Pedro Sánchez, el pasado domingo, en un mitin en Huesca.

Pedro Sánchez, el pasado domingo, en un mitin en Huesca. Europa Press

Política EL LIBRO DE LA SELVA

El accidente de Adamuz: la peor crisis del Gobierno sentimental

Un análisis de las palabras del presidente y del ministro de Transportes sobre la tragedia.

Publicada

Fue en Huesca, en un mitin, donde Pedro Sánchez pronunció un puñado de palabras que no han trascendido demasiado.

Analizadas una a una, de manera literal, nos dibujan una manera de entender la política –y de entenderse a sí mismo– que valdrían como corolario de esto que hemos dado en llamar "sanchismo".

Al revisitar este mitin, resonarán en las cabezas de muchos esas otras palabras con las que Sánchez trató de justificar la tardanza del Gobierno central a la hora de intervenir en la dana: "Si necesita más recursos [Mazón], que los pida”.

Como si la naturaleza del Estado autonómico y la inutilidad del ya expresidente de la Generalitat valenciana eximieran al Gobierno central del deber moral de intervenir de inmediato.

Sánchez dijo aquello con pueblos anegados en el barro adonde se tardó días en entrar. Para entender al presidente del Gobierno, no hay que recurrir a ese ejercicio tan extendido del psicoanálisis y las conspiraciones.

Sólo hay que escucharle.

Con 45 muertos en un accidente ferroviario cuya investigación –dirigida por un organismo adscrito al Ministerio– señala al mantenimiento de la infraestructura como causa más probable, Sánchez se ha descolgado con palabras del mismo cariz

Dijo Sánchez: "Este Gobierno ha respondido poniendo a las víctimas en el centro de sus prioridades, con empatía, con eficacia, con transparencia y unidad”.

En el mismo mitin, añadió: "Todo mi reconocimiento al ministro de Transportes, Óscar Puente, que está gestionando y dando la cara desde el primer momento de la tragedia”.

Y una ovación. Una incómoda, inquietante y escalofriante ovación.

Estaba encumbrando al ministro de Transportes mientras se dilucida si su gestión tiene relación directa con uno de los mayores accidentes ferroviarios de la Historia de España.

Y luego remató: "Esa es la diferencia entre unos y otros. Desgraciadamente, en la vida las tragedias suceden, pero no es igual cómo se responde a esas tragedias”.

Estas dos frases unidas en un mismo párrafo son, sin duda, las más preocupantes.

En apenas cinco segundos, el guerracivilismo de "unos y otros” –el echarse los muertos a la cabeza, el comparar la dana con el tren, como si eso sirviera de algo– y un "las tragedias suceden" pronunciado al mismo tiempo que la investigación cerca cada vez más su gestión de las infraestructuras.

Ese "las tragedias suceden" no es otra cosa que eximir al Gobierno de cualquier responsabilidad antes de tiempo y cuando cada día las informaciones apuntan en sentido contrario.

Óscar Puente, uno de los ministros más hábiles y autosaboteados del Gobierno, logró poco después ponerse a la altura de su presidente. Escribió en Twitter: "Esta semana ha sido muy dura, tanto que jamás la olvidaré. A los que nos toca gestionar algo así, también nos ayuda sentir apoyo y aliento. Así que no quiero acabarla sin decir GRACIAS por tanto apoyo y por tanto aliento".

¡En qué hemos convertido la política! ¡El contrato social!

La política es el contrato que firmamos para depositar la gobernabilidad (nuestros problemas y gran parte de nuestra seguridad) en un Ejecutivo durante cuatro años y mediante unas elecciones libres. 

¿Cómo se puede escribir ese mensaje y lanzarlo a convivir en las redes sociales con las imágenes del accidente y el dolor de las víctimas? ¡Qué importa cómo se sienta ahora un ministro!

Supongo que, dentro de unos años, será uno de los textos de estudio para explicar uno de los grandes males del presente: la sentimentalización de la política. Ahí entran la egolatría, el victimismo y el chantaje emocional al elector.

Por si alguien tuviera la tentación de definir esto como un análisis sesgado, pueden añadirse a la ecuación las palabras de Ayuso: dijo que, de haber ocurrido el accidente en el Metro de Madrid, a ella la estarían llamando asesina en la Puerta del Sol.

Con qué estómago se puede imaginar ese accidente en otro lugar con el mero fin de utilizarlo políticamente.

Los argumentos de Arendt en la banalización del mal podrían aplicarse casi sin variación al accidente de Adamuz con el parafraseo de la banalización del dolor.

Escribió Churchill que las palabras son las únicas cosas que duran para siempre. "Los monumentos o prodigios más tremendos de la ingeniería se desmoronan bajo la mano del tiempo". Pero las palabras, no. Las palabras siempre quedan ahí. Al alcance de cualquiera. En cualquier día, en cualquier siglo. Al alcance de las víctimas, cuya mayoría ha intentado zafarse del acto-homenaje preparado por el Gobierno.