Una imagen de Klaudya.
Klaudya, la soprano de El Perchel: "Emocionar a quien nunca le ha dado oportunidad a tu estilo también es éxito"
Tras superar una depresión que la alejó de los escenarios y ganar el programa 'Aria', la artista malagueña renace con una misión: "descorsetar" la lírica y demostrar que un restaurante puede emocionar tanto como un gran teatro.
Más información: Antonio Banderas quiere crecer con el Teatro del Soho: planea otro teatro en Málaga y exportar el modelo a Madrid
En el mundo de la lírica, donde el rigor y la tradición suelen levantar muros infranqueables, la soprano Claudia Teruel decidió un día romper el molde. Pero para renacer y convertirse en Klaudya (con K y con Y), primero tuvo que guardar su voz en un cajón, trabajar en la hostelería y aprender que la música, si no es libre, no es música. Esta es la historia de una "malagueña de El Perchel" que, tras ganar el programa Aria: Locos por la Ópera, se ha propuesto una misión: que la lírica deje de ser un objeto de museo para volver a ser el alma de las calles.
En su casa de El Perchel nunca sonó la música clásica. Su abuelo materno era cantaor flamenco y murió cuando ella tenía once años, demasiado pronto para que pudiera disfrutarlo. Y por parte de su padre había mucha influencia de Rocío Jurado, copla y romerías. "Pero música clásica, en la vida", resume.
Lo que la enganchó fue la Semana Santa. Las bandas de música que recorren Málaga tras los tronos que llevan la fe por sus calles la enamoraron. Convenció a su madre de apuntarla a la banda de la Expiración y desde ahí, casi sin quererlo, llegó al conservatorio. Allí un profesor detectó algo que ella misma desconocía que tenía.
"Me dijo que tenía voz lírica natural, yo por ese momento no tenía ni idea de lo que era eso. Porque a mí me gustaba mucho cantar, pero yo no sabía cómo cantaba, yo me ponía a cantar y ya está". El profesor la animó a hacer la doble especialidad de canto y oboe. Hasta ese momento, nunca había escuchado ópera.
Cuando la descubrió, no necesitó más convencimiento. "Cuando vi todo lo que tenía alrededor, la música, el vestuario, la escenografía: dije, 'esto es lo mío'". La primera cantante de ópera que escuchó, la que la enamoró del género, fue Maria Callas, todo un referente para la malagueña.
Pero ese entusiasmo chocó pronto con una realidad que muchos músicos conocen y pocos hablan abiertamente. Al terminar la carrera, el mundo no espera. No hay guía ni mapa que te diga hacia donde caminar. Solo audiciones, concursos y la esperanza de que alguien te dé una oportunidad.
"Cuando terminas el conservatorio te dejan ante una nada que dices tú: ¿ahora qué? Parece que no hay opciones, nada más que o eres profesor o que te den la oportunidad en una audición o en una compañía".
A esa desorientación se fueron sumando episodios de depresión cada vez más frecuentes. En 2018 tomó la decisión que pocos músicos de formación clásica se permiten: parar del todo. "Llevaba como un par de años que de vez en cuando me daban bajones de depresión bastante fuertes, y cada vez más. Y ya en 2018 tomé conciencia de esto y dije: esto tengo que romperlo".
Dejó la música y se puso a trabajar en hostelería. "Es un mundo totalmente diferente", dice. Aquel trabajo le enseñó cómo funciona realmente el mundo laboral, algo que desde el mundo artístico, reconoce, no siempre se comprende, y le descubrió un universo que su formación clásica nunca le había mostrado: la música en vivo en hoteles, restaurantes y eventos privados. "Yo hasta ese momento desconocía completamente ese mundo".
Durante aquellos años sin escenarios, Claudia no dejó de trabajar su voz en casa. Exploró estilos que el conservatorio nunca le había dado espacio para desarrollar. Leyó sobre psicología, filosofía y, finalmente, acerca de mitología nórdica. Fue entonces cuando conoció las runas vikingas, y en ellas, dos símbolos que le han marcado de por vida.
