La escritora viaja a la posguerra rural en su nuevo libro.

La escritora viaja a la posguerra rural en su nuevo libro. Eva Calzadilla

Protagonistas

Ángeles González-Sinde: "Las familias de la posguerra no buscan ajustar cuentas sino encontrar a sus muertos"

La escritora publica Una noche de 1947, una novela sobre las heridas y los silencios de aquella época.

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Ángeles González-Sinde publica Una noche de 1947, una novela sobre lo que ocurre cuando el pasado deja de contarse, pero no deja de actuar. La historia arranca en 1992 y vuelve a una posguerra marcada por silencios, ausencias y heridas familiares que tardaron décadas en encontrar palabras.

Guionista, directora, escritora, expresidenta de la Academia de Cine y exministra de Cultura, la escritora conoce la cultura desde lugares muy distintos.

Actualmente, preside el Real Patronato y la Fundación Museo Reina Sofía y forma parte del jurado del Premio Lumen. Con ella hablamos de la novela, pero también de memoria, de cultura, de instituciones y de algunas experiencias personales que cambian la manera de mirar lo que parecía ya conocido.

Ángeles González-Sinde posa con 'Una noche de 1947'.

Ángeles González-Sinde posa con 'Una noche de 1947'. Eva Calzadilla

Sitúas uno de los momentos decisivos de la novela en 1947, ocho años después del final de la Guerra Civil. ¿Por qué te interesaba precisamente ese momento?

Porque bastante terrible fue ya la guerra como para que, además, en zonas de España como Teruel se prolongara al menos diez años más. Había un estado de excepción, una presencia constante del Ejército y una lucha entre dos partes muy desequilibradas.

Esa sensación de que no sólo has perdido la guerra, sino de que la guerra no termina nunca, me parecía muy interesante de explorar.

También me atraía el misterio de los hombres escondidos en el monte —y de algunas mujeres también— y la dureza de esa vida. Pero, sobre todo, me interesaban sus familias y cómo lo vivido por quienes fueron niños durante la posguerra puede tener derivaciones inconscientes, invisibles, dos generaciones después.

La novela se abre con Micaela, una niña que no conoce todavía lo que ocurrió, pero en la que ese pasado empieza a manifestarse. ¿Por qué quisiste que apareciera primero como un síntoma y no como un recuerdo?

Yo creo que los recuerdos muchas veces los construimos y los organizamos a posteriori, y que los más poderosos quizá sean precisamente aquellos de los que ni siquiera podemos hacer un relato, porque están inscritos de algún modo en nuestra arquitectura psíquica.

En el caso de Micaela, ese pasado aparece en el cuerpo, en unos episodios de ausencia que llaman la atención de su maestra. A veces heredamos maneras de enfrentarnos a las dificultades, de no enfrentarnos a ellas o de rehuirlas. Cargamos con un desorden que no es nuestro e intentamos resolver cosas que hemos heredado, sobre todo miedos y silencios.

Silencios de nuestros mayores porque en su momento no se podía hablar de determinados temas, porque políticamente no era adecuado, porque hacerlo podía significar volver a cargar con un estigma o porque querían proteger a sus hijos y no endosarles una gran losa.

Ese silencio también podía nacer de una voluntad de proteger. ¿Hasta qué punto contar lo ocurrido podía hacer más vulnerables a los hijos?

En la posguerra sucedió algo que décadas después vimos también en el País Vasco. Hemos ido superponiendo silencios, tabúes y dificultades en las relaciones con nuestros propios vecinos.

Al silencio de la posguerra se añadió después, en muchos lugares, el de las víctimas del terrorismo, que tampoco podían compartir siempre su duelo o su situación de amenaza.

Esos silencios de varias generaciones acaban teniendo consecuencias. A menudo son los nietos quienes empiezan a preguntar, porque descubren que hay cosas que no encajan: huecos en el álbum familiar, fotografías arrancadas, personas de las que nadie habla.

En mi caso, por ejemplo, tenía una tía abuela, Isabel, con la que convivíamos muchísimo. Toda mi vida pensé que era lo que entonces se llamaba una solterona y solo mucho después descubrí que en realidad era viuda.

Su marido había sido militante de la UGT y había sido fusilado durante la Guerra Civil. Trabajaba en Telefónica, como ella.

Nunca lo había contado. Yo no había visto una sola fotografía de su marido ni sabía que había estado casada. Esa experiencia no se nos había transmitido.

Tampoco creo que haya que convertir todo en trauma, una palabra que hoy está muy manoseada, pero sí es importante conocer y poner cierto orden en nuestro árbol genealógico.

En España, muchas familias, sean de la orientación política que sean, siguen teniendo zonas que no conocen.

Has mencionado a tu familia. ¿Cuándo descubriste la verdad sobre aquella tía?

Ya siendo adulta y con la democracia muy avanzada. Hace poco, otra tía mía encontró, ordenando papeles, unas fotografías rotas. Eran las de aquella boda. Estaban cortadas, pero había conservado los pedazos.

