Una de las primeras decisiones importantes que tiene que tomar un alumno/a durante su vida académica llega cuando termina la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). Con apenas dieciséis años debe decidir por dónde quiere transitar su itinerario formativo: ¿Bachillerato o Formación Profesional?

No es una decisión menor. Tampoco debería tomarse por inercia, por comodidad, porque lo hagan los amigos o, lo que es peor, como consecuencia de determinados mantras que todavía circulan por nuestra sociedad y que poco o nada tienen que ver con la realidad.

Que si el bachillerato está reservado para alumnos especialmente inteligentes, con un elevado rendimiento académico y dispuestos a pasar interminables horas estudiando.

En sentido contrario, todavía hay quien considera la Formación Profesional como el refugio de aquellos que no quieren estudiar y desean incorporarse cuanto antes al mercado laboral. Tomar una decisión sobre la base de cualquiera de estas premisas me parece un anacronismo que no se ajusta a la realidad.

Ni el Bachillerato es patrimonio exclusivo de alumnos con un supuesto coeficiente intelectual medio o alto, ni la Formación Profesional constituye una suerte de vía secundaria para quienes no sirven para estudiar. Quien acceda a determinados ciclos formativos creyendo que allí no tendrá que esforzarse puede llevarse una desagradable sorpresa, ya que la FP exige conocimientos, competencias, responsabilidad, autonomía y capacidad de trabajo.

Entonces, ¿cómo podemos ayudar a un alumno a decidir?

Propongo utilizar una herramienta ampliamente conocida en el mundo de la empresa. Me refiero al análisis DAFO. Evidentemente, no se trata de convertir la orientación académica en una matriz empresarial. Esta herramienta permite diagnosticar las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades de un alumno.

Lo idóneo sería que el alumno/a junto a un orientador/tutor realice un autodiagnóstico sobre los factores internos: fortalezas y debilidades y, a renglón seguido, pasar a analizar las oportunidades y amenazas. Aquí entran en escena los factores externos.

En este punto se deberá tener en cuenta la oferta educativa existente, las oportunidades laborales de determinados sectores, la disponibilidad de ciclos formativos en el entorno del alumno, las posibilidades de movilidad, etc.

Además, nuestro sistema educativo permite hoy una permeabilidad entre ambos itinerarios que desmonta la vieja idea de caminos irreversibles. Un estudiante puede acceder desde bachillerato a un Ciclo Formativo de Grado Superior y quien obtiene una titulación de Técnico Superior puede continuar posteriormente hacia estudios universitarios. Incluso un titulado de Técnico puede acceder posteriormente al Bachillerato.

Por tanto, más que hablar de dos caminos enfrentados, deberíamos hablar de diferentes formas de alcanzar objetivos académicos y profesionales.

La Universidad ha cambiado profundamente. Desde la implantación del Plan Bolonia en el curso 2010-2011 la mayoría de las titulaciones han ido incorporando sistemas de evaluación continua en los que una parte relevante de la calificación ya no depende exclusivamente de un examen final, sino también de trabajos, proyectos, estudios de caso, exposiciones e investigaciones aplicadas.

En definitiva, se trata de trasladar los conocimientos teóricos a situaciones concretas y demostrar que el alumno sabe utilizarlos. La Universidad de hoy poco tiene que ver, en este sentido, con la que conocimos en las décadas previas a la implantación del plan Bolonia.

He podido comprobarlo muchas veces en el aula, alumnos que terminan la ESO desmotivados, inmaduros, con hábitos de estudio mejorables e incluso con poco interés aparente por su propia formación llegan a Bachillerato y experimentan una transformación sorprendente. Algo cambia. Quizás influya la edad, la mayor responsabilidad que empiezan a asumir, el horizonte de la Universidad o de una profesión futura, o simplemente que comienzan a comprender que aquello que están haciendo tiene consecuencias sobre su propio proyecto de vida.

Por ese motivo mi recomendación para una amplia mayoría de jóvenes que terminan la ESO sería culminar el Bachillerato. Y no porque considere que sea un itinerario superior a la Formación Profesional, sino porque entiendo que los dos años de Bachillerato constituyen una etapa de maduración académica y personal extraordinariamente importante para el adolescente que aspira a convertirse en un profesional en el futuro.

Cierto es que esta etapa prepara al alumno para acceder posteriormente a la Universidad, pero también para incorporarse, si así lo decide, a un Ciclo Formativo de Grado Superior. En otras palabras, no necesariamente le cierra caminos; en muchos casos le proporciona dos años adicionales para madurar, conocerse mejor y tomar posteriormente una decisión con mayor criterio.

Por eso considero esta etapa especialmente crítica. Entre los dieciséis y los dieciocho años pueden producirse cambios personales enormes. Y probablemente cometamos un error si damos por terminado demasiado pronto el recorrido académico de un alumno simplemente porque durante la ESO no haya mostrado todavía todo su potencial o haya pasado por vicisitudes personales típicas de la edad.

Cierto es que a los dieciséis años los alumnos poseen una cantidad de información muy superior a la que teníamos quienes crecimos sin teléfonos móviles, internet o redes sociales. Así, que, están muy acostumbrados a acceder a la información en tiempo real, dominan herramientas digitales con enorme naturalidad. Sin embargo, estar más informado no significa necesariamente ser más maduro.

Tengo la impresión de que quienes pertenecemos a generaciones anteriores adquiríamos antes determinadas dosis de autonomía. Quizás porque pasábamos muchas más horas en la calle, en el barrio, relacionándonos cara a cara con nuestros amigos, jugando, discutiendo, peleándonos y reconciliándonos sin la mediación permanente de un adulto. Aquellas experiencias cotidianas, con sus conflictos y pequeñas dificultades, nos obligaban a aprender a desenvolvernos por nosotros mismos.

En puridad, para la mayoría de los alumnos continuar en bachillerato puede representar algo más que cursar dos años adicionales de formación. Les permite permanecer en el entorno escolar conocido, acompañados por profesores que los orientan, supervisan su evolución y les ayudan a mantener el foco en un momento en el que todavía están construyendo su identidad, sus hábitos y su capacidad para tomar decisiones con perspectiva.

Una salida demasiado precipitada de ese entorno escolar conocido, cuando todavía no existe la madurez suficiente, puede provocar en algunos casos pérdida de referencias, de disciplina o de continuidad formativa. Por ello considero que el Bachillerato puede cumplir también una función de transición especialmente valiosa en el sentido de ayudar al alumno a pasar de la adolescencia a una etapa de mayor autonomía personal y académica antes de tomar decisiones que condicionarán de manera importante su futuro.