"Una representa la luz interior nuestra, nuestra esencia, nuestro espíritu, nuestra fortaleza interior. Lo que somos, lo que nos hace ser nosotros. La otra representa la recompensa que hay después del trabajo: cuando uno persiste, cosecha".
Una tiene forma de K. La otra, de Y. Y por eso, en esta nueva etapa, ha cambiado su nombre, Claudia, por Klaudya. Quería plasmar en su nombre artístico tanto tiempo de evolución, de "trabajo interior y personal" que perduró durante años y que le había vuelto a llevar a los escenarios.
Así nació Klaudya. Y con ella, una nueva manera de entender la profesión. "Yo siempre digo que me descorseté. Me descorseté del mundo clásico, que a veces es muy cuadriculado, y dije: pues ahora voy a ser yo", sostiene. Pasó de ser cantante de ópera a ser cantante crossover: alguien con técnica lírica que también puede cantar cualquier otro estilo sin pedir permiso a nadie.
Su proyecto artístico gira en torno a un concepto que lleva tiempo construyendo: The Epic Soprano. La idea viene de su fascinación por las bandas sonoras de cine. "La música épica es la que te pone la piel de gallina en las películas, esos temas que te inspiran y te hacen superarte". Su propuesta consiste en reinterpretar canciones con un enfoque sinfónico que acerque la lírica a públicos que nunca se han sentado en un teatro de ópera.
Y en eso, defiende con convicción el papel de los músicos que cantan en hoteles y restaurantes, una figura que dentro del mundo clásico está, dice, "muy mal vista". "Cantar en hoteles y restaurantes te hace llegar a un público que en ningún momento se le hubiese pasado por la cabeza sentarse en un teatro a ver una ópera.
Yo canto en un hotel en Marbella y tengo compañeros de la barra, camareros que en su vida habían escuchado ópera, y conmigo se hinchan de llorar y han descubierto que les encanta".
"Muchas veces pensamos que el éxito es llenar un estadio o cantar en un gran teatro. Pero cantar en un restaurante, a pocos centímetros del público, cuando alguien escucha ópera por primera vez y descubre que le emociona... ese momento también vale la pena", asevera.
Klaudya, en una actuación.
El salto mediático llegó con Aria, locos por la ópera, el concurso de Televisión Española que, aunque, a su parecer, no recibió todo el cariño que merecía, llegó a muchas casas donde tampoco antes había sonado una voz lírica.
Ganar le dio algo concreto: visibilidad. "La gente sabe que existo", dice entre risas, y la comparación que le sale es inevitable: "Esto es como la campaña aquella del partido de Teruel que decía: Teruel existe. Pues mira, eso me hubiese servido a mí también. Klaudya existe".
Pero fuera de ese foco, dice, su vida sigue igual. Sus días se resumen en ensayos, preparación vocal y seguir dando forma a su proyecto. La victoria del programa le ha traído invitaciones a escenarios en Málaga y el interés de varios medios, pero no ha cambiado sus objetivos ni su manera de trabajar. Sigue con los pies "en el suelo".
El 25 de junio, actuará en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada, en un formato muy especial: solo voz y piano, con un repertorio puramente clásico. "Allí voy a centrarme solamente en repertorio lírico", adelanta.
La pieza que más la conmueve cuando la canta sigue siendo el aria Vissi d’arte, de la ópera Tosca, de Giacomo Puccini. No es casual. La primera voz lírica que escuchó en su vida fue la de Maria Callas, la soprano que convirtió el personaje que lleva ese nombre, Tosca, en leyenda.
Tosca es una mujer profundamente devota que cree en el arte y en el amor, y a la que la vida somete a pruebas durísimas. Una figura marcada por la pasión, por la fe y por la resistencia. Quizá por eso, cuando Klaudya la canta, hay algo que se reconoce en ella. No tanto en el drama de su historia, sino en la convicción de que siempre merece la pena romperse para volver a empezar una reconstrucción.