El agua se ha ido situando poco a poco en el centro del futuro económico de Europa. El continente que construyó su fortaleza industrial sobre un acceso fiable a la energía está despertando a una verdad paralela: en un mundo limitado por el clima, el agua es el recurso que definirá qué economías siguen siendo competitivas, qué industrias pueden crecer y qué ciudades pueden planificar con confianza. La pregunta ya no es si el agua debe estar en la agenda estratégica. Es si contamos con las herramientas para gestionarla con criterio.
Esas herramientas existen. Lo que ha faltado es el lenguaje común necesario para utilizarlas.
El agua no se parece a ningún otro recurso que gestionemos a gran escala. No hay un mercado global que equilibre oferta y demanda, no hay sustituto cuando las reservas se agotan, no hay manera de "fabricar" más. Lo que la hace especialmente difícil de gobernar es la intersección de tres características que rara vez coinciden: es finita, es local y es compartida.
Hogares, agricultores, industrias y productores de energía extraen agua de las mismas cuencas, cuyos límites son fijos y cuyas trayectorias a largo plazo son cada vez más difíciles de prever. Cada gota consumida por un usuario deja de estar disponible para otro.
Gestionar un recurso con esas propiedades exige algo que en Europa aún no existe a escala suficiente: datos fiables, granulares y comparables entre quienes comparten ese recurso.
Hoy, las decisiones sobre el agua siguen tomándose, en gran medida, de forma aislada. Las empresas optimizan el consumo dentro de instalaciones individuales, a menudo sin visibilidad de las condiciones de la cuenca que determinan si habrá agua el próximo trimestre. Los municipios planifican infraestructuras basándose en medias históricas que el cambio climático ya ha vuelto poco fiables.
Los reguladores trabajan con marcos de reporte que varían por sector, por país y, a veces, por región. Cada conjunto de datos puede ser coherente en sus propios términos. En conjunto, no pueden responder a la pregunta que, en última instancia, importa: ¿cuánta agua hay realmente disponible y durante cuánto tiempo?
Las consecuencias son tangibles. En una cuenca con múltiples usuarios industriales, agrícolas y municipales, si cada uno mide el consumo de manera distinta, ninguna autoridad puede evaluar la extracción total acumulada sobre el sistema.
Los objetivos individuales de eficiencia pueden cumplirse al cien por cien mientras la cuenca, como sistema, se acerca al fallo. Sin un marco de medición compartido, nadie puede ver el panorama completo, y en gestión del agua el panorama completo es el único que cuenta.
Esta es la brecha que la Estrategia de Resiliencia del Agua de la Comisión Europea, adoptada el pasado junio, pretende cerrar. Los Diálogos Estructurados que se están desarrollando ahora entre Bruselas y cada Estado miembro buscan establecer una línea de base común desde la que evaluar los planes nacionales.
La calidad de esas conversaciones dependerá directamente de la calidad de los datos que los gobiernos y sus industrias aporten a la mesa.
La posición de España en este proceso merece atención. Con descensos estructurales de la lluvia y ciclos de sequía cada vez más severos, la brecha entre el agua disponible y la demanda agregada no es un riesgo lejano: es una condición presente.
Cuando a comienzos de 2024 Andalucía aplicó recortes del 20% y Cataluña alcanzó el 25% de restricción industrial en su fase de emergencia, las empresas respondieron desplegando sistemas avanzados de reutilización, manteniendo la producción gracias al uso de agua regenerada.
La adaptación funcionó, pero fue improvisada bajo presión, en lugar de diseñada con anticipación. Esa es la diferencia entre gestionar una crisis y construir resiliencia real, y cerrar esa brecha depende de contar con datos que revelen los problemas antes de que se conviertan en emergencias.
La industria tiene aquí una responsabilidad y una oportunidad. Las empresas poseen algunos de los datos operativos más granulares disponibles sobre el uso del agua. Agregados y estandarizados, esos datos podrían transformar la manera en que se gobiernan cuencas completas, convirtiendo un mosaico de métricas a nivel de instalación en una imagen coherente del uso de un recurso compartido.
Esto no exige divulgar información comercialmente sensible. Exige estándares comunes y reconocer que una cuenca bajo estrés es mala para cualquier empresa que dependa de ella, con independencia de lo bien que estén funcionando sus instalaciones de forma individual.
El agua es finita. Es local. Es compartida. Cualquier marco de gobernanza a la altura de esas características también debe serlo. En el Día Mundial del Agua, la intervención más poderosa al alcance de la industria europea quizá no sea una nueva tecnología ni un compromiso político. Quizá sea, sencillamente, ponerse de acuerdo —por fin— en cómo contar.
*** Xavier Cardoso es VP & Country Manager - Italy & Iberia en Ecolab.