Una mujer trabajando en una calle de La Habana.

Una mujer trabajando en una calle de La Habana. Rafaella Ramos

Protagonistas

Las mujeres de Cuba crean sus propios negocios y acumulan empleos para desafiar la crisis: "Con un trabajo no alcanza"

Entre apagones, escasez y salarios insuficientes, impulsan mipymes y realizan jornadas extenuantes para sobrevivir en una economía cada vez más desigual.

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Rafaella Ramos
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Antes incluso del amanecer, en La Habana, las mujeres ya están en la calle. Algunas hacen filas en busca de alimentos básicos; otras se preparan para otra jornada doble o triple. En una Cuba marcada por apagones frecuentes, escasez e inflación persistente, son ellas quienes sostienen la vida cotidiana y reorganizan la supervivencia.

Son las seis de la mañana cuando Yanet Hernández [nombre ficticio a fin de proteger su identidad] abre los ojos y, antes incluso de levantarse, empieza a hacer cuentas. ¿Qué hay para comer hoy? A sus 48 años, con dos empleos y un hijo de 15, ha aprendido a medir la vida en intervalos cortos, entre 15 días de relativa tranquilidad y otros de improvisación.

Cuba atraviesa la crisis económica más profunda desde los años 90. La inflación erosiona los salarios, el abastecimiento es irregular y más de 250.000 personas abandonaron el país sólo en 2024, según datos oficiales.

Hoy, el salario medio mensual en el sector estatal ronda los 6.000 a 7.000 pesos cubanos (CUP) —entre 15 euros y 20 euros al cambio informal—, una cifra que apenas cubre una fracción de las necesidades básicas.

Un plato de comida en un restaurante popular puede valer alrededor de 1.000 pesos, mientras que un paquete de arroz alcanza los 800 CUP en los negocios privados, las llamadas mipymes, que existen desde 2021 como una forma de ampliar la oferta de productos.

Una de las calles de la capital, en la que se ve a la trabajadora de un restaurante.

Una de las calles de la capital, en la que se ve a la trabajadora de un restaurante. Rafaella Ramos

Solamente la alimentación puede superar los 30.000 pesos mensuales y el coste mínimo para vivir puede rebasar los 45.000 CUP. En la práctica, ni siquiera sumando más de un salario muchas familias logran llegar a fin de mes.

Parte de este escenario está vinculado al endurecimiento de las sanciones y del embargo impuesto por Estados Unidos, que durante décadas ha limitado el acceso de la isla a créditos e importaciones. Al mismo tiempo, factores internos como la baja productividad y la dependencia externa agravan la crisis.

Es en ese espacio estrecho entre lo que se gana y lo que falta donde las mujeres sostienen el país.

Yanet comienza el día en el Banco Central de Cuba y lo termina en la pequeña tienda de una vecina, dentro del solar donde vive. Siempre con una sonrisa, el pelo arreglado y las uñas sin hacer, recorre el mismo pasillo con unas sandalias desgastadas de tanto caminar, reflejo de la falta de transporte y del escaso dinero.

Allí vende dulces, pañales, refrescos y puros, y recibe un porcentaje de las ventas.

Yanet, fotografiada en la tienda privada frente al solar donde vive, en La Habana Vieja, uno de los principales barrios de la capital.

Yanet, fotografiada en la tienda privada frente al solar donde vive, en La Habana Vieja, uno de los principales barrios de la capital. Rafaella Ramos

Yanet cuenta que buscó un segundo empleo por necesidad. Hoy, dice que su salario cubre solo una parte del mes. "Con un mes de trabajo estoy tranquila unos 15 días. Después, es sobrevivir", resume. El cuidado de la casa y de su hijo recae solamente en ella, por completo.

La desigualdad dentro del hogar aparece sin rodeos. “Muchos hombres no ayudan en la casa. Incluso con el dinero'', afirma. La posibilidad de salir del país es casi inexistente, pero no se impone. “Esa es la única realidad que conozco. La realidad de Cuba y de mi gente”, añade.

Mientras Yanet calcula el presente en días, otras mujeres intentan, con dificultad, imaginar algún futuro.

Es el caso de Zuraymis García, de 35 años. Sentada en una mipyme —pequeñas y medianas empresas privadas que ocupan espacios dejados por el Estado—, espera una clientela que raramente llega. Cada venta representa un porcentaje pequeño, pero esencial para las cuentas del mes.

