Cargamento de coca intervenido en el operativo.

Cargamento de coca intervenido en el operativo.

Tribunales NARCOTRÁFICO

Así cayó la mafia holandesa de la cocaína que desató una guerra con bombas en Marbella

El grupo creó una red de transporte en Badajoz y en la Costa del Sol que alquilaba a otras redes dedicadas al narcotráfico.

El 22 de octubre de 2018, agentes de Policía y Guardia Civil detectaron movimientos en una nave industrial situada en el número trece de la calle Nevero de Badajoz. Desde principios de junio, los especialistas en la lucha contra la droga y el crimen organizado vigilaban aquel polígono industrial ante la sospecha de que la mafia holandesa, la misma que andaba a tiros en Marbella y haciendo estallar las casas de alguno de sus contrincantes a base de bombas, estaba enraizando sus negocios en la zona. ¿Su objetivo? Crear una gran red de distribución de droga a su servicio, pero que también pudiera ser alquilada a otros grupos de narcos. 

En la memoria de los agentes pesaba todavía la certeza de que dos de los investigados (Ronald Sanders y Martius Gommars) se habían visto meses atrás con el capo gallego Sito Miñanco en un hotel de El Higuerón, en Córdoba. Allí, los holandeses recibieron unas bolsas en las que los agentes presumían grandes cantidades de dinero. Pero en aquel sumario solo pudieron relacionarles con la entrega al histórico narco de teléfonos cifrados de una firma holandesa. 

Intervenidas más de seis toneladas de cocaína y desarticulada una organización de narcos holandeses que operaban en España

Ahora la cosa era distinta. Durante meses, los agentes habían rastreado los negocios de la red hasta crear una estructura, un dibujo con al menos 15 integrantes. Varios de los nombres se repetían de operaciones anteriores. Uno de ellos, llamado René Soovali, nacido en Estonia y no en Holanda, se movía por la urbanización Río Real de Marbella con un Jaguar S Type y había realizado unas inversiones que llamaban la atención de los investigadores: aparecía desde marzo de 2016 como administrador de una firma llamada Renxportim SL, dedicada supuestamente al comercio de maderas y que según la tesis de los agentes, serviría "para introducir importantes cantidades de cocaína" en España.

Otro de los investigados, Ronald Perdon, aparecía como administrador de Transportes Fco. Perero SL, una sociedad que tenía a su nombre dos camiones y tres remolques cuyas funciones engarzaban con la trama: "podría estar encargada de facilitar la logística de almacenamiento y transporte en nuestro país de la organización criminal".

Marco Van der Keive, otro de los detenidos, era administrador de Transportes Mardemar 2017. A juicio de los investigadores "la adquisición ha sido reciente y vendría motivada con el fin de apoyar la estructura empresarial creada por la organización criminal con los fines ya indicados". 

Una red de alquiler a otros grupos mafiosos

Aquella mañana, miembros de Policía y Guardia Civil detectaron tres coches conocidos en el polígono industrial que vigilaban en Badajoz. Los tres eran de presuntos miembros de la mafia holandesa, por lo que activaron un dispositivo de seguimiento en la zona y otro en Málaga. El objetivo era pillarles con las manos en la masa. Poder detenerles con un gran cargamento que probara su participación en la venta de grandes cantidades de droga. Lo consiguieron. 

A las 20:30 de ese mismo día, los agentes detectan la llegada de un primer contenedor a la nave del polígono industrial El Nevero de Badajoz. Sobre la media noche, el dispositivo se percata de que varios coches de los investigados salen de nuevo con destino a Málaga, seguidos por un camión frigorífico. Como lanzadera, el envío llevaba delante un coche de seguridad. Un Volskwagen Touareg conducido por otro de los investigados.

Cuando el camión llegó a Málaga esa misma madrugada, fue trasladado a otra nave industrial situada a las afueras de la ciudad. Allí, los agentes detectaron a Martius Gommans, otro de los holandeses que se reunió en diciembre de 2017 con Sito Miñanco. 

