Cada vez que una nueva ola de calor incrementa la temperatura de nuestras ciudades, la reacción colectiva parece inevitable: encender el aire acondicionado.

Y es que hemos convertido la climatización artificial en la respuesta automática al estrés térmico, como si bastara con añadir más máquinas para resolver un problema que es, en realidad, mucho más profundo y cuyo origen está en que durante décadas hemos diseñado edificios incapaces de proteger a sus ocupantes de las condiciones climáticas extremas.

Así vemos que la mayor parte de nuestro parque inmobiliario se compone de viviendas con escaso aislamiento, fachadas expuestas a la radiación solar, cubiertas que acumulan calor y sistemas de ventilación ineficaces.

Y ante estas deficiencias estructurales, el aire acondicionado cada vez más presente en los hogares y en otros muchos espacios, actúa como una muleta tecnológica que compensa errores de diseño, pero a costa de un enorme consumo energético. La paradoja es evidente.

Cuanto más calor hace, más energía demandamos para enfriar nuestros espacios; cuanta más energía consumimos, mayores son las emisiones asociadas y más difícil resulta mitigar las causas del calentamiento global.

Sin embargo, el problema no termina en los edificios. Nuestras ciudades se han convertido en auténticas trampas térmicas. El fenómeno conocido como 'isla de calor urbana' provoca que las temperaturas en los núcleos urbanos sean significativamente más elevadas que en las zonas periféricas.

El asfalto, el hormigón, el tráfico y las fachadas expuestas absorben radiación solar durante el día y la liberan lentamente durante la noche, impidiendo que el entorno se enfríe y dificultando el descanso de millones de personas.

Frente a esta realidad, resulta imprescindible abandonar la lógica de las soluciones improvisadas que reaparecen cada mes de junio y comenzar a plantear estrategias que impulsen la resiliencia climática. Una estrategia que además debe ser integral y en la que cada miembro de la sociedad tenemos algo que aportar.

El primer paso consiste en la rehabilitación arquitectónica y es que es necesario mejorar el aislamiento de fachadas y cubiertas, incorporar protecciones solares eficaces o sustituir equipos y luminarias ineficientes son medidas capaces de disminuir de manera drástica la temperatura de los edificios.

Más allá de los inmuebles individuales, debemos transformar también los espacios comunes. Las grandes superficies de hormigón y asfalto deberían dar paso a pavimentos permeables capaces de retener humedad y reducir la temperatura ambiental.

Incrementar el arbolado que proporciona sombra en verano y permite la entrada del sol en invierno, constituye una de las soluciones más eficaces y rentables, y del mismo modo es importante utilizar materiales con mayor reflectancia para reducir la acumulación de calor.

A su vez, es necesario actuar sobre la propia estructura urbana. Incrementar los corredores verdes, crear ejes de sombra en las principales vías de acceso y reducir la presencia de fuentes de calor, como el tráfico motorizado, debe formar parte de cualquier estrategia seria de adaptación climática.

Por último, también en nuestro día a día tenemos margen de actuación a nivel individual, especialmente en la gestión inteligente de los edificios.

El confort térmico no depende solo de reducir la temperatura con aparatos de aire acondicionado: factores como la ventilación, el movimiento del aire y la protección frente a la radiación solar son determinantes en cómo percibimos el calor.

Abrir ventanas cuando el exterior está más fresco, favorecer la ventilación nocturna, utilizar sensores básicos de temperatura y CO₂ o gestionar de forma adecuada persianas y toldos puede reducir notablemente la carga térmica, sin necesidad de consumir energía adicional.

Cada pequeño gesto suma en la construcción de unas ciudades más habitables y resilientes. Además, no debemos olvidar la dimensión social, que rara vez ocupa el centro del debate.

Apostar exclusivamente por el aire acondicionado implica trasladar la responsabilidad de la adaptación a cada hogar, empresa o institución, dejando en situación de riesgo a quienes no pueden asumir los costes de instalación, mantenimiento o consumo eléctrico.

Las medidas pasivas, en cambio, benefician a toda la población independientemente de su nivel de renta, por lo que son más equitativas, más duraderas y, a largo plazo, mucho más económicas.

Y sobre todo contribuyen a que las ciudades del futuro no se conviertan en enormes neveras eléctricas rodeadas de asfalto ardiente, sino en entornos capaces de convivir con un clima cada vez más extremo mediante el diseño inteligente, la vegetación, la sombra y una gestión eficiente de los recursos.

Y es que antes de seguir electrificando el confort, conviene recuperar una idea que durante siglos fue fundamental en la arquitectura y el urbanismo: adaptarnos al clima es siempre más inteligente que intentar combatirlo.

*** Pablo Muñoz es CEO de Evalore y responsable de Sostenibilidad de Grupo Gesvalt.