Mery Streep y Anne Hathaway, en una escena de la película.

Mery Streep y Anne Hathaway, en una escena de la película. Imdb

Moda

'El diablo viste de Prada 2': las incómodas preguntas sobre sacrificio, ambición, presión estética y moda

20 años después, la película vuelve a escena el 30 de abril con una secuela que ha de adaptarse al cambio de la industria y el concepto de poder.

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Alba Díaz
Publicada

El diablo viste de Prada (2006) no fue sólo la historia sobre una joven periodista que entró en la revista de moda más importante del país como becaria, sino el retrato exacto del mundo que fue.

Esas publicaciones especializadas, con Anna Wintour entonces como figura totémica, dictaban el gusto global y las tendencias a seguir por las firmas. Según se cuenta, una sola mueca de la editora en la pasarela hacía cambiar toda una producción textil.

La película, basada en la novela de Lauren Weisberger (exasistente en Vogue) y adaptada al cine por David Frankel se plantea como una sátira de la industria a cargo de las interpretaciones de Anne Hathaway, Meryl Streep, Stanley Tucci y Emily Blunt. Aquel sector funcionaba con reglas claras: exclusividad, inaccesibilidad, autoridad. El lujo, entonces, se imponía.

El filme abrió la puerta a ese mundo para mostrar un engranaje interno y enseñar que detrás del glamour había agotamiento, presión y una cultura laboral donde la excelencia se medía en… resistencia.

Personajes y referentes

El éxito de El diablo viste de Prada no se entiende sin los dos roles principales ni tampoco sin sus referentes reales. Meryl Streep construyó la figura de Miranda Priestly, tomando elementos de varias figuras de la industria de la moda e interiorizando las reglas de un sistema hasta convertirse en su máxima expresión.

Anne Hathaway, por su parte, representaba la antagonista, la outsider, una periodista formada en otro tipo de ambiente, más intelectual y alejada de la superficialidad, pero que acaba seducida por el poder.

Por su parte, Emily Blunt como Emily Charlton, encarnaba a alguien mucho más reconocible en el organigrama de la revista: la normalización del sacrificio extremo como el requisito imprescindible de pertenencia. Y sí, estos personajes eran, en realidad, arquetipos laborales.

La industria que cambia

Si en 2006 el poder estaba concentrado, ahora, se ha fragmentado. La secuela llega en un contexto donde la industria ha perdido aquella estructura piramidal clásica. Las revistas han cedido terreno frente a las plataformas digitales, creadores de contenido y redes sociales (Instagram, TikTok), que han democratizado (al menos en apariencia) la creación de las tendencias.

¿Esto qué quiere decir? Hoy un desfile puede ser eclipsado por un vídeo viral; una portada puede tener menos impacto que un post bien pensado. Y sin embargo, esa aparente democratización es engañosa.

Las grandes casas de moda siguen controlando la narrativa a través de la inversión publicitaria, las colaboraciones estratégicas con artistas o la simple presencia digital. El poder no ha desaparecido aunque se haya vuelto menos visible.

Ahí está uno de los ejes claves de la nueva película de Frankel, la revista Runway ya no es el centro absoluto que dicta lo que debe ser, sino una pieza dentro de un ecosistema donde se compite y negocia constantemente.

Miranda y Andrea, en un ejercicio de poderío durante la película.

Miranda y Andrea, en un ejercicio de poderío durante la película. Imdb

El regreso de la delgadez

Si hay un tema que conecta la primera película con la segunda, y con la actualidad, es el cuerpo. A principios de los 2000 dominaba el culto a la delgadez, convertido en el estándar en pasarelas y editoriales donde modelos como Kate Moss lo encarnaban y lo elevaban a la categoría de aspiración estética.

Las revistas de la época, junto con los primeros blogs, contribuyeron a consolidarlo, a menudo a través de editoriales y fotografías de paparazzi en las que se señalaban de forma despótica los rasgos físicos de actrices y cantantes.

En la década de 2010 ese canon empezó a cuestionarse. Surgieron los primeros discursos sobre diversidad corporal, inclusión y representación de diferentes realidades, así como la aparición de un nuevo referente de modelo curvy. Marcas y revistas comenzaron —al menos públicamente— a ampliar sus referentes mientras compañías con alcance global como Victoria’s Secret seguían defendiendo el ideal anterior.

Las redes sociales provocaron una regresión de esos pequeños avances conquistados. El auge de tendencias como el heroin chic —una vez más haciendo alusión a la Kate Moss del siglo pasado—, el regreso de los cuerpos extremadamente delgados en la pasarela y la presión estética provocada por filtros y edición digital en plataformas como Snapchat e Instagram, reactivaron ese canon que parecía superado.

Meryl Streep afirmó en una entrevista —con Harper’s Bazaar— que Anne Hathaway reaccionó de forma inmediata tras observar la extrema delgadez de los modelos durante los desfiles de Milán en el rodaje de la secuela. Según la actriz, pidió a los productores garantías de que la película no replicaría ese estándar.