Por una parte estaba el miedo a que las descubrieran y aquello pudiera llevarla a ser represaliada o a perder su puesto de trabajo —ella también trabajaba en Telefónica— y, al mismo tiempo, el dolor de desprenderse de la imagen de su boda con su marido, los dos tan jóvenes.

Uno acaba habituándose a esos secretos. En Una noche de 1947 ocurre algo parecido: fotografías que no pueden estar en el comedor junto a las demás y terminan guardadas en el cajón de una mesilla, en una lata de galletas detrás de unos libros o en un altillo.

La escritora asegura que no hay que tener miedo al pasado.

La escritora asegura que no hay que tener miedo al pasado. Eva Calzadilla

Ser médico en un pueblo seguía significando ocupar un lugar de autoridad, casi al nivel del alcalde o del cura. ¿Cómo condiciona eso a una mujer tan joven?

Ella viene de una familia muy tradicional y de un padre tajante, dominante, que siempre la ha educado con la idea de que las cosas hay que hacerlas como es debido. Llegar a ese pueblo supone una liberación, pero le cuesta mucho más romper con los mandatos que lleva dentro.

La novela arranca en enero de 1992 y todavía no había tantas jóvenes ejerciendo como médicas rurales. Su propia madre se lo recuerda: ocupa un lugar de autoridad y tiene que dar ejemplo. Y poco a poco empieza a descubrir que puede vivir de otra manera.

La novela también mira una posguerra muy concreta, la rural. ¿Qué te interesaba de situarla en un pueblo de Teruel?

Me interesaba la posguerra rural, pero también la naturaleza, un entorno atractivo y al mismo tiempo difícil de descifrar.

Además, es una zona que ya conocía. Había estado en Calanda por cuestiones relacionadas con el cine y después pude recorrerla mejor al escribir Tierra baja. A eso se sumó la documentación histórica y la visita a los restos de algún campamento maqui.

En la novela citas a Yolanda Gampel y su trabajo sobre la transmisión de la violencia social dentro de las familias. ¿Qué te aportó esa mirada?

El libro conectaba con un interés que tengo desde hace tiempo por las vidas de supervivientes y por cómo las personas consiguen reconstruirse después de atravesar situaciones extremas.

Lo había visto también en cosas que me contaban amigos mayores de mi padre, vinculadas a familias de quienes sobrevivieron en los campos de exterminio: álbumes con personas que los hijos no conocían, comportamientos de sus padres que no comprendían, historias anteriores que solo descubrían muchos años después.

Esa capacidad de reconstruirse me parece admirable, pero también tiene un precio. Muchas veces se calla para no perjudicar o contaminar a los hijos y, sin embargo, algo de ese silencio acaba saliendo por algún lado.

Eso es lo que explica Gampel: no es magia, sino gestos, costumbres, manías o cosas que evitamos y que los niños perciben aunque nadie se las haya contado.

¿Qué se recupera tantos años después cuando una familia consigue encontrar a sus muertos o lo que queda de ellos?

Creo que, sobre todo, se recupera la paz. Cuando escuchas a personas que, después de abrir una fosa, consiguen recuperar los restos de su madre o de su padre y enterrarlos en un cementerio, muchas dicen simplemente: "Hoy voy a poder dormir tranquilo".

A veces existe el miedo de que estas búsquedas despierten revanchas en los pueblos, pero no es lo que hemos visto. Las familias no buscan ajustar cuentas, sino saber dónde están sus muertos. Recuperar ese lugar de sepultura no perturba la convivencia; muchas veces ocurre justamente lo contrario.

Pones el foco en las mujeres que sostuvieron las casas y cargaron con las ausencias. ¿Qué papel tuvieron durante aquellos años?

Fueron fundamentales. Muchas eran enlaces: madres, hermanas, mujeres que sacaban adelante el rebaño, el horno o los olivos y, además, ayudaban como podían a sus maridos o a sus hijos huidos en el monte.

Les llevaban abrigo, comida o medicamentos, y era una posición muy arriesgada. Sin embargo, ese papel ha sido poco reconocido.

Era también una época de racionamiento y de un control constante sobre lo poco que se conseguía producir. Y, aun así, había momentos de alegría y de comunidad.

Se apreciaba más lo que había, un tiempo que nosotros hemos perdido: esos momentos vacíos para estar juntos, contar historias, escuchar la radio o vivir sin la mediación constante de una pantalla.

Después de investigar durante tanto tiempo y de mirar también hacia tu propia familia, ¿ha cambiado tu manera de entender aquella generación y lo que fue capaz de soportar?

No sé si ha cambiado mi mirada, pero sí me cuesta enfrentarme a la dureza y a la crueldad, a pensar que nuestros propios paisanos, nuestros compatriotas, si las cosas se dan mal, podemos llegar colectivamente a perder los límites de esa forma.

Eso es lo que da miedo: comprobar que el equilibrio social es delicado. Y más ahora, cuando vivimos una polarización interesada que es como prender fuego a un campo sin saber dónde va a terminar.

