Un montaje con las imágenes de la despedida.
La última 'flor' de la avenida de Europa de Málaga se marchita: adiós a Hernández Floristas tras 38 años de historia
Esta conocida floristería de la zona oeste de Málaga era llamada por los comerciantes como "la inmortal" de la avenida, ya que casi todos los negocios que arrancaron hace cuarenta años han ido cerrando poco a poco y solo se mantenía ella.
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Paqui Serrano mira el local donde tantos años ha pasado trabajando entre flores y plantas. Ahora está totalmente desmantelado y los ojos le brillan. Mucho. Por los rincones del establecimiento, donde ya nos acompaña hasta el eco, quedan algunas hojas sueltas de las plantas que en su día estuvieron expuestas. También jarrones que no ha logrado liquidar. Y dos perretes que no paran de darle mimos. Su familia le está ayudando a sacar todo para entregar las llaves del que ha sido su negocio desde hace 38 años. Entre ellas, su hermana Pilar, con la que también estuvo trabajando codo con codo, durante una etapa en la tienda.
Las dos brindan con una cerveza fría en el ya oscuro local de la avenida de Europa de Málaga, que pierde otro negocio histórico. "Por nosotras", dicen. La historia de esta floristería no comienza a escribirse con un plan claro y organizado, sino como el inicio de una nueva forma de encontrarse para Paqui. Con veintipocos años, se aburría "mucho". No encontraba su espacio en la vida y, casi de forma inesperada, se vio rodeada de ramos de rosas y coloridas orquídeas de golpe.
La idea surgió en una cena con unos amigos de por entonces. La familia de su exmarido venía del mundo de los floristas y de grandes invernaderos en Madrid, y de ahí salió incluso el nombre del negocio: Hernández Floristas. Él ya hacía ramos de novia para conocidas y ella empezó a ayudarle hasta que se plantearon montar su propia floristería. Una de estas amigas se unió como socia a la aventura.
El arranque fue bastante "modesto". Con el dinero inicial pudieron alquilar un local ubicado a unos metros del actual. Y poco a poco fueron comprando lo necesario para ir saliendo adelante. Pese a todo el esfuerzo que es poner a rodar un proyecto, según recuerda Paqui, el negocio empezó a funcionar desde el principio, con una buena respuesta del vecindario. Y todo ello pagando alquiler, autónomos, teléfono y los primeros gastos de gestión sin que hiciera falta "volver a meter dinero para mantenerlo vivo".
"Arrancamos con esta socia, pero se quedó embarazada, sufrió un aborto y decidió que no quería continuar", cuenta Paqui, que casi acepta el cierre, pero acabó desdiciéndose en apenas unos minutos. "Le dije que no. ¿Yo qué voy a hacer? ¿Volver a mi casa con 30 años?", recuerda que pensó entonces.
La preciosa floristería abierta.
Ese fue el momento en el que el pasatiempo de estar entre flores empezó a convertirse en su futuro. Se quedó sola, dividieron el material que había y nunca más supo de quienes se marcharon. Lo que al principio había nacido casi por entretenimiento, se convirtió en una forma de vida que, con el tiempo, permitió sostener mucho más que un negocio.
Pilar Serrano se incorporó a la floristería como trabajadora algo después de la marcha de esta socia, cuando su hermana ya llevaba un tiempo peleando en solitario. Juntas levantaron una floristería que no solo dio para sueldos, pagas y vacaciones, sino también para comprar una casa. "De aquí hemos comprado una casa entre las dos", resume Paqui, al explicar hasta qué punto el local fue durante años el centro económico de la familia.
Hubo una época en la que el trabajo, reconocen, daba para todo. San Valentín, el Día de la Madre, las Marías o Todos los Santos eran fechas que ambas hermanas califican como "fuertes", es decir, jornadas de facturación alta y de tienda llena. "Aquí nos juntábamos diez o quince personas y formábamos unas fiestas tremendas trabajando", recuerdan al hablar de campañas en las que cerraban la puerta para poder trabajar mejor, con música, cervezas y buen rollo hasta altas horas de la madrugada.
La familia de Paqui.
En aquella época dorada, la carga de trabajo era tal que contrataban a vecinos del barrio para poder descansar. "La gente olvida que los negocios de toda la vida hemos dado empleo a quienes más lo necesitaban, al barrio", reflexiona Pilar. Su actividad se extendía más allá del local: colocaban personal en restaurantes del polígono para vender productos temporales, como las rosas de San Valentín, y contaban con repartidores a domicilio en días señalados. Las hermanas recuerdan una etapa de gran dinamismo, con una clientela fiel y encargos constantes para empresas como Coca-Cola, colegios, eventos sociales y hermandades como la Encarnación de Dos Hermanas, además de parroquias como la de la Virgen del Camino.
"Si hay un público fiel, ese es el del barrio de San Andrés. Ese barrio que a veces la gente critica, ese barrio con gente más pobre, gente trabajadora... Nos ha ayudado muchísimo siempre", declara con una sonrisa Paqui, agradecida por tantos años de cariño.
Pero esa bonanza de la primera etapa del negocio no duró para siempre. La crisis de 2008 fue el primer gran golpe para su negocio. Aunque empezó ese año, Paqui y Pilar aseguran que tardó entre ocho y diez años en dejar de notarse de verdad. Durante ese tiempo, el negocio empezó a convertirse en un dolor de cabeza: el pago de hipotecas, autónomos e impuestos empezó a ahogarlas. Por no hablar de mañanas o tardes enteras en la que no entraba "ni el aire" a la floristería.
