Dylan Contreras rodeado de familiares y activistas.

Dylan Contreras rodeado de familiares y activistas. REUTERS/Brendan McDermid

EEUU

El drama de Dylan, venezolano en Nueva York: de cumplir los requisitos de asilo a desaparecer un año en los centros del ICE

El adolescente acaba de ser liberado sin explicaciones de por qué se le retuvo pese a estar cumpliendo con el protocolo de asilo.

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Denver
Publicada

Las claves

Dylan López Contreras, venezolano de 21 años, fue detenido por el ICE en Nueva York durante una cita para su proceso de asilo, sin explicación clara ni abogado presente.

Pasó casi un año en un centro de detención en Pensilvania, lejos de su familia y sin acceso a clases ni trabajo, enfrentando aislamiento y estrés.

El caso de Dylan se convirtió en símbolo tras la movilización de su madre, organizaciones y el apoyo público del senador Chuck Schumer.

Aunque fue liberado recientemente y regresó a casa, lleva un dispositivo de seguimiento y su situación legal sigue sin resolverse.

Dylan López Contreras tiene 21 años y vive en el Bronx, Nueva York. Es venezolano y llegó a Estados Unidos en 2024 con su familia después de salir de su país en plena crisis migratoria.

Desde entonces intenta reconstruir una vida desde cero. Estudia en la Ellis Preparatory Academy —un instituto público para alumnos que, por edad, no pueden escolarizarse en el sistema americano— y trabaja como repartidor para ayudar económicamente en casa.

Su estatus migratorio es frágil, pendiente de resolución dentro del sistema de asilo. Eso implica una rutina estricta: citas periódicas, comparecencias obligatorias, controles. Ha aprendido que cumplir no es opcional, sino la única forma de avanzar.

Acudir a esas citas formaba parte del proceso para regularizar su situación. Hasta que dejó de serlo.

El 21 de mayo de 2025 acudió a una de esos encuentros en un tribunal de inmigración en Manhattan. No salió de allí. Agentes del ICE lo detuvieron dentro del edificio. Tenía 20 años.

Cumplió la mayoría de edad (21 años) en un centro de detención en Pensilvania, a más de 400 kilómetros de su casa. Esta semana ha vuelto a pisar la calle. Sin una explicación clara. Nunca supo del todo por qué entró. Tampoco por qué ahora ha salido.

El punto en el que pierde protección

Su solicitud de asilo quedó, de repente, desestimada. Sin abogado presente, sin margen real para oponerse y sin comprender del todo las consecuencias, el proceso se cerró de forma abrupta. Fuera del despacho ya había dos agentes del ICE preparados para detenerlo, esposas en mano.

El Gobierno sostuvo que había entrado en el país de forma ilegal. Su defensa, lo contrario: hasta ese momento estaba dentro de un proceso abierto que le permitía permanecer en Estados Unidos. La diferencia no era técnica. Era total. Estar dentro del sistema o quedar a su merced.

Ese mismo día es trasladado fuera de Nueva York. Termina en Moshannon Valley, un centro de detención en una zona rural en medio de la nada.

La distancia no es solo geográfica: complica el acceso a defensa legal, diluye la atención pública y convierte el caso en algo más fácil de gestionar lejos del foco.

Allí, la vida se reduce. Sin clases, sin trabajo, sin continuidad con lo anterior.

En un texto escrito desde dentro del centro, él mismo describía el día a día como "incómodo, estresante y monótono". Reconocía que echaba de menos la comida casera, a sus amigos y, sobre todo, la conexión con el exterior. "Lo más difícil es estar incomunicado".

Fuera, su madre, Raiza Contreras, no descansa. Activa una red de apoyo, consigue asistencia legal y logra sacar el caso del ámbito privado. La historia de su hijo empieza a circular entre organizaciones, abogados y medios.

Y da un salto más.

El senador por Nueva York y líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, interviene públicamente para pedir su liberación. La presión llega hasta Washington. En febrero de este año, Raiza es invitada como acompañante al discurso del Estado de la Unión, una de las citas políticas más visibles del país.

El caso ya no es solo el de un estudiante detenido. Es un símbolo.

Y no fue el único. En los meses siguientes se repitieron detenciones similares de estudiantes migrantes tras acudir a citas obligatorias.

Raiza, madre de Dylan, abraza a su hijo a la salida del centro del ICE en Pennsilvania.

Raiza, madre de Dylan, abraza a su hijo a la salida del centro del ICE en Pennsilvania. REUTERS/Brendan McDermid

Su escuela se solidariza

Un mes después de su detención, la escuela donde estudiaba Dylan celebra su ceremonia de graduación anual. Cincuenta alumnos entran en el auditorio con bandas cruzadas sobre el pecho, cada una con la bandera de su país.

Diecisiete nacionalidades distintas. Venezuela, Colombia, El Salvador, Mali, Senegal, Guinea… Padres con globos. Móviles en alto. Español y francés mezclándose en el aire.

Aunque a Contreras no le tocaba graduarse, era el protagonista indiscutible del acto. También lo era el miedo a que los agentes de inmigración entrasen en el salón de actos y más jóvenes corriesen su misma suerte.

Antes de entregar los diplomas, la directora, Norma Vega, lo recuerda: "Uno de los nuestros ha sido detenido", dice desde el escenario. "Y tenemos que asegurarnos de que nunca sea olvidado".

No es una mención simbólica. Correr su misma suerte es una posibilidad para las más de cien personas que están presentes. Al menos hasta esta misma semana, cuando todo ha cambiado. Dylan ha vuelto a casa.

El regreso que no cierra la historia

Las puertas del centro de detención se abrieron antes del amanecer.

Dylan salió de entre las sombras con paso firme. Vestido con la misma ropa que entró casi un año atrás. Como si el tiempo se hubiese detenido.

Fuera está su madre y varios activistas que han conducido durante la noche para recogerle. Y 400 kilómetros de vuelta a casa.

Su salida no responde a un giro claro en su caso. Su equipo legal reconoce no saber los motivos exactos de la liberación. Las autoridades federales no han dado ninguna explicación. Solo le han colocado algo en el tobillo.

Un dispositivo de seguimiento GPS. Vigilancia 24 horas y un recordatorio: si un juez determina que no puede permanecer en Estados Unidos, será deportado de inmediato. Su situación legal sigue sin resolverse.

Dylan ha vuelto al mismo sitio del que salió. Con una diferencia: ahora sabe que puede desaparecer en cualquier momento.