A veces la vida te retiene en la casa, porque tienes que cuidar a una persona cercana, y cuando -de nuevo la vida- pone fin a esa etapa de atenciones y cuidados, las cosas se ven de otra manera.

En ningún caso hablo de recuperar el tiempo perdido, porque dar cariño a la persona que te lo ha dado a ti nunca es tiempo perdido, sino ganado. Lo que intento decir, con torpeza, es que una pérdida contribuye a relativizar ciertas cosas, a relajar el ritmo cotidiano de obligaciones, a ver los fines de semana como un paréntesis que merece la pena aprovechar, y disfrutar.

Así que mi mujer y yo salimos ahora más que en los últimos años. Como hace calor en Córdoba, vamos a cenar fuera incluso algún jueves, porque nos apetece, porque las circunstancias lo permiten, porque además nos hemos pasado más de cinco años separados la mitad de cada semana, porque nos lo pasamos bien juntos y no necesitamos a nadie más para echar un buen rato de tapeo, de cena informal, en cualquiera de los bares y restaurantes que tenemos cerca de casa.

Mucha gente se pregunta cómo lo llevo, eso de vivir en Córdoba y trabajar en Málaga, y de un tiempo a esta parte contesto que muy bien, porque en Córdoba se puede vivir, los alquileres son asequibles, la ciudad no se ha entregado al turismo, las cuentas de los bares son razonables y las cartas ofrecen guisos y tapas tradicionales, hechas con cariño y una sabiduría atesorada que hacen que sepan a gloria, o a infancia, que viene a ser casi lo mismo.

El sábado, pues, salimos a cenar, siempre andando, a un sitio donde ponen rollitos de calabacín rellenos, gambas rebozadas, y en invierno unos platos de venado que ya no se encuentran en esa Málaga internacional y cosmopolita.

Quién me iba a decir que un día iba a perseguir la comida tradicional, los flamenquines, las medias raciones de huevas o los riñones al jerez como si el mundo viviera sus últimas horas, todo acompañado de un tinto con limón, que aquí en Córdoba es un Valgas, feliz conjunción de vino de Valdepeñas con gaseosa, un tesoro de aquella España que aún era ingenua y feliz sin caer en amarguras polarizadas.

Cenamos, y no nos apetecía volver a casa. Hay un puñado de buenos sitios en Córdoba para gente como nosotros, 58 y 53, con buena música y ambiente, a tiro de piedra.

El último tango es uno de nuestros favoritos, sin descartar el Long Rock o el Hangar, que tienen música en directo todos los fines de semana, de grupos locales o bandas tributo. Por no hablar de Avenate o Distrito, coctelerías de fuste y referencia. Todo está a cinco minutos andando de casa, y cada vez que salgo me pregunto cómo es el ocio de mis amigos malagueños, a dónde irían si pudiesen quedar un rato para tomar algo, pasarlo bien y evitar sitios inverosímiles y demasiado juveniles. Ya me lo contarán cuando lean esto.

Pero no queríamos ir a los sitios de siempre, y elegimos Bourbon, un garito que teníamos pendiente, cuyo nombre y decoración prometían buena música, rock’n’roll y clientela de nuestra edad.

Pero los carteles de Jim Morrison y las guitarras eléctricas expuestas en las paredes resultaron ser tesoros del pasado, cuando era el bar de cierre durante la etapa universitaria de mi mujer, y ahora el Bourbon es un bar de karaoke, toda una sorpresa que descubrimos ya acomodados en una barra vintage que simulaba en madera las teclas de un piano interminable.

Decidimos quedarnos, claro, porque el ambiente nos llamó la atención, y porque se estaba bien. Gente mayor y gente joven, grupos de clientes habituales acostumbrados a pedir canciones y rotarse los micrófonos.

No había un escenario: varias pantallas repartidas permitían a cualquiera cantar desde su sitio, en la barra, en la zona más amplia del fondo, donde quiera que estuviese. Y sin pretenderlo vivimos un momento sano y divertido, con un nutrido grupo de amigos sesentones empeñados en destrozar las canciones de Rocío Jurado, un cumpleaños de un treintañero homosexual que nos animó con sus divertidas escenografías de Superestrella (de Aitana) o de Escuela de calor (de Radio Futura), y una pandilla de mujeres mayores que consumieron poco, pagaron en efectivo y se sabían todas las canciones.

Parece que con la edad se pierde la necesidad de salir a pasarlo bien, en compañía o sin ella. En la barra, a mi lado, un señor más joven que yo se había colocado justo enfrente de la pantalla principal que soplaba las letras a los aguerridos artistas de la noche.

Ya estaba cuando llegamos, con su gin-tonic, aplaudiendo a todos los que cantaban, lo hicieran regular, mal o peor. Y cuando mi mujer y yo ya habíamos decidido pedirnos otra cerveza, él comenzó a cantar Unchained Melody y nos deleitó con una voz digna de un concurso de talentos televisivos, sin aspavientos, sin moverse de la silla, sin gesticular apenas, entregado a la tarea de ser feliz cantando para todo el local aquella melodía desencadenada y maravillosa.

Siguió entrando gente, igual de variopinta. Chicas jóvenes, personas mayores, en pareja, en grupo, en solitario. Daba igual que los cantantes lo hicieran mal, porque todo el mundo iba precisamente a eso, a cantar y escuchar, a repetir las letras ya sabidas de memoria, para hacer de la noche del sábado ese paréntesis de diversión maravillosa e inocente que no entiende de ridículos ni de la obligación de tener que beber o intentar ligar.

Allí se iba a lo que se iba: a pedir canciones, a corearlas, a aplaudir a los valientes y a reunirse en torno al sencillo acto de pasar un rato agradable antes de volver a casa y afrontar la rutina del domingo y del resto de la semana.

Felicité a mi vecino de asiento en la barra cuando se fue, después de cantar El gato que está triste y azul, y me quedé con las ganas de saber más de él. Un tipo que va y canta mejor que nadie y aplaude a todos los demás y se retira satisfecho y alegre, sin más expectativas ni pretensiones.

Salimos del Bourbon felices y sonrientes, sintiéndonos afortunados, ya con el artículo en la cabeza y ciertos deseos de volver, porque donde aún queda esa inocencia generosa que permite a todos disfrutar por igual, sin rivalidad ni competencia ni caras agrias ni alcohol desmedido, hay que volver. Ya estoy ensayando Escuela de calor. ¡Arde la calle al sol de poniente!