Esto evidencia una tensión clave: la industria quiere parecer más inclusiva, pero sigue funcionando bajo parámetros muy similares.

Moda y narrativa

El famoso monólogo de Miranda en la gran pantalla sigue siendo una de las mejores explicaciones del funcionamiento de la industria. Para hacer memoria: en él, la directora de Runway explica cómo las decisiones de la alta costura acaban afectando a quien cree estar fuera del sistema.

La secuela tiene ahora la oportunidad de actualizar ese discurso. Hoy, esa cadena ya no va sólo de pasarela a tienda. Incluye algoritmos, microtendencias, producción acelerada a modo de fast fashion y consumo inmediato.

El ciclo se ha acortado drásticamente y eso ahora tiene otras consecuencias y nuevos discursos sobre la sostenibilidad, la segunda mano —y el surgimiento de nuevas plataformas de compra-venta de lujo como Vestiare Collective, Mytheresa o Farfetch— la saturación estética y cierta pérdida de valor simbólico de la ropa.

Streep representa la exigencia profesional en la historia.

Streep representa la exigencia profesional en la historia. Imdb

Trabajo como identidad

Más allá de la moda, otra narrativa de la película es el trabajo; sobre cómo el empleo deja de ser una parte de la vida para convertirse en el eje central y cómo la validación profesional sustituye a la personal. En 2006 ese modelo se presentaba como algo aspiracional mientras que hoy, en 2026, está en crisis.

Ahora, las nuevas generaciones cuestionan la cultura del exceso, la disponibilidad permanente y la idea de que la profesión debe ocuparlo todo. Conceptos como el burn out han dejado de ser excepcionales para convertirse en una experiencia compartida. Aquí ha entrado también en juego nuevas conversaciones en torno a la salud mental y el liderazgo en términos de género.

Sobre esto último y en una de las entrevistas concedidas por Anne Hathaway en la gira promocional de la secuela, afirmó: "Una de las cosas que me parecen increíbles de El diablo viste de Prada es que normaliza la idea de que las mujeres pueden tener poder, ambición, trabajar duro, ganarse la vida y ser libres. Y ese es el mundo en el que quiero vivir".

Femme power

Miranda Priestly sigue siendo uno de los retratos más interesantes del poder femenino y no porque sea ejemplar, sino porque es incómoda. En un año en el que la representación de mujeres en posiciones de liderazgo suele estar algo ¿suavizada?, la protagonista de la saga se mantiene firme en su falta de concesiones.

Esta representación también plantea nuevas preguntas: ¿Es necesario adoptar dinámicas tradicionalmente masculinas para ejercer poder? ¿Existe otra forma de liderazgo dentro de estructuras que no han cambiado? La nueva película de Frankel llega en un momento donde estas preguntas son visibles, pero siguen sin tener respuestas claras.

Ahí está su vigencia real: Miranda no es un ideal ni un modelo a seguir, sino un síntoma. Representa un sistema que premia la exigencia extrema, la frialdad y la disponibilidad total. Lo incómodo no es ella, sino lo reconocible que resulta cuando se observa el funcionamiento de muchas industrias actuales.

El legado cultural

Los diálogos de El diablo viste de Prada siguen circulando, las escenas se reinterpretan constantemente y su estética continúa siendo referencia. No es sólo nostalgia, es la vigencia de una de las películas sobre moda con más impacto cultural de las últimas décadas, gracias a la captura de una lógica que aun define gran parte de la cultura contemporánea: la moda como lenguaje de poder y el éxito como sacrificio.

Ese legado se ha amplificado con el tiempo precisamente porque el filme no dependía únicamente de su contexto, sino de una estructura reconocible. Hoy, sus frases funcionan casi como código generacional y una forma de hablar del trabajo, la exigencia y la aspiración con ironía, pero también con una conciencia más crítica de lo que significan.

Qué puede decir ahora

El mayor riesgo al que se enfrenta la secuela es no decir nada nuevo. El contexto actual exige más que una repetición de lo mismo con algunas notas de glamour. Exige una actualización real con todos los elementos con los que cuenta para ello: una industria en transformación, una conversación abierta sobre el cuerpo, un público más consciente y unos personajes que ya no pueden permitirse cierta ingenuidad.

Si la película no se atreve a incomodar de nuevo, corre el riesgo de quedarse exactamente donde empezó; en la superficie brillante de un mundo que ya ha cambiado demasiado como para quedarse quieto.

El diablo sigue aquí

Quizás la pregunta nunca fue si Miranda Priestly era el diablo. Quizás la pregunta era por qué necesitábamos que un personaje así existiera. El sistema que la creó sigue funcionando con nuevas reglas, discursos y caras; pero con la misma lógica: exigir más, mostrar más, ser más.

Y en ese contexto El diablo viste de Prada no es solamente un regreso, sino un espejo que, como el original, probablemente no nos guste del todo y, a la vez, no podremos dejar de mirar.