A mí me gusta creer que las personas queremos colaborar y ayudarnos, porque si no fuera así no habríamos salido adelante.

Creo que el vínculo con los demás y la comunidad puede ser reparador. Recuperar los restos de un familiar, por ejemplo, no suele ser una experiencia individual: se hace con otros vecinos, con una asociación, con una comunidad.

Esas experiencias compartidas hacen que me cueste mucho perder la fe en el ser humano, aunque también me cueste enfrentarme a los actos de violencia y crueldad de los que somos capaces.

González-Sinde ha descubierto cosas de su propia familia en el proceso.

González-Sinde ha descubierto cosas de su propia familia en el proceso. Eva Calzadilla

Formas parte del jurado del Premio Lumen. ¿Qué te aporta leer durante varios años manuscritos anónimos junto a personas cuyo criterio literario respetas?

Es un privilegio poder compartir esas lecturas durante varios años con escritores y expertos cuya opinión respetas mucho. También soy jurado del Premio Edebé de literatura infantil, así que trabajo con dos géneros muy distintos.

Has conocido la cultura desde lugares muy distintos: escribiendo, dirigiendo, presidiendo la Academia de Cine y siendo ministra de Cultura. ¿Qué entendiste sobre su funcionamiento real cuando pasaste de reclamar políticas a tener que decidirlas?

Que organizar las cosas es muy difícil. Es complicadísimo atender a intereses distintos y, aun así, se puede.

Aprendí que escuchar es fundamental y que los mecanismos de la democracia y de la Administración son útiles, aunque a veces resulten excesivamente enrevesados o nos hagan sentir más sospechosos que ciudadanos.

Me da mucha tristeza escuchar a gente escéptica. Claro que todo es mejorable y que la burocracia puede ser agotadora —yo soy autónoma y lo sé bien—, pero organizar una sociedad con tanta diversidad de pareceres y conseguir que funcione tiene muchísimo mérito.

Por eso, cuando me encuentro con alguien que ocupa un cargo político, suelo agradecerle que esté ahí, sea del partido que sea, salvo quienes no respetan las instituciones. Hoy la política no prestigia especialmente y, sin embargo, me parece un trabajo muy bonito.

Has defendido que la política no debería quedar reservada a especialistas. ¿Crees que se ha profesionalizado demasiado el ejercicio de los cargos públicos?

No creo que todos los cargos tengan que estar especializados. En la Administración hay áreas que requieren perfiles muy concretos, pero incluso los funcionarios pueden pasar de un ministerio a otro y adaptarse a materias distintas.

La política es de todos y, de alguna manera, todos la hacemos a diario. Para mí, es querer contribuir al bien común, no fingir o manipular para imponer los propios intereses o desbancar al de al lado. Eso es otra cosa.

El Ministerio de Cultura suele percibirse como uno menor frente a otros con más presupuesto y estructura. ¿Esa debilidad condiciona también su capacidad de actuar?

En los últimos años, se ha reforzado bastante. En Cultura, además, los sueldos y las condiciones suelen ser peores que en otras áreas de la Administración, y eso hace más difícil atraer talento.

Lo curioso es que, pese a disponer de menos recursos, tiene una enorme presencia simbólica. Recuerdo que algunos ministros me decían que lo envidiaban: ellos podían sacar adelante un decreto de millones y apenas tenía repercusión, mientras que cualquier decisión de Cultura acababa ocupando media página.

Cuando vuelve a publicarse una novela sobre la Guerra Civil o la posguerra aparece a veces la idea de que seguimos contando siempre lo mismo. ¿Te preocupa que ese tema pueda agotarse?

No, creo que dramática y narrativamente es inagotable. Nuestra obra literaria fundacional en Occidente es La Ilíada y después La Odisea: una guerra y una posguerra. Y seguimos volviendo a ellas siglos después.

Lo mismo ocurre con Vietnam, o con la Primera o la Segunda Guerra Mundial: nadie dice que haya demasiadas historias si siguen siendo interesantes. Son situaciones en las que las personas y las familias se ponen a prueba de una manera extrema, también moral y éticamente.

Además, todavía estamos conociendo relatos que nunca se contaron. Hay una generación que vivió aquella época siendo niña y muchas veces nos estamos perdiendo su memoria. No debemos tener miedo a conocer el pasado.

Si tuvieras que elegir una noche de tu propia vida, ¿de qué año sería?

Me quedaría con una noche de 1992, que es también cuando arranca la novela. Seguramente no lo había pensado, pero hay algo inconsciente ahí: mi padre murió en diciembre de ese año.

Murió de manera muy súbita. Tenía 51 y yo 27. Cambió mi vida por completo, no solo porque estaba muy unida a él, sino porque todavía me hacía mucha falta y me sigue haciendo falta ahora.

Por eso, cualquier noche anterior a su muerte sería una noche a la que me gustaría volver. Y 1992 fue además un año muy especial para España: la Expo de Sevilla, el AVE, los Juegos Olímpicos de Barcelona… Todo parecía nuevo, revolucionario, asombroso.

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