Soto supervisa la faena de altura en el puerto de Arica, Chile. Claudia Soto
Claudia Soto, armadora de altura: "Tardé 10 años en poder embarcar; ni siendo dueña me lo permitían solo por ser mujer"
En Arica, esta líder transformó su oficio en un referente de gestión cooperativa, innovación sostenible y empoderamiento femenino en la pesca artesanal.
Más información:Las cuatro únicas mujeres al frente de cofradías pesqueras en Galicia
Claudia Soto había comprado su primera lancha. Tenía la matrícula. Era armadora. Sin embargo, durante años no pudo subir a navegar.
"Me costó mucho tiempo poder embarcarme, muchísimo. Ocho o diez años me demoré. No me lo permitieron, ni siquiera siendo dueña de la embarcación me dejaron salir a navegar, solo por ser mujer". Los hombres amenazaban con bajarse si ella embarcaba.
Arica es el principal nodo pesquero del extremo norte de Chile, en el sur de América. En este puerto fronterizo, el obstáculo para Soto no era legal. Era un problema cultural, la pesca de altura seguía siendo un territorio exclusivamente masculino.
En la caleta, un pequeño refugio costero donde los pescadores artesanales protegen sus botes y comercializan su captura, el machismo era estructural. "Se vive mucho maltrato. Un maltrato psicológico", dice Soto. Ese rechazo provocó que su validación como líder en las faenas fuera una conquista lenta.
Herencia de mar
A sus 50 años, Claudia Soto suma ya un cuarto de siglo de vida en el mar. Madre de cinco hijos, proviene de una familia de pescadores donde el oficio es un legado ineludible.
Su padre, que hoy supera los 90 años, fue hombre de mar toda su vida. Bajo su guía, ella creció entre redes, motores y constantes mudanzas marítimas siguiendo el movimiento de los recursos.
Pero una cosa era vender la pesca familiar o ayudar en tierra y otra muy distinta ocupar un lugar en la cubierta durante mareas de hasta 15 días en altamar.
En Chile, la participación femenina en la pesca artesanal suele concentrarse en lo que se denomina "áreas conexas": fileteado, limpieza, comercialización, procesamiento.
Son eslabones fundamentales de la cadena, pero no el núcleo productivo. La captura —el momento de riesgo, decisión y autonomía económica— sigue siendo mayoritariamente masculina.
Acceso al embarque
Soto decidió cruzar esa frontera. Sacó su carnet de pescadora artesanal y postuló al sindicato local, uno de los más antiguos del país. Le pidieron padrinos. Los consiguió. Aun así, la respuesta fue negativa. Tardó entre ocho y diez años en poder embarcar con regularidad. No fue un permiso concedido; fue un espacio conquistado.
La manera en que logró quedarse fue insistiendo. "Soy perseverante y tozuda. Siempre rayé mi cancha. Yo dije: acá vengo a trabajar".
Un día faltó tripulación. La lancha estaba lista, con hielo cargado y línea preparada. "Yo tengo mi matrícula", les dijo. "Pues vamos". Y, desde entonces, "nadie me bajó", recuerda.
Mejoras y negocio
En 2020 fundó la cooperativa Mujeres del Mar. "Buscamos durante dos años mujeres que quisieran formar parte de ella. Cuesta mucho que salgan del confort o del yugo donde están. Temen perder lo poco que tienen".
La mayor conquista de la cooperativa fue dignificar el trabajo femenino logrando hitos básicos como la instalación de sanitarios para mujeres en la caleta. Las jornadas podían extenderse hasta entrada la noche limpiando erizos o procesando capturas, y no existía un espacio básico de intimidad.
Durante años, la normalidad fue improvisar detrás de un coche o esperar a volver a casa. Pero Soto convirtió esa humillación cotidiana en protesta: grabó un video simulando lo que tantas veces había tenido que hacer. Se volvió viral. Perdió amistades, pero ganó visibilidad.
La armadora en su embarcación, mostrando sus productos. Claudia Soto.
Otro logro de la cooperativa, bajo su liderazgo, es que pasaron de la extracción artesanal a la creación de una sala de procesos para productos gourmet y cueros de pescado.
A este impulso se sumó la Fundación Microfinanzas BBVA (FMBBVA) a través de Fondo Esperanza, aportando el capital y la capacitación para transformar su producción artesanal en un negocio gourmet sostenible.
De este modo, Soto pudo invertir en diversificación: ahumados, deshidratados, condimentos marinos, experimentación con curtido de piel de pescado. Economía circular aplicada al mar. Innovación desde abajo.
El 67% de las mujeres que se unen a la FMBBVA son madres solas. Pues, para ellas, emprender es la única vía para conciliar el cuidado de sus hijos con la falta de empleo.
Según la fundación, las mujeres en Fondo Esperanza dedican 6,1 horas diarias al trabajo doméstico. Esta carga es el doble de la que reportan los hombres en el mismo programa.
Para el 56% de estas emprendedoras, su negocio es el principal sustento del hogar. Los datos de la fundación confirman que ellas son el motor económico exclusivo de sus familias.
Igualdad pendiente
La historia de Claudia Soto no es la de una heroína solitaria. Es la radiografía de un sector donde la igualdad todavía depende de la perseverancia individual más que de garantías estructurales. También es la prueba de que la organización colectiva puede transformar condiciones concretas de trabajo.
Asegura que "mientras los discursos oficiales celebran avances en género, en algunas caletas del Pacífico las mujeres siguen negociando su derecho a ocupar la cubierta". Y es que la economía sostenible no puede construirse sobre exclusiones heredadas.
Si la pesca artesanal forma parte de la identidad productiva de un país, su modernización no pasa solo por cuotas o tecnología. Por ese motivo, reconocer la dignidad laboral —incluido un baño para mujeres— es un punto de partida.