensa legal de las decisiones del presidente.

Diez años después, su nombre está en el lado contrario. Es uno de sus críticos más persistentes, un polemista constante y, ahora, un candidato demócrata en Manhattan.

En el trayecto se ha quedado sin partido, sin buena parte de su antiguo mundo profesional -y personal- y sin matrimonio. A cambio, ha ganado visibilidad, influencia y un papel indirecto en algunas de las derrotas judiciales más graves de Trump.

Entre ellas, el caso de E. Jean Carroll, en el que un jurado declaró al presidente responsable civilmente de abuso sexual y difamación y que derivó después en indemnizaciones millonarias.

Conway no sostiene que haya cambiado de principios. Sostiene que ha cambiado el lugar desde el que intenta defenderlos. Primero republicano, después independiente y ahora demócrata, se presenta como un conservador institucional expulsado por el trumpismo.

El abogado que quiso corregir al presidente

Antes de la irrupción de Donald Trump, Conway pertenecía al conservadurismo jurídico estadounidense: grandes despachos, litigios complejos y una idea muy clara del poder como algo sometido a límites.

Su llegada rompió ese marco. Las decisiones dejaron de ordenarse alrededor de argumentos y empezaron a girar en torno a impulsos. Lo que para un abogado era ruido —contradicciones, cambios de posición, intuiciones lanzadas en público— se convirtió en una forma de gobierno.

En 2017, Trump tuiteó que el Departamento de Justicia debería haber mantenido su veto migratorio original, contradiciendo la estrategia legal con la que su propio Gobierno trataba de defender la medida en los tribunales.

Conway respondió públicamente: esos tuits no ayudaban a ganar el caso en el Tribunal Supremo. La reacción en Washington fue inmediata.

No era habitual que alguien de ese perfil cuestionara al presidente en público, y menos en términos profesionales. Conway dijo en voz alta lo que muchos dentro de la Administración pensaban: que el propio presidente estaba debilitando la defensa legal de su política.

Ese gesto reveló algo más profundo: con Trump, la influencia no pasaba por informes ni reuniones, sino por televisión, titulares y ruido mediático. Conway entendió pronto que la conversación jurídica tradicional no funcionaba allí.

Su primera reacción, aun así, fue la de un abogado: intentar introducir lógica donde no la había. No funcionó.

Las escenas que lo empujaron fuera

En 2017, en una boda en Washington, Trump se le acerca, le dice que hizo bien al no entrar en el Departamento de Justicia y, casi sin transición, empieza a despotricar de su propio fiscal general.

Conway se ríe después con su esposa. A la mañana siguiente, la escena ya no le parece graciosa: no era una anécdota, era una forma de funcionar.

Meses después, en una cena en casa de Ivanka Trump y Jared Kushner, el presidente llama para preguntar qué opina su hija de una entrevista sobre una supuesta amante. Conway escucha en silencio. Al salir, ya no intenta encajarlo: quiere romper con todo.

A partir de ahí deja de interpretar a Trump y empieza a describirlo. Su cuenta de Twitter, inactiva durante años, se activa.

De los comentarios técnicos pasa a la crítica abierta, empieza a escribir en grandes medios y se convierte en uno de los pocos críticos de Trump con credibilidad dentro del mundo conservador.

Se acerca al movimiento 'Never Trump', un grupo de republicanos que rompieron con el presidente, y participa en la creación del Lincoln Project, una organización que lanza campañas publicitarias agresivas contra él. Acabará tomando distancia tras las polémicas internas del grupo.

Trump responde como suele hacerlo: en lo personal. Lo llama "desequilibrado", "perdedor" y "marido del infierno", incluido algún comentario que Conway ha descrito como racista.

El conflicto escala en 2023, cuando Trump celebra públicamente su divorcio. Conway le responde recordándole las denuncias por agresión sexual en su contra y el proceso judicial que acabó con una condena millonaria.

A partir de ahí, la disputa deja de ser solo política.

Identidad, vacío y candidatura improbable

Durante años, Conway y su exmujer fueron una rareza política: dos relatos opuestos bajo el mismo techo. Él, uno de los críticos conservadores más visibles de Trump; ella, una de sus principales defensoras.

La tensión no se quedó en privado y terminó por convertir su matrimonio en una extensión más de la guerra política. La ruptura cerró una etapa personal, pero no resolvió la pregunta de fondo: qué quedaba de George Conway después de Trump.

Ahora, en 2026, intenta convertir esa identidad en votos. Pero incluso su entrada en campaña demuestra hasta qué punto le cuesta escapar de Trump.

El vídeo con el que se presenta al Congreso por Manhattan no empieza en Nueva York, sino en Washington: abre con las imágenes del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. No se ofrece primero como candidato local, sino como alguien marcado políticamente por aquel día.

Ese es también su problema. Conway aspira a representar un distrito profundamente demócrata de Manhattan, pero su biografía reciente no encaja del todo con esa política de proximidad.

Llega tarde, con menos estructura que otros rivales y después de años viviendo fuera: primero en Nueva Jersey y luego en Washington.

Sus adversarios han visto ahí su talón de Aquiles. Uno ironizó con darle la bienvenida "a la carrera, a la ciudad y al partido". Otra fue más directa: Conway, dijo, es un republicano conservador de toda la vida y "ni siquiera es de aquí".

Él responde con su propia versión del arraigo: llegó a Nueva York en 1998, trabajó durante años en un bufete de Manhattan, sus cuatro hijos nacieron allí y ahora vuelve a estar registrado para votar en el distrito.

Pero la discusión no se reduce a una dirección postal. La pregunta de fondo es otra: si Conway quiere ser el congresista de Manhattan o el abogado nacional contra Trump que ha encontrado en Manhattan una puerta de entrada al Congreso.

Intenta hablar de aborto, desigualdad, inteligencia artificial o vivienda, y proyectarse como un demócrata moderado. Pero todo vuelve a Trump. Esa dependencia es, a la vez, su fuerza y su límite.

A los 62 años, repite que no busca una carrera larga en política ni una segunda vida en Washington. Su argumento es otro: precisamente porque ya tuvo una carrera, una posición y un mundo propio, puede permitirse entrar ahora en el Congreso con una sola misión.

El problema es que esa misión también lo encierra. Las encuestas lo sitúan lejos del liderazgo y algunos analistas dudan de que su candidatura tenga recorrido más allá de la oposición a Trump. Conway quiere convertir una década de enfrentamiento en una identidad política nueva.

Ahí queda la pregunta que atraviesa toda su historia: si tener razón durante tanto tiempo sirve para algo más que para quedarse solo con ella.