A las 7:30, la policía judicial decidió lanzar la operación y detener a todas las personas presentes en aquella nave. El camión transportaba en su interior varias toneladas de plátanos procedentes de Costa Rica. Pero tras inspeccionarlos, encontraron algo más: "6.300 kilos de una sustancia pulverulenta de color blanco que, sometida al reactivo Narco-Test arroja un resultado positivo a cocaína". Cuando le quitaron los envoltorios, los agentes pesaron más de cinco toneladas de producto listo para ser distribuido. 

Una red internacional de contactos

Aquel día, la operación conjunta entre Policía y Guardia Civil se saldó con 16 detenidos, acusados de pertenecer a una presunta red criminal encargada "tanto de distribuir e introducir cocaína en España como de facilitar a otros grupos la logística necesaria para introducir en puertos holandeses y españoles contenedores cargados con gran cantidad de sustancia estupefaciente, que posteriormente se distribuye en todo el territorio nacional".

Desde hacía meses los agentes analizaban la nula actividad laboral de los investigados, su elevado nivel de vida, la casa de seguridad que tenían junto al puerto de Benalmádena y las viviendas en las que residían en varias de las zonas más lujosas de Marbella. Fue la Policía Nacional quien consideró que al frente de la organización estaba un holandés conocido como Marco Cornelis Huijmans, nacido en 1976 en Reusel, Países Bajos, aunque residía en una lujosa villa situada en la zona de Puerto Marina, en Benalmádena. 

Según los informes policiales, su mano derecha sería Hans L. M. Verheu, al que los agentes grabaron junto a su jefe en una reunión con dos conocidos traficantes brasileños pero residentes en Estepona. Los investigadores consideran que ese podía ser su enlace para preparar los envíos desde Sudamérica a España. 

Sin embargo, la organización contaba, según los informes policiales, con un lugarteniente sobre el terreno. Un hombre llamado Martius H. W. Gommans que suministraba coches a nombre de su padre a otros miembros de la organización para que se movieran sin ser detectados. Junto a él fueron detenidos otras dos personas, de nacionalidad francesa y española que la Policía considera dentro de las labores comerciales de la red para captar compradores fuera de España. 

Un asesinato por encargo

La operación policial tuvo una repercusión inesperada. Una semana después de las detenciones, un hombre encapuchado entró en un restaurante de Torremolinos y le pegó dos tiros a uno de los comensales en la cabeza y el abdomen. El sicario dejó malherido a Hamza Ziani, un narco holandés experto en explosivos, y moría poco después en el hospital Carlos Haya de Málaga

Desde el primer momento, los agentes que investigan el caso tomaron el ataque como un ajuste de cuentas, un asesinato por encargo pero no entre distintas bandas, sino entre miembros de un mismo clan. Según su tesis, de una forma equivocada o no, la mafia holandesa había considerado soplón a Ziani y le situaba tras la detención de Marco Cornelis Huijmans y su banda, y la operación que se había saldado con el decomiso de más de cinco toneladas de cocaína.

¿Cómo habían llegado a esta conclusión? Ziani había sido detenido un mes antes y acusado de perpetrar un ataque con bombas contra la casa de un supuesto rival de la mafia holandesa. Pero al contrario de lo que cabía esperar, ya estaba en libertad.

Un mes antes de su asesinato, Ziani fue arrestado como sospechoso de la colocación de una bomba encontrada en una papelera de una urbanización de lujo en Marbella. Con 33 años y de origen marroquí, Ziani guardaba cuatro pistolas y un subfusil cuando fue detenido. Aun así, pagó la fianza y fue puesto en libertad a los pocos días. 24 horas después de su detención, el pasado 11 de octubre, fueron detonadas en Marbella dos nuevas bombas de fabricación casera: una en la puerta de un lavadero de coches y otra que destrozó una vivienda. 

Diez días después del arresto llegó la operación policial que nada tenía que ver con las bombas. Terminó con cinco toneladas aprehendidas y el grupo del presunto capo Huijmans en prisión. Y a la semana siguiente, el fabricante de explosivos, el hombre que había entrado y salido de prisión, fue asesinado en un restaurante de lujo japonés. Su verdugo llevaba la cara tapada por un pasamontañas y escapó en una furgoneta blanca. Por eso no cabe duda de que fue un ajuste de cuentas. ¿De quién? Puede que de sus antiguos compatriotas o puede que de cualquier clan rival que sufriera sus ataques. La Policía trabaja ahora para esclarecerlo.