Sus uñas siempre bien cuidadas funcionan como vitrinas y como símbolo de un plan: abrir su propio negocio de manicura y, con ello, intentar alcanzar cierta estabilidad.

Desde hace dos años, Zuraymis trabaja en este modelo, cobrando por horas y comisión. A final de mes, no le queda nada de su salario de entre 4.000 y 5.000 CUP, poco más de 12 euros. Describe un día a día imprevisible. “Trabajas prácticamente sólo para comer”, resume.

Para invertir en un negocio propio, casi siempre es necesaria ayuda externa. “Sola no se puede. Hace falta recurrir a alguien que esté fuera de Cuba”, dice. La aspirante a manicurista pretende, algún día, dejar el país. No por ambición, sino por cálculo. “Vivir en un lugar donde el trabajo cubra lo básico ya sería suficiente”, confiesa.

La empresa donde trabaja funciona dentro de una bodega estatal. Así se denomina a aquellos pequeños establecimientos de distribución controlados por el Estado que entregan alimentos básicos subsidiados a través de la libreta de abastecimiento.

En ellas, los cubanos reciben mensualmente cantidades limitadas de productos a precios simbólicos. Fuera, estanterías vacías. Frente a eso, las mipymes ofrecen artículos, pero a precios que muchos no pueden pagar.

A la izquierda, la libreta de abastecimiento, el cuaderno de racionamiento creado por el Gobierno de Cuba que controla la distribución mensual de alimentos básicos subsidiados a la población. A la derecha, la mipyme en la que trabaja Zuraymis, dentro de una bodega estatal.

A la izquierda, la libreta de abastecimiento, el cuaderno de racionamiento creado por el Gobierno de Cuba que controla la distribución mensual de alimentos básicos subsidiados a la población. A la derecha, la mipyme en la que trabaja Zuraymis, dentro de una bodega estatal. Rafaella Ramos

Entre el deseo de marcharse y la necesidad de quedarse, Zuraymis sigue intentándolo. Estudia, invierte en su pequeño proyecto y atraviesa un tratamiento de fertilidad en el sistema público, proyectando una maternidad en medio de la incertidumbre.

Por miedo a posibles represalias del Gobierno de Cuba, prefirió no ser fotografiada para el reportaje.

Si para Zuraymis el futuro aún es un plan, para Mayelin González se ha convertido en un ejercicio constante de adaptación.

A los 46 años, la abogada aprendió a no depender de una sola fuente de ingresos. Trabaja por la mañana de forma remota y, a partir del final de la tarde, se dedica a su propio negocio, que mantiene desde hace nueve años, además de gestionar una casa heredada de un tío que abandonó el país.

Desde la ventana de su casa, donde también vende sus productos, ha construido una rutina en la que trabajo y vida doméstica se mezclan sin una separación clara. Sonríe, saluda a los vecinos, conversa con uno y luego con otro, atiende las tareas del hogar y de su marido mientras observa la calle y espera clientes. El movimiento es incierto, pero ella permanece allí.

Su negocio surgió como alternativa al salario estatal, insuficiente para sostener el mes. Con el tiempo, se convirtió en su principal estrategia de supervivencia, aunque cada vez más inestable ante la crisis.

"Todo en Cuba puede ser una fuente de ingresos, pero nada es seguro. Tengo mi trabajo, pero no alcanza. Antes, con el turismo, era distinto. Ahora hay días en los que entra dinero y otros en los que no entra nada. Las mipymes se han convertido en competencia y lo que vendo, muchas veces lo compro de ellas. Por eso tengo que pensar todo el tiempo en el siguiente paso", explica.

Mayelin observa la calle desde su ventana, dentro de la casa que también es su negocio, mientras espera clientes.

Mayelin observa la calle desde su ventana, dentro de la casa que también es su negocio, mientras espera clientes. Rafaella Ramos

El país no colapsa de una vez. Se reorganiza en la precariedad. La inflación, las restricciones externas, la escasez y la salida constante de población redefinen la vida cotidiana, mientras crece la distancia entre salarios y coste de vida.

En este escenario, el funcionamiento de esta nación depende de una red invisible hecha de trabajo, cuidados y adaptación. Esa comunidad tiene género. Son ellas quienes cruzan la ciudad en busca de alimentos, acumulan empleos, sostienen a sus hijos, improvisan negocios y permanecen.

Ninguna habla de heroísmo. Representan a mujeres que continúan y que repiten, cada día, el ayer para que el mañana también sea posible.