Cuando parecía que la situación comenzaba a remontar gracias a refinanciar para no perder ni el local ni la casa, y con el apoyo de la familia...llegó la pandemia. El confinamiento les pilló con la cámara llena de flores preparadas para el Día del Padre, 19 de marzo. Durante aquellos meses, Pilar iba a regar las plantas que tenía a la venta y la mayoría de la mercancía fue a la basura.
Paqui y su hermana trabajando.
Cuando comenzó a haber movimiento en las calles, se dieron cuenta que el negocio estaba saliendo adelante sin generar ingresos para vivir. La floristería servía para pagar, pero ya no para sostener el día a día de las dos.
Después llegaron más presiones: la competencia comenzó a crecer. Recuerdan cómo un vendedor ambulante que se puso en la esquina de la avenida con pascueros, de forma totalmente ilegal; cómo el rastro de Dos Hermanas empezó a llevarse clientes...
Paqui se queda al mando
Fue entonces cuando Pilar encontró una salida fuera. La llamaron para una entrevista en Uber, empezó al día siguiente y lo que en principio iba a ser un contrato corto terminó convirtiéndose primero en fijo discontinuo y luego en indefinido. En agosto hará cuatro años de aquello. Su marcha cambió por completo la dinámica del negocio y también la vida de Paqui.
Desde ese momento, la carga se quedó sobre una sola persona. Paqui perdió los descansos, perdió los fines de semana y perdió el margen para organizar su vida. "Ya todo mi mundo se redujo a no quiero estar aquí, a no puedo estar aquí", resume sobre un desgaste que acabó afectándole de lleno. Reconoce que llevaba tres años "jodida", muy baja de ánimos.
El cierre, por tanto, no aterrizó de un día para otro, sino tras mucho tiempo de aguantar y tragar una situación que no la hacía feliz como en sus inicios; su hermana la ayudaba, pese a tener otro trabajo, en épocas especiales. Cuando vio que no podía más, dio el paso de cerrar.
Pilar y Paqui.
El momento en que lo acabó de asumir, dice, fue cuando desmontó su propia mesa de trabajo al empezar a vaciar el local. "Ahí es cuando yo ya me vine abajo y dije, esto se ha acabado". A pesar de todo, cuando mira atrás no lo hace desde la derrota. Bajaron la persiana el 5 de febrero.
Ambas insisten en que en este local han vivido algunos de los mejores años de su vida. Recuerdan miles de anécdotas, como la de esos niños a los que daban trabajo como repartidores que ya peinan canas y siguen hablando con ellas; la cantidad de encargos por parte de clientes infieles que en San Valentín pedían envíos para su mujer, pero también para la amante... "¡Y para la amante era siempre más caro!", recuerdan las dos entre risas.
Hablan de amistades forjadas entre clientes y trabajadores, de niños que repartían en bicicleta y hoy peinan canas (o están calvos). Una preciosa red afectiva que, dicen, se ha construido "gracias a las flores". "Trabajar en esto era algo muy íntimo. Había veces que los pobres repartidores llevaban a casa de alguna chica un ramo y le abría la puerta su marido que, precisamente, no había enviado esas flores. Los chiquillos salían corriendo", recuerda Pilar.
Cuando Paqui fue a la Seguridad Social a regularizar sus cotizaciones para poder jubilarse, un funcionario le dijo algo que no olvida: "Los autónomos habéis levantado este país y sois los parias de este país. Van a acabar con todos vosotros". Pero la frase no terminó de sorprenderle, cree que es "la realidad" de negocios como Hernández Floristas.
"De todos los negocios que abrieron en su día en la avenida de Europa, soy la única que quedaba abierta. Decían que la floristería era la inmortal", confiesa Paqui. A nadie le aconsejaría montar, a día de hoy, un negocio así. "Ni se te ocurra", dice si alguien pregunta. "Cuando empiezas a sumar alquiler, autónomo, impuestos, asesoría, luz, agua y teléfono, en una tienda de barrio no te queda margen. No se vende como para que sobre algo".
La fiesta de despedida.
A Paqui y a Pilar les apena la pérdida de identidad en los barrios con la extinción de estos negocios de toda la vida. Al menos, el local no se convertirá en una vivienda a pie de calle, sino que se convertirá en una extensión de la academia de inglés que tenían justo al lado. "Me llegó la oportunidad de venderlo, porque, al final, tras trece años de alquiler en el otro local, cogimos el actual y es nuestro. Me vino la oferta en un momento muy malo anímicamente y no lo dudé", recuerda Paqui entre lágrimas.
El adiós
Hace unas semanas organizaron una fiesta de despedida, "como las que montábamos en San Valentín". Acudieron más de una treintena de personas: casi todos los que en algún momento habían trabajado allí o pasado por allí. Esas personas que, sin duda, son el mejor regalo que un trabajo podría haberle hecho.
Pilar recuerda que el primer año en Uber, cuando pasaba por delante de la tienda de noche camino del trabajo, tenía que reducir la velocidad. "Paraba el coche despacito, miraba la puerta y me iba. Es como que aunque ya no estuviera trabajando, tenía que estar pendiente. Son muchos años", expresa.
Mientras cargan los últimos bultos, queda en el aire esa frase del funcionario que las definió como "los parias que levantaron un país". Paqui mira al sitio donde se ubicaba su mesa de trabajo por última vez y resopla, signo de alivio de quien suelta una carga que pesaba demasiado. Sabe que le toca cerrar para siempre su local y con ello se apaga un trozo del comercio de toda la vida, dejando a la avenida de Europa un poco más huérfana y a ella con una nueva etapa vital que disfrutar después de tanta lucha y sacrificio.