Donald Trump a su llegada a la Base Aérea Andrews.

Donald Trump a su llegada a la Base Aérea Andrews. REUTERS/Nathan Howard

EEUU

Trump entra en crisis: retiene a los republicanos acérrimos pero pierde a los moderados que deciden las elecciones

Entre los votantes indecisos, los demócratas aventajan a los republicanos por 49% frente a 32%, una diferencia que basta para inclinar elecciones ajustadas

Más información: EEUU, el país donde se vota sin DNI: por qué el plan de Trump de exigir identificaciones en las elecciones indigna a sus rivales

Denver
Publicada
Las claves

Las claves

Trump mantiene un fuerte apoyo entre los republicanos (85%), pero pierde respaldo entre los votantes independientes, cuyo apoyo ha caído al 25%.

El 62% de los estadounidenses desaprueba la gestión de Trump, especialmente por la percepción negativa sobre su manejo de la economía y la inflación.

La guerra con Irán y el aumento de precios han perjudicado la imagen de Trump, afectando sobre todo a los votantes menos ideologizados.

A pesar del rechazo a Trump, muchos independientes no se alinean automáticamente con los demócratas, lo que genera una mayor fragilidad electoral en los distritos clave.

Trump ha alcanzado el mayor nivel de desaprobación de sus dos mandatos: un 62% de los estadounidenses rechaza su gestión a seis meses de las elecciones de mitad de mandato.

El apoyo del electorado republicano se mantiene sólido al 85%, pero los votantes independientes —los que deciden si sigue gobernando— empiezan a alejarse.

No hay ruptura visible, pero sí un cambio más silencioso: el bloque electoral que lo devolvió a la Casa Blanca pierde la amplitud que lo hacía competitivo.

Ese desplazamiento llega en un momento delicado. La economía ha dejado de ser un activo claro, la guerra con Irán ha añadido presión sobre los precios y los demócratas han recuperado ventaja.

Fuerte en su partido y débil fuera de él

En un sistema bipartidista como el estadounidense, donde la fidelidad política es alta y los bloques apenas se mueven, la victoria electoral se juega fuera de los partidos.

Ahí es donde se concentra el desgaste más relevante: la aprobación de Trump ha caído hasta el 25% entre los votantes independientes, con un retroceso especialmente visible entre aquellos con tendencia republicana, el grupo que le permitió ampliar su base en 2024.

La clave no está tanto en un trasvase directo hacia los demócratas como en un cambio más sutil: en Estados Unidos, los votantes rara vez cambian de partido.

Lo habitual es que dejen de acompañar —dudan, retrasan la decisión o reducen su implicación—. Y ese comportamiento, menos visible pero más determinante, es el que acaba alterando mayorías en los distritos competitivos.

Este patrón no es nuevo. En las elecciones de mitad de mandato de 2018, ese mismo desplazamiento entre los independientes permitió a los demócratas recuperar la Cámara de Representantes con más de 40 escaños, pese a que Trump mantenía una base republicana sólida.

El esquema se repite: estabilidad en los extremos, movimiento en el centro. Ese precedente permite entender la dimensión actual del fenómeno.

Entre los votantes sin identificación clara, los demócratas aventajan a los republicanos por 49% frente a 32%, una diferencia que, sin ser estructural, basta para inclinar elecciones ajustadas.

La economía deja de sostener el poder

El eje del desgaste está en la economía. Donald Trump construyó su regreso político sobre una promesa clara —controlar la inflación y devolver estabilidad al coste de vida— en un momento en el que el bolsillo marcaba el voto.

Sin embargo, su aprobación en materia económica ha caído y el deterioro es más acusado en los indicadores más sensibles: solo un 27% aprueba su gestión de la inflación y un 23% la del coste de vida.

En el contexto estadounidense, donde la economía suele ser el principal criterio de voto, estas cifras no solo miden gestión, sino credibilidad. Ese cambio tiene además una dimensión estructural.

Durante años, el Partido Republicano ha mantenido una ventaja clara en la percepción de competencia económica —lo que en la política estadounidense se denomina issue ownership.

Hoy esa ventaja prácticamente ha desaparecido, dejando al electorado dividido. Para un votante independiente, ese empate equivale a retirar un cheque en blanco.

La presión no es solo interna. La guerra con Irán ha añadido un factor externo que impacta de forma inmediata en esa percepción. El aumento del precio de la energía ha trasladado la política exterior al terreno más sensible para el votante: el gasto cotidiano.

La intervención militar es rechazada por el 66% de los estadounidenses y una mayoría la percibe como un riesgo económico.

Ese cruce entre geopolítica y bolsillo es especialmente relevante en el electorado menos ideologizado. Cuando una decisión se traduce en subida de precios o incertidumbre, el castigo político es rápido.

A ello se suma un factor clave: el electorado no responde a los datos macroeconómicos, sino a su experiencia cotidiana. Y ahí, la sensación dominante sigue siendo de encarecimiento. Sin ir más lejos, el combustible ha superado por primera vez desde 2022 los cuatro dólares por galón.

Del desgaste personal al riesgo electoral

A la economía se suma un deterioro en la percepción personal del presidente que tiene un peso específico en el tipo de electorado que decide elecciones. Las encuestas reflejan dudas crecientes sobre su agudeza mental, su estado de salud y su forma de tomar decisiones.

Más del 70% de los estadounidenses no lo considera honesto y una mayoría tampoco lo percibe como un líder fuerte, una combinación especialmente dañina en un contexto de incertidumbre.

Este tipo de evaluación responde a una lógica distinta de la ideológica. En la política estadounidense, buena parte del voto —especialmente entre independientes— se articula en torno a lo que los analistas denominan valence politics.

No se trata de lo que propone un candidato, sino si parece capaz de gestionar el país. Es un juicio sobre competencia, estabilidad y credibilidad. Y es precisamente en ese terreno donde el desgaste de Trump resulta más visible.

El efecto ya empieza a reflejarse en el equilibrio electoral. Los demócratas aventajan a los republicanos en cinco puntos en la carrera por el Congreso, una diferencia que se amplía a nueve entre los votantes más seguros. Sin embargo, esa ventaja no es suficiente para garantizar un dominio claro.

La razón es que el rechazo a Trump no se traduce automáticamente en apoyo al Partido Demócrata. Una parte relevante del electorado sigue considerándolo demasiado liberal, lo que limita su capacidad de absorber ese descontento.

Ese desajuste define el momento político actual: no hay un trasvase claro de votos, sino un aumento de los ciudadanos que no se alinean con ninguno de los dos partidos. Entre un 27% y un 33% declara no confiar en ninguno de ellos para gestionar cuestiones clave.

La consecuencia no es un cambio inmediato de mayorías, sino una mayor fragilidad electoral. A ello se suma la movilización. Los votantes demócratas muestran más disposición a acudir a las urnas, mientras que dentro del electorado republicano se detecta una brecha entre el núcleo más alineado con Trump y sectores menos activos.

Esa combinación —desafección en el centro y asimetría en la participación— amplifica cualquier pérdida de apoyo en los distritos clave.

En este contexto, Trump no necesita perder a su base para perder poder institucional. Basta con que parte del electorado intermedio deje de acompañarle.