España UNA NUEVA VIDA

El primer año en Valencia de Osman, el niño afgano con parálisis cerebral

La familia afgana que conmovió a España busca su primer hogar tras lograr un contrato de trabajo. Sus hermanos ya hablan valenciano.

Lorena Ortega

Palwasha coge el móvil para enseñar una foto de su hijo Osman cuando llegaron a España. Hace justo un año de esa imagen. Osman tenía siete años y pesaba 7 kilos. Él y su familia fueron rescatados del campo de refugiados de Idomeni (Grecia) gracias al empeño de la ONG Bomberos en Acción y de la movilización social que despertó su caso. La vida del pequeño Osman, con una parálisis cerebral, peligraba en el infierno del campo griego al que llegaron tras meses de huida desde Afganistán. Su madre recurre a la foto del móvil para demostrar la mejoría el día que cumplen justo un año (un 10 de mayo) desde que aterrizaron en Madrid. Hoy, Osman pesa más del doble. “Está muy grande”, dice su padre, Ata Mohammad. La familia afgana cumple el primer aniversario de su nueva vida en Valencia y Ata lo cumple con un recién firmado contrato de trabajo con el que esperan iniciar otra nueva etapa: abandonar el centro de refugiados donde viven.

Osman es el principal motivo por el que huyeron de Afganistán y la causa por la que fueron acogidos de urgencia en Valencia. La familia vivía en Kandahar. Un día Ata cogió al pequeño Osman y junto a su mujer y sus otros dos hijos (Jamil y Monir) inició su huida. Llegaron a Irán (con el menor siempre en brazos) mitad a pie mitad en coche. De Irán a Turquía. Y de Turquía cogieron un barco a Grecia que naufragó. La familia estuvo tres horas en el agua hasta que fueron rescatados. Se reencontraron después. Ata cuenta que su hijo mediano, Monir, que ahora tiene 9 años, tiene pesadillas por las noches porque recuerda cómo se hundió el barco y toda el agua que tragó. “Se acuerda y llora”, dice mientras espera en la puerta del colegio a que los dos salgan de su jornada extraescolar. Hoy tocaba baloncesto.

Dos hermanos apasionados por el fútbol

Jamil (10 años) y Monir (9) son dos niños alegres, sonrientes, cariñosos y muy abiertos. El fútbol es su pasión y no paran de hablar cuando se les saca el tema. Al poco tiempo salen disparados y regresan vestidos con la equipación del Barça el mayor y con la del Real Madrid el pequeño. Perfectamente peinados y orgullosos de sus equipos. Hablan un perfecto castellano. “Y también valenciano”, añade Monir. El mayor incluso hace de vez en cuando de traductor de sus padres, que también lo hablan y entienden, aunque con menos fluidez. “Ya casi lo hablaban (los niños) cuando llegaron”, cuenta Amin, uno de los monitores que trabaja con las familias del Centro de Acogida a Refugiados (CAR) de Mislata, donde vive la familia desde que llegó a España. Los trabajadores recuerdan la anécdota de cómo saludaron al delegado del Gobierno con un ‘¡Hola tronco!’ nada más llegar.

La primera semana en Valencia tras abandonar Idomeni fue una ‘semana hospitalaria’. El pequeño Osman estuvo ingresado siete días. El tiempo necesario para realizar todas las pruebas y mejorar el estado de desnutrición con el que llegó. Ahora acude a un centro de educación especial en Cheste donde ha dado primeros síntomas de sociabilización como cuando se enfadaba cuando su madre le daba el biberón delante de sus compañeros porque él ya se había dado cuenta de que el resto no lo utilizaba.

“A mí todavía me preguntan que por qué él y lo que digo es que porque a él había que sacarlo ya de allí, no podía estar más tiempo”, explica Juan Carlos Teruel, de Bomberos en Acción. La ONG inició una campaña en change.org que alcanzó en poco tiempo las 150.000 firmas y despertó a las administraciones. En poco tiempo aterrizaron en Madrid.

EL PRIMER CONTRATO DE TRABAJO

Un año después de aquello, la familia de Osman empieza a ver algo de luz. Al padre, Ata, le acaban de hacer un contrato de trabajo. Ata trabajaba como tapicero de coches en Afganistán. “Es un trabajo muy específico del que apenas hay ofertas”, indica Felipe Perales, director del CAR de Mislata. A pesar de estas dificultades, Ata realizó unas prácticas formativas en una empresa tapizando interiores de coches de lujo. Una prueba de fuego porque en estos vehículos una mal puntada puede echar a perder el trabajo. Pasó la prueba y hace un par de meses que le hicieron un contrato de trabajo (no en la empresa donde realizó las prácticas).

Ahora es mileurista. Unos ingresos con los que la familia ya piensa en ‘independizarse’ del CAR. Pero los obstáculos no desaparecen. El propio Ata cuenta que lleva semanas buscando un piso de alquiler en Mislata. No quiere moverse de la zona por el colegio de los niños y porque hay buena comunicación con Cheste (municipio donde acude Osman a un centro especial) y con el Hospital La Fe. “Quieren españoles”, dice. En el centro también apuntan al encarecimiento de los alquileres. La búsqueda de piso es ahora el principal objetivo. El jefe de Ata se ha ofrecido incluso a avalarle para que le acepten en un alquiler.

Pensando en el largo plazo, a Ata le gustaría poder traerse al resto de la familia que se quedó en Kandahar: padres, hermanos… “Están muy mal allí”, dice. Suelen hablar con ellos a diario.

"Había mucha gente mal allí"

También piensan en los cientos de personas que dejaron atrás en el campo de refugiados de Grecia. “Había mucha gente mal allí, me gustaría que salieran todos”, dice el padre. Tan solo diez días después de que ellos fueran trasladados de urgencia a España, el campo de Idomeni donde estaban fue desalojado. “Nuestra tienda-hospital voló por los aires”, apunta Juan Carlos Teruel, de Bomberos en Acción. La desaparición del campo de refugiados y más trabas les impidieron seguir con su labor. También impulsar más traslados pese al ‘boom’ que supuso el caso de Osman.

Pensaban que con Osman, la visibilización de los refugiados y la movilización y concienciación social que se despertó entonces, todo ello valdría para impulsar más acogidas. “Al final, parece que tampoco ha servido de mucho. Osman está aquí gracias a esa implicación, pero es una familia entre muchas”, dice Teruel.  

En este último año, España ha acogido a 1.299 refugiados llegados de Grecia, Turquía e Italia principalmente. Muy lejos de los 17.337 a los que se comprometió el gobierno. Este miércoles, más de 50 ONG y entidades reclamaron en Barcelona que se cumpla este compromiso.

En el CAR de Mislata hay acogidos en la actualidad unas 120 personas. En el último año han llegado más de 50 de procedencia siria. Algunos, niños que suponen casos “peores” que el de Osman, cuentan desde el centro. Como ejemplo, un chico que está siendo intervenido por el doctor Pedro Cavadas por las secuelas de la guerra en su cuerpo.

Para Felipe Perales, el director del centro, el caso de Osman, como la imagen del niño Aylan muerto en una playa de Turquía y otros casos puntuales sirven para despertar la conciencia colectiva en ciertos momentos y, aunque la movilización luego disminuya, a largo plazo va calando en la sociedad. Y pone un ejemplo. El CAR de Mislata se abrió en 1991, con la guerra del Golfo. Tiene en su despacho la portada del diario El País de ese día con la cabecera: ‘Angustia, miedo, tristeza. Comenzó la guerra’.

El centro se construyó en una zona limítrofe con Valencia que estaba en pleno crecimiento (ahora son dos municipios continuos). Frente al centro había un muro donde los vecinos pintaron: “No al centro de refugiados, sí al alcantarillado, escuelas, jardines y urbanización total”. Hace cuatro años, el ayuntamiento de Mislata les invitó a un acto y allí se leyó un discurso donde se situaba a los refugiados como unos vecinos más. Perales guarda ese discurso en su despacho.