El sábado 10 de enero, Meta decidió cancelar mi cuenta de Facebook, tras catorce años de pacífica vida digital, sin posibilidad de apelación. Todo comenzó unos pocos días antes, cuando unos amigos me avisaron de que habían creado otra cuenta con mi nombre, usando incluso algunas fotos descargadas de mi propio sitio auténtico, y tomé la decisión de hacer lo correcto, esto es, de denunciar la cuenta falsa que estaba molestando a mis contactos.

El sábado, entonces, recibí un mensaje solicitando que me hiciera un videoselfie para acreditar que era yo. Como ha ocurrido en tantos momentos de la Historia, el denunciante se convirtió en sospechoso.

Si en El Padrino aprendimos que el que se ofreciera como intermediario era el traidor, en esta oscura época de redes sociales privadas resulta que el mensajero es el culpable, algo no demasiado nuevo, pero sí preocupante.

Sospeché al principio, porque ya sabemos que las redes sociales andan detrás de nuestros datos, y que ya no se conforman con saber nuestra edad, domicilio, teléfono, estado civil, profesión, aficiones, número de hijos o género.

Nuestros datos biométricos sirven ahora para entrenar sus modelos de inteligencia artificial, para detectar rasgos de nuestro carácter que no conocemos ni nosotros mismos, para así implementar ese ‘capitalismo de vigilancia’ del que ha escrito Shoshana Zuboff. Pero recordé la denuncia y pensé, ingenuo, que nada podría salir mal, así que me hice el solicitado videoselfie con cierta desgana. Ahí comenzaron los verdaderos problemas.

El algoritmo supervisor de Meta decidió que yo no era yo. Con mi propia imagen no pude acreditar ante el Tribunal Supremo Algorítmico de Facebook mi propia identidad, de manera que mi cuenta fue suspendida de manera inmediata y fulminante, sumarísima, sin garantías ni posibilidad de apelación, réplica, argumentación, alegaciones o súplicas.

Una decisión irrevocable y sin pie de recurso, una patada en la boca a todos nuestros conocimientos de derecho y de protección de los ciudadanos, y una descomunal falta de respeto a nuestra larga trayectoria de entrega de likes y datos personales a Facebook, de subidas de fotos, de proclamaciones públicas de gustos, aficiones, compras, amistades, comidas, cenas, cumpleaños y destinos de vacaciones. Una ruptura unilateral e incontestable, pérfida, que me dejó temporalmente pensativo y efímeramente huérfano de dopamina, sonrisas y lágrimas.

No hay mal que por bien no venga. Por una parte, tenía decidido pasar menos tiempo en FB, de la misma manera que hace ya un par de años abandoné X, la pocilga antes conocida como Twitter, por su acelerada conversión en una ciénaga de odio y mal gusto.

Sin embargo, en los dominios de Zuckerberg había conseguido tejer una red de complicidades literarias, una tupida malla de escritores hispanoamericanos, editoriales minoritarias, críticos independientes -que haberlos haylos, como las meigas- y avisadores de novedades de gran interés para mí.

Así que me encontré con la desaparición fulminante de ese trabajo labrado en horas insaciables de pantalleo y lecturas atentas de todo tipo de comentarios relacionados con la creación literaria, más o menos vanidosos, más o menos acertados. Aquella mañana todo se fue al garete por el mal trabajo de un algoritmo de reconocimiento facial. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

El caso es que avisé a mis amistades más cercanas de la situación, les advertí que empezaba de cero, y la decisión infame de FB me ha permitido crear un nuevo perfil, catorce años después de aquel arranque ingenuo, cuando las redes parecían estar hechas para unir a la humanidad.

Pero también ha sido un momento propicio para reflexionar sobre nuestra dependencia de algunas redes, sobre lo que nos aportan o sobre lo que pasaría si, de repente, una empresa como Meta nos impidiera utilizar cualquiera de sus redes y aplicaciones, como por ejemplo WhatsApp, con sus grupos familiares, sus grupos de amigos, sus grupos de trabajo, sus grupos de lo que sea y esa agenda que ya nadie apunta a mano porque todo lo confiamos a nuestros dispositivos móviles, a nuestra cuenta de correo de Google y a la memoria del ordenador portátil.

Demasiada dependencia, ¿no? ¿Cuántos teléfonos recordamos de memoria? ¿Con cuánta gente nos podríamos comunicar si sufriésemos un apagón digital? ¿Sabemos los números de nuestros propios hijos? La cacicada de FB me puso a cavilar sobre estas inquietantes preguntas y otras muchas, alimentadas además por un artículo leído en Substack, que me llevó a otro publicado en The Cut en torno a un concepto que me interesó mucho en aquellos primeros y gélidos días de enero: la maximización de la fricción.

En su cuenta de Substack, la escritora Collen Claes publicó una entrada (Stranger than friction, algo así como más extraño que la fricción, un evidente juego de palabras con el título de la primera peli de Jim Jarmusch, Stranger than paradise, sobre la que ya escribí hace pocos martes) sobre la degradación de la sociedad debido a la tecnología, poniendo el ejemplo de los jóvenes que prefirieron grabar los primeros momentos del incendio en la discoteca de Crans-Montana en vez de huir y ponerse a salvo.

Pero el concepto de maximizar la fricción es original de otra autora, Kathryn Jezer-Morton, que se ha propuesto eso mismo de cara al nuevo año de 2026. Escribe en The Cut esta sagaz observadora de la vida familiar moderna que “las empresas tecnológicas están logrando que pensemos que la vida misma es incómoda y algo de lo que hay que escapar continuamente, hacia espacios digitales acolchados de algoritmos predictivos y comandos de un solo toque: leer es aburrido; hablar es incómodo; moverse es agotador; salir de casa es desalentador. Pensar es difícil. Interactuar con desconocidos da miedo. Arriesgarse a una reacción inesperada de alguien no vale la pena. Hablar en general está sobrevalorado. Todas estas son fricciones que ahora podemos eliminar fácilmente, y lo hacemos”.

Un poco más adelante, añade: “maximizar la fricción no es simplemente una cuestión de reducir el tiempo que pasas frente a la pantalla, o lo que sea. Es el proceso de desarrollar tolerancia hacia las «inconveniencias» (que por lo general no son inconveniencias en absoluto, sino solo los caprichos de ser una persona que vive con otras personas en espacios que es imposible controlar por completo) y luego llegar incluso al disfrute”.

En resumen, alejémonos de las redes que sólo retroalimentan nuestras propias convicciones, de los algoritmos que sólo refuerzan los gustos que ya tenemos, de las inteligencias artificiales diseñadas para darnos la razón, y exploremos con la mente abierta y curiosidad genuina ese mundo desconocido donde otras personas nos pueden hacer sentir que de verdad somos humanos, con nuestras discrepancias, nuestros caprichos y nuestras desavenencias. Bendito Facebook, me has hecho pensar y eso sí que no te lo esperabas. Y he de reconocer que yo tampoco.