La India no sabe qué hacer con sus vacas

La India no sabe qué hacer con sus vacas E.E.

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La India ya no sabe qué hacer con sus vacas

India sufre una paradoja: no pueden matar a las sagradas vacas de las que se deshacen cuando no son productivas, y ahora vagan por las calles.

Hasta ahora, la mayoría de los tres millones de vacas indias que cada año se vuelven improductivas (son demasiado viejas y ya no dan leche), terminaban en mataderos musulmanes, muchos de ellos clandestinos, o siendo exportadas al vecino Bangladesh, país de mayoría musulmana, donde eran sacrificadas para aprovechar su piel y carne.

Para los granjeros, no es rentable alimentar a un animal del que ya solo se puede aprovechar el estiércol y la orina (como fertilizante y pesticida, respectivamente), y las autoridades hacían la vista gorda.

Sin embargo, el gobierno de Narendra Modi, que ganó las elecciones en 2014 con un programa que exaltaba los valores tradicionales hindúes, cambió las cosas. Muchos de los mataderos clandestinos fueron clausurados y se crearon patrullas callejeras de “vigilantes” de la fe que se dedican a linchar a quienes entreguen o usen a estos animales, considerados sagrados, con fines industriales. Entre 2015 y 2018 han muerto 44 personas, una de ellas un policía, debido a estos comandos fundamentalistas.

Casi todas las ciudades indias, sobre todo las situadas en el centro y norte del país -el llamado “cinturón hindú”- han visto como calles, carreteras y campos de cultivo han sido invadidos por miles de vacas viejas, débiles y enfermas. Los animales son abandonados por los ganaderos que ya no quieren mantenerlos y vagan, en solitario o en rebaños, atiborrándose de basura y plástico y asaltando restaurantes callejeros.

Las "vacas errantes"

En el campo, donde el 85% de los granjeros poseen menos de dos hectáreas de tierra y no pueden costearse el vallado de sus fincas, los niños o abuelos de la familia son los encargados de montar guardia durante la noche para vigilar la cosecha, armados con un palo. Tanto ellos como los habitantes de las ciudades que defienden sus puestos de comida de las famélicas pero sagradas vacas, deben limitarse a espantar a las reses porque una ley reciente pena con cadena perpetua matar o herir gravemente a una vaca.

La agencia Reuters aseguraba hace poco que decenas de granjeros de los alrededores de Delhi están viviendo un verdadero infierno por culpa de esta situación. “Ya teníamos bastantes problemas y ahora el gobierno ha creado otro”. En la India hay 263 millones de personas viviendo de la ganadería y los cultivos, y las elecciones están a la vuelta de la esquina. Así, lo que desde occidente puede parecer una muestra más de la pintoresca mezcla de política y religión que define a la India, es en este país es un asunto que puede decidir los próximos comicios y hacer perder al BJP, el partido de Modi, las elecciones.

El gobierno destinó unos cien millones de euros para construir albergues que acaben con las “vacas errantes”, pero hay demasiadas reses y su número no para de crecer. Los veterinarios que trabajan en este tipo de centros, casi todos ellos ubicados en grandes ciudades, se encuentran con casos de vacas con 50 kilos de basura imposible de digerir en sus estómagos enfermos: zapatos, madera, plástico, corcho, cristales…

El Gopal Gau Sadan, situado en las afueras de la capital India, acoge en poco más de seis hectáreas de terreno a unos 4.000 animales y sus responsables ya no tienen sitio para más. Desde las instalaciones del “Hogar para Vacas Viejas” se pueden ver las luces de Nueva Delhi, por cuyas calles vagan entre 60.000 y 120.000 vacas igual de sagradas aunque menos afortunadas.

La agonía del estómago de plástico

Ideas como “selfies con vacas”, puestas en marcha por parte de entusiastas que buscan mitigar esta calamidad con su granito de arena, proponen a los turistas hacerse una foto con uno de estos animales a cambio de entregar un donativo en forma de comida o dinero. Pero, efímeras por naturaleza, este tipo de iniciativas duran lo que un post en las redes sociales; los turistas vuelven a casa y las vacas -cada vez más-, siguen vagando por las calles, abandonadas a su suerte.

La miríada de motociclistas que continuamente circula por las calles de Delhi consiguen esquivar a estos depauperados símbolos de la divinidad, que al haber crecido en un entorno rural carecen del adiestramiento que les permita distinguir entre alimento y basura. Cuando el estómago de estas vacas queda taponado por desechos plásticos, el animal deja de comer y de defecar, su cuerpo se hincha y comienza una agonía que solo acabará cuando fallezca por inanición o atropellada.

Otro albergue para vacas “jubiladas”, el Shri Krishna Gausala, también cercano a Nueva Delhi, acoge a más de 8.000 vacas en vez de las 5.000 para las que fue construido. Los aproximadamente 15 euros mensuales que el gobierno de Modi, más las donaciones privadas, se destinan a alimentar a las reses en sus últimos años de vida, además de mantener un hospital veterinario, una unidad de procesamiento de comida y hasta un pequeño templo para los empleados, que se sienten “bendecidos” por trabajar cuidando de animales sagrados. En el hinduismo, el estatus de una vaca, ser generoso por naturaleza porque produce más leche de la que necesita, solo come hierba inútil para los seres humanos y animal pacífico y trabajador, es similar al de un bramán o hindú de la casta más alta. 

En la India, la religión, la política y la economía son a menudo tres ramas del mismo árbol y, paradójicamente, muchos devotos hindúes que aplaudieron esta medida del gobierno de Narendra Modi ahora se han convertido en sus víctimas. Este país es, con diferencia, el mayor productor mundial de leche de vaca y en los últimos años el precio de forraje para ganado ha subido un 33% durante el último año y ya se han levantado voces de alarma que temen un declive en este negocio, del que dependen millones de familias.

Hay quienes han querido ver una paradoja en el hecho de que los campesinos, aferrados a sus tradiciones, consideren sagrados a unos animales de los que no dudan en deshacerse cuando ya no producen beneficios y luego se ven abocados a un final miserable en la gran ciudad, donde el plástico y los desechos de la vida moderna terminan por rematarles entre horribles sufrimientos. Que haya sido un gobierno que hace bandera del hinduismo radical quien haya exacerbado este problema no hace más que subrayar la moraleja de un cuento donde las vacas son las protagonistas, víctimas y agresoras al mismo tiempo.

En Uttar Pradesh, un estado con más de 200 millones de habitantes donde el jefe de gobierno es un monje que suele ir vestido de color azafrán y exhibiendo símbolos religiosos, se ha instaurado un impuesto destinado exclusivamente a sufragar albergues para vacas. Además, se planea comercializar con fines medicinales una línea de productos basados en la orina vacuna, que supuestamente tiene propiedades terapéuticas.

Una noticia reciente revelaba que al menos 200 vacas habían aparecido muertas en un albergue debido a las malas condiciones del mismo. El ministro de desarrollo de Delhi, Gopal Rai, aseguraba hace poco que “los humanos somos como las vacas, cuando nos hacemos viejos dejamos de ser útiles y se les echa de casa”. Tal vez, si las vacas pudiesen hablar, suscribirían esta frase intercambiando los sujetos.