Cuando a principios del siglo XX Carlota llegó a Madrid desde Calasparra, no cambió solamente de paisaje. Cambió de ritmo, de vínculos y la forma de imaginar su futuro.
En la novela ¡Carlota! ¡Carlota! (Asociación Alas de Papel, 2023), esa migración, compartida por tantos españoles de entonces, forma parte de una transformación colectiva: la de una España que dejó atrás sus pueblos para concentrarse en las ciudades.
Durante buena parte del siglo pasado, millones de personas emprendieron ese viaje. Buscaban trabajo, educación y bienestar, pero también pagaron el precio del desarraigo.
Las grandes ciudades recibieron brazos y esperanzas con mayor rapidez de la que fueron capaces de ofrecer viviendas dignas, servicios suficientes o espacios de encuentro.
Por eso, hablar hoy de los Objetivos de Desarrollo Sostenible no exige mirar únicamente hacia delante. A veces conviene volver a las preguntas que heredamos.
El ODS 11 propone ciudades inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles. Su formulación es contemporánea; el dilema humano y urbanístico planteado no lo es tanto.
Décadas antes de la llegada de Carlota, el genial urbanista Arturo Soria había imaginado otra forma de vivir. Presentó su avanzada idea de Ciudad Lineal en 1882.
Su propuesta pretendía reconciliar dos mundos aparentemente incompatibles: las oportunidades de la ciudad moderna y el aire, la luz y la vegetación del campo.
Viviendas con jardín, servicios próximos y un eje de transporte colectivo articularían una ciudad alargada, conectada y menos insalubre que las urbes compactas y concéntricas.
En los tranvías de la Compañía Madrileña de Urbanización que fundó, trabajaba Miguel, el marido de Carlota. Así, aquella utopía urbanística entró también en la vida cotidiana de mis protagonistas: mis abuelos.
No todo ha acabado como Arturo Soria soñó. La especulación, la falta de apoyo y el crecimiento de las décadas posteriores han desfigurado buena parte de aquella ambición de la Ciudad Lineal.
Pero su intuición conserva plena vigencia: el urbanismo no consiste solo en ordenar edificios, sino en decidir cómo queremos vivir juntos.
La sostenibilidad urbana comienza mucho antes de hablar de emisiones: empieza cuando nadie se siente extranjero donde vive.
Para quien migra, la distancia no se mide únicamente en kilómetros. También se mide en tiempo de transporte, acceso a servicios y posibilidad de crear comunidad.
Una vivienda puede ofrecer techo y, sin embargo, condenar al aislamiento. Un barrio puede alojar a miles de personas sin llegar a integrarlas.
El buen diseño urbano distribuye oportunidades. Decide quién dispone de sombra, quién llega antes al trabajo y quién encuentra una biblioteca o un centro médico.
Una ciudad no es moderna porque crezca, sino porque convierta ese crecimiento en oportunidades compartidas.
La experiencia de Carlota en el madrileño barrio de Tetuán, recuerda algo que las estadísticas olvidan: cada desplazamiento transforma una familia y su identidad.
Quienes llegaron del campo no fueron habitantes pasivos. Construyeron barrios, sostuvieron industrias, abrieron comercios y ensancharon la cultura urbana con sus costumbres.
Hoy, ese mismo barrio que acogió la inmigración interior, recibe a quienes llegan de otros países y ha de enriquecerse con ellos.
En el Mercado de Maravillas, abierto en 1942 en la calle Bravo Murillo, podemos comer pan con chicharrón peruano o una arepa colombiana. Y todo ello convive con las mejores pescaderías de producto nacional. Una pequeña geografía del mundo bajo un mismo techo.
Reconocer estas aportaciones cambia nuestra mirada sobre la migración. El recién llegado no debe ser una carga que gestionar, sino un ciudadano que incorpore futuro.
Arturo Soria quiso urbanizar el campo y ruralizar la ciudad. Hoy otros verbos pesan más: conectar, incluir o rehabilitar. Necesitamos vivienda asequible, transporte público eficaz, proximidad cotidiana y espacios verdes.
Pero también memoria, porque ningún proyecto urbano empieza sobre una página en blanco.
La ciudad sostenible no será la que deslumbre desde el aire, sino la que resulte habitable a la altura de los ojos.
Quizá por eso la literatura puede contribuir a los ODS. Devuelve nombre y rostro a procesos que el lenguaje técnico convierte en cifras.
Carlota llegó buscando una vida mejor. La responsabilidad de quienes gestionan nuestras ciudades es que esa promesa no dependa del origen o del barrio.
Porque cada vez que una ciudad acoge a quien llega y le facilita realmente construir un futuro, la historia de Carlota vuelve a empezar.
*** Maite Rodríguez Esteban es escritora.