Teniendo en cuenta la situación geopolítica actual, hinchada de testosterona y peligrosamente cerca de lo senil, no es extraño escuchar que quizá todo sería distinto si las mujeres gobernaran el mundo.

Suena bien. Pero es una simplificación. Y, aunque nace como un elogio, en el fondo nos vuelve a colocar en el sitio equivocado.

El problema es que se sigue gobernando el mundo sin la representación en el poder de la otra mitad de la población.

Ese relato de que las mujeres harían un mundo mejor no es nuevo. Puedo incluso estar de acuerdo en que, en términos generales, las mujeres podamos ser más dialogantes, más abiertas a escuchar o a construir consensos. Pero, en realidad, este planteamiento nos simplifica, nos homogeneiza y nos asigna un rol casi moral. Como si no fuéramos individuos complejos, sino una especie de corrección ética del poder. Y eso es otra forma de encasillarnos.

La política internacional —como casi todas las estructuras de poder— no nació siendo inclusiva. Fue diseñada durante siglos por y para hombres. Eso significa que no solo se excluyó a las mujeres, sino que también se definió qué era el poder sin ellas: qué decisiones importan, cómo se negocia, qué estilo de liderazgo es legítimo. Por eso, cuando una mujer llega, después de romper el famoso techo de cristal, no entra en igualdad de condiciones. Entra en un sistema con reglas ya escritas donde tendrá que bucear y emerger a la superficie.

Y aquí es donde el relato se rompe del todo. No existe un liderazgo femenino homogéneo. Las mujeres que han estado en el poder no han sido iguales entre sí. Angela Merkel sostuvo durante más de una década el equilibrio europeo, gestionando crisis como la del euro o la llegada masiva de refugiados, combinando firmeza política con una enorme capacidad de negociación.

Golda Meir lideró Israel en plena guerra de Yom Kipur, tomando decisiones críticas en un contexto de máxima presión y riesgo existencial para su país. Margaret Thatcher impulsó una transformación económica profunda en Reino Unido, con reformas liberales que marcaron una época y un estilo de liderazgo contundente que le valió el apodo de “la Dama de Hierro”.

Condoleezza Rice fue una de las principales arquitectas de la política exterior estadounidense tras el 11-S, en un entorno de enorme complejidad geopolítica y decisiones altamente controvertidas. Ngozi Okonjo-Iweala, con una sólida trayectoria en el Banco Mundial y en el gobierno de Nigeria, lidera hoy la Organización Mundial del Comercio en un momento clave para redefinir las reglas económicas globales.

Algunas han sido duras. Otras estratégicas. Otras profundamente pragmáticas. Algunas han tomado decisiones incómodas, incluso cuestionables. Y eso no las hace ni más ni menos válidas. Las hace reales. Confirma que, cuando las mujeres llegan al poder de verdad, no vienen a “suavizar” el sistema, sino a participar en él en igualdad de condiciones, con toda la complejidad y responsabilidad que eso implica. Pensar que las mujeres traerían automáticamente un liderazgo más amable no solo es ingenuo, es infantil.

Nos interesa un mundo en el que las mujeres estén en la mesa donde se decide. Porque gobernar sin mujeres no es solo injusto. Es ineficiente, incompleto y miope.

No solo se trata de que el poder sea mejor. Se trata de que deje de estar incompleto.

Hoy vemos más mujeres en política, aunque siguen siendo muy pocas en las altas esferas. Sí, hay más nombres y más fotos. Pero la pregunta crucial no es cuántas están, sino qué poder de ejecución tienen: agenda, presupuesto, capacidad de decisión y margen operativo real.

Por eso, no se trata de si las mujeres lo haríamos mejor. Se trata de que un mundo gobernado sin la mitad de quienes lo habitan no puede funcionar bien.

Y, de hecho, no funciona.