Mientras el Estrecho de Ormuz arde —o amenaza con arder, que a veces basta con la amenaza para que los mercados hagan el resto—, conviene que nos miremos al espejo con honestidad. El precio del petróleo toca máximos que no veíamos desde la primera invasión de Ucrania. El jet fuel supera los 200 dólares por barril en Singapur.

Los fertilizantes, que se fabrican con gas natural del Golfo, encarecen la cesta de la compra desde Algeciras hasta Estocolmo. Y el BCE, que creía tener la inflación domada, se encuentra de nuevo ante el mismo dilema de siempre: subir tipos para contener precios, o bajarlos para no ahogar el crecimiento. Una encrucijada que, si se resuelve mal, pincharía la única burbuja que pocos en Málaga quieren que se pinche: la del ladrillo.

La crisis del Golfo no es solo un shock energético. Es un acelerador estructural que revela, de golpe y porrazo, dónde estamos de verdad. Y nosotros, en Málaga, estamos en un sitio mucho menos malo de lo que nos atrevemos a reconocer en voz alta, pero también más expuestos de lo que nos gusta admitir. Las dos cosas son ciertas, y ninguna cancela a la otra.

El riesgo real no es el precio del petróleo en sí. El riesgo es la secuencia: inflación persistente, tipos altos mantenidos más tiempo del esperado, demanda de vivienda excluida del mercado, corrección del inmobiliario y crisis de confianza que golpea exactamente a los sectores donde más empleo se ha creado en los últimos años: construcción, hostelería, comercio, tecnología.

La confluencia de esa corrección con la destrucción de empleo en las capas medias del sector tecnológico —los programadores junior, los consultores de integración de sistemas, los técnicos de soporte— que la inteligencia artificial está ejecutando silenciosamente, eso sí que sería una tormenta perfecta para 2027 o 2028. Hay que decirlo, aunque duela. Tenemos cerca de 30.000 trabajadores en Málaga Tech Park. ¿Cuáles son las vulnerabilidades a la combinación de crisis y transformación tecnológica por la IA?

Pero aquí es donde el análisis honesto obliga a dar la vuelta a la tortilla.

Porque si Malmö o Eindhoven o Tampere estuvieran en nuestra posición geográfica, con nuestra base tecnológica incipiente, con nuestra Universidad generando más de cien grupos de investigación en inteligencia artificial, con un ecosistema de defensa y aeroespacial que representa una parte relevante y creciente de la industria de defensa española, con el partes del FCAS desarrollándose a pocos kilómetros del puerto y con tres empresas andaluzas integradas en el programa NGWS que son del Parque Tecnológico de Málaga, estarían haciendo ruido en todos los foros europeos de inversión. Y nosotros, a veces, apenas hablamos de ello entre nosotros.

El mundo que emerge de esta crisis necesita exactamente lo que Málaga tiene o está construyendo. Necesita ciberseguridad para infraestructuras críticas cuando los ataques a redes de distribución eléctrica y oleoductos son el nuevo campo de batalla.

Necesita fotónica para sistemas de guía de precisión y sensórica militar. Necesita microelectrónica soberana, porque la dependencia de chips asiáticos para sistemas de defensa es una vulnerabilidad que pocos en Bruselas quieren volver a reconocer. Necesita computación cuántica para criptografía inviolable cuando los algoritmos clásicos ya no protegen las comunicaciones de Estado.

Y necesita inteligencia artificial aplicada a drones, a logística de defensa, a análisis de inteligencia en tiempo real. Pero sobre todo necesitamos redes eléctricas que permitan el almacenamiento y la generación renovable distribuida así como la alimentación de proyectos singulares intensivos en energía, desde la desalinización, a la producción de hidrógeno y data centers.

No podemos dejar que el metano de los vertederos se escape como estamos haciendo. Ni podemos hacer que toda la biomasa se queme en lugar de digerirla para producir gas, electricidad y algo estratégico, digestatos para fertilizantes. Nuestro campo necesita todo el fertilizante orgánico que podamos producir ante la escalada de los fertilizantes sintéticos.

El presupuesto de defensa europeo no se recorta en tiempos de guerra. Se dispara. Y esa ola tiene que romper en alguna costa. Si estamos preparados, romperá aquí.

La pregunta correcta, por tanto, no es si hay oportunidad. Es si estamos organizados para capturarla.

Y aquí es donde el rey sigue yendo un poco desnudo.

La respuesta que nos dimos en el debate estratégico del Innova IRV fue clara: la solución pasa por la colaboración con Tecnalia, con Eurecat y con ITA, los tres grandes institutos tecnológicos del arco mediterráneo y atlántico español, para ofrecer una transferencia tecnológica orientada a mercado que no sea solo investigación en un cajón sino innovación que llega a la empresa.

Pasa por la integración plena en las redes del EIT —el Instituto Europeo de Innovación y Tecnología—, que es donde se juega el acceso a los fondos y a los ecosistemas de deep tech europeos con capacidad real de escalar. Con el KIC de Water y su capitalidad como primer gran proyecto.

Liderar en las tecnologías del agua impulsando ecosistemas colaborativos de innovación en agua. Pasa por potenciar Eurecat Innova Andalucía y posicionarnos como nodo de atracción de inversión y talento en inteligencia artificial, microelectrónica, fotónica, ciberseguridad y tecnologías cuánticas.

El talento y el capital no son pacientes. El talento se va a donde están los proyectos y los proyectos se van a donde está el talento. El capital sigue a ambos. Y si no ofrecemos un ecosistema con masa crítica suficiente, con conexiones europeas reales, con institutos tecnológicos capaces de actuar como aliados de las empresas medianas que no pueden permitirse un departamento de I+D propio, ese talento —el que forma la Universidad de Málaga en IA y cuántica— tomará el primer avión a Eindhoven, a Lund o a Dublín.

Lo hemos visto antes. Ahora tenemos IMEC, Indra, Google, DHV, Aertec, Torsa, Oracle, Dekra, Vodafone y un gran número de ingenierías y consultoras tecnológicas que acompañan y a los clásicos Ericsson, Denso ( Fujitsu ) y TDK ( Siemens). Nuestras pymes crecen y el Polo va emancipando start ups. Javier Romero nos ha traído proyectos de H2, electrolizadores, renovables, agua y cuántica. Puentes tecnológicos esenciales con el país líder de esas tecnologías. ¿Lo volveremos a ver?

El cuento de Andersen no termina cuando el niño señala al rey. Termina cuando el rey decide vestirse. La crisis del Golfo es un acelerador, no una excusa. Andalucía tiene la geología con su potencial minero estratégico, la base tecnológica, el ecosistema de defensa y la comunidad universitaria, la población y la capacidad de alimentar a Europa, para ser uno de los grandes ganadores de este ciclo de reindustrialización tecnológica europea. Pero eso requiere innovación, inversión, colaboración y, sobre todo, la valentía de apostar por lo que ya tenemos en lugar de esperar que nos lo traigan de fuera.

El traje existe. Solo hay que terminar de coserlo.