La escena es nítida. No conduce a dobles interpretaciones. Siquiera resulta contradictoria. Ojalá la contradicción. Si hubiera contradicción habría otra cara posible, otro horizonte sobre el que depositar el destino. Estoy desayunando en un hotel de Madrid. Una chica, unos años más joven que yo, espera su turno en la cola del café. Yo hago lo propio. Sobre nuestras cabezas, un televisor y las noticias de la mañana. Alzamos la vista. Donald Trump baila mientras sostiene una suerte de espada o sable. El presidente de los EEUU baila. Hace no mucho los presidentes estaban para otras cosas.
Tras esa coreografía macabra, desde un escritorio del Capital One Arena, Trump firma los primeros decretos: indultos a los rednecks disfrazados que asaltaron el Capitolio, hace saltar por los aires la agenda verde y enseña el músculo con el que promete aplastar a los inmigrantes. Pienso que ha de haber mujeres, y algunos hombres, en EEUU, haciendo cola para el café, en algún hotel, observando esta misma imagen. No debe ser fácil ser ellas, y algunos ellos, ahora mismo.
El café cae sobre la taza blanca. La imagen del baile se repite mientras la comenta un tertuliano del circuito oficial. Resoplo. La chica, unos años más joven que yo, está sentada en una de las mesas. Nos miramos con complicidad -en qué momento el mundo se ha convertido en esto-. Le sonrío con levedad, me gustaría decirle que todo saldrá bien, pero me temo que, en esta ocasión, no todo va a salir bien. Llegados a este kilómetro de la humanidad, las personas de bien que queden en el mundo tenemos que poner todo nuestro empeño en hacer que la vida salga adelante para que sea vida. Vida buena.
Me siento en una mesa libre. Resoplo de nuevo y lanzo un susurro que guarda una palabra dirigida al señor que baila con una espada, o sable, en la pantalla del televisor. Un caballero de la mesa contigua me observa desafiante. Sostengo su mirada. Sé lo que quiere. Lo he visto antes, muchas veces. No sé si demasiadas para alguien de mi edad. Pero sí muchas veces. Quiere levantarse y ponerse a bailar como un loco, dejarse llevar, bailar sobre las mesas mientras el resto de señores se suma a esa coreografía - para nada- improvisada. Ese caballero con traje oscuro y dispositivo móvil de miles de euros sólo quiere bailar. Se lo noto en la mirada, en el lenguaje corporal. En la impaciencia que traslada al ambiente. Necesita danzar entre nuestras tazas, cruasanes, pastillas de mantequilla y zumos de naranja.
Necesita invitar al resto de hombres blancos de traje oscuro con dispositivos móviles de miles de euros a que bailen con él. ¿Por qué no? No piden tanto. Sólo quiere bailar. Saltar de mesa en mesa, romper una taza. Quizá un plato. Hacer alguna que otra cabriola. ¿Por qué no? Un salto, dos, tres. Una taza, dos, tres. Una cabriola, un giro. ¿Por qué no? Quizá, en alguno de esos giros, una mano se vaya, una pierna pierda estabilidad, y alcance a la chica unos años más joven que yo. O a mí. ¿Por qué no? Sus compañeros, mientras hacen la coreografía, puede que empujen a Camila, la chica que recoge otras mesas.
Nosotras, perplejas, asustadas, saldremos de aquella habitación. Por otro lado, esta no es nuestra fiesta. Es que no es nuestro baile. Hay que entenderlo. Hay que comprenderlos. No nos pongamos tan exigentes.
No queda ni un sólo hombre blanco con traje oscuro que se haya resistido al baile. Todos danzan, entre el frenesí y el delirio, de mesa en mesa. Gritan, danzan. Juraría, incluso, que algunos de ellos se han besado. Hacen giros imposibles en el aire. Logramos salir de la habitación. No ha sido fácil. Nos incorporamos y observamos la escena desde el umbral. Las puertas del ascensor se abren y sale una chica con cara de sueño. La cogemos del brazo, rápidamente. Movemos la cabeza de un lado a otro.
La escena es nítida. No conduce a interpretaciones. A Camila le asoma un pequeño hilo de sangre por la comisura de los labios. Cojo un pañuelo de papel. Se lo doy. Las cuatro nos quedamos en el umbral observando una fiesta a la que no hemos sido invitadas. A la que no seremos invitadas. Este no es, ni será, nuestra